Las hojas de Valira. Prólogo
(Este capítulo contiene tanatofobia)
La reencarnación es algo que una persona no espera o una idea absurda, ese fue mi caso hasta que descubrí que era posible. Creí que alguien o algo se había apiadado de mí porque había perdido a mis padres siendo muy peque quedando a merced del sistema y enfermé de cáncer a los veinte, muriendo muy joven.
Pero cuando exhalé mi último aliento y cerré los ojos, desperté en un lugar completamente distinto... y en el cuerpo de una niña de ocho años.
Me encontraba en una amplia habitación de aspecto señorial. Las paredes estaban revestidas de madera oscura, el suelo era de mármol blanco y los muebles, finamente tallados, desprendían un aire de lujo. Frente a la enorme cama de matrimonio había un gran espejo con un marco dorado que reflejaba a una niña desconocida.
Vi en el reflejo que era una niña de cabellos rojos y ojos azules, piel pálida y rostro pecoso y agotado, y vestía un camisón blanco sencillo. Pude escuchar que la puerta se abría y ante mí una mujer parecida a mí, de unos treinta años y con el rostro apagado, con ojeras y los ojos rojos de haber llorado, muy discordante con su cuerpo atlético y vestimenta, un uniforme militar negro y de hombreras y botones dorados, con una capa roja y una espada ropera de oro.
—¿Alexa? Estás… mi niña está… —No pudo evitar romper a llorar y correr hacia mí, cayendo de rodillas y abrazándome. —Breia nos ha bendecido con un milagro.
—Pero mi Camille…
Vi a un hombre vistiendo hábito azul y llevando un bastón de plata con un cristal rojo, entrando en la habitación, la luz de la ventana me permitió observar que era de edad parecida a ella y complexión delgada, cabellos castaños y pecas en el rostro que le daban un aire a simpleza e ingenuidad pero con los ojos apagados y enrojecidos, de iris verdes y ojeras fuertes.
—Nuestra pequeña… pero… —Dejó caer el bastón y rompió a llorar. —No puede estar viva.
—Está viva, puedo oír su corazoncito, Noah. —Le miró por un momento y después a mí, consumida por el llanto, acariciando con fuerza mi rostro y sonriendo con gran felicidad. —Mi chiquitina, mi Alexa.
El tal Noah corrió hacia nosotras y me abrazó con mucha fuerza, llorando ambos. Acariciaba mi rostro también mientras yo no entendía nada en absoluto y, por supuesto, me moría de hambre como si no me hubiese llevado nada a la boca en días.
—Quiero comer. —Susurré y bostecé.
—¿Comer? —Preguntó Camille y Noah no pudo evitar reír. —Por supuesto que sí, papá va a encargarse de que te traigan tu comida favorita.
—¿Quieres también chocolate caliente? —Asentí con duda. —¡Pues a por chocolate para mi niña preciosa!
Allí, sentada en la cama, disfruté de una tostada con mermelada de arándanos y una taza de chocolate caliente. Hacía años que no podía saborear algo así; el cáncer me había arrebatado incluso esos pequeños placeres.
Aun así, no podía evitar sentirme como una impostora. Aquellos dos desconocidos se suponía que eran los padres de Alexa, no los míos. Sin embargo, la forma en que me observaban mientras desayunaba, con una mezcla de alivio, cariño y preocupación, hizo que quisiera seguir fingiendo que yo era esa tal Alexa.
—¿Por qué estáis tan raros? —Pregunté y se sorprendieron. —Yo… me siento bien.
—Esta mañana estabas… muy enferma, mi pequeña, llevabas varios días. —Exclamó Camille. —No tienes que forzarte a lo largo del día para estar bien ¿Sabes? Es bueno estar aquí en cama.
—Sí, puedes pedirnos lo que sea. —Noah sonrió y habló tranquilo. —Nosotros estaremos para ti en todo momento.
—Pero yo me siento fuerte, mira. —Flexioné mis brazos y puse una cara de fuerza un tanto extraña. —¡Soy fuerte!
Ambos rieron hasta que acariciaron mi cabeza y besaron mi frente a la vez.
—¿Y qué te gustaría hacer, mi princesa? —Camille habló mientras ponía mechones tras mis orejas. —¿Un paseo por el jardín?
Asentí varias veces y me tomó en brazos Noah, saliendo los tres de la habitación. Podía ver que todo aquel lugar era enorme, el palacio de un aristócrata, un rey tal vez, al mismo tiempo que veía también como sirvientas y criados nos trataban con absoluto respeto.
Al salir al jardín, me encontré con una enorme extensión de hierba. Había pequeños pabellones de granito con tejados de madera donde refugiarse de la sombra, olivos y naranjos, una explanada de arena, un invernadero y un amplio campo cubierto de flores negras, rojas y azules. Me llevaron hasta uno de los naranjos, y por el camino no pude sino sonreír, el aire limpio, el calor del sol, el canto de los pájaros… hacía muchísimo tiempo que no lo recordaba y no pude evitar llorar.
—Echaba de menos el jardín… —Susurré emocionada, esperando que aquella frase sonara lo bastante natural.
—Nuestra princesa. —Noah besó mi cabeza. —Papá y mamá pueden poner lo que quieras en el jardín ¿Te gustaría un lago?
—Una montaña también, así podremos tener nieve.
—Podemos gastar parte de la reserva de oro para crear ambas. —Noah señaló una zona que tenía varios olivos. —Ahí sería perfecto y…
—¡No, no! —Negué rápido con la cabeza. —M-me gusta como está, papá.
—Ains, nuestra niña es humilde. —Exclamó orgullosa Camille. —Cielo, no te preocupes, tenemos oro para cambiar todo.
—Sí, ya sabes que papá es el archimago imperial y tu madre es duquesa. —Noah habló mientras nos sentábamos a la sombra. —El dinero no es problema, tenemos muchos Ishalines y Libras.
—Cariño, déjala ser humilde, si le gusta el jardín así, está bien. —La vi sonreír feliz y tranquila, tomando una naranja y cortándola con un cuchillo. —Porque entonces es perfecto para nosotros.
Empezó a darme gajos de naranja y comencé a pensar mientras comía. Esta no era mi vida. Yo no era la persona a la que pertenecían esos recuerdos, esa familia ni ese lugar.
Pero tampoco tenía nada de lo que ella tenía. No sentía que mereciera aquello, aunque sabía que no tenía sentido castigarme por algo que no había elegido.
Estaba viva. Me sentía bien. Me sentía fuerte. Incluso el sabor de la naranja y la ausencia de náuseas eran estímulos increíbles después de tantos años de enfermedad.
Disfrutamos en silencio del momento, cerré los ojos y noté como Camille se levantaba y marchaba. Observé que Noah estaba dormido y me levanté para caminar por el jardín, dirigiéndome al invernadero.
Pero me detuve al pasar junto al campo de flores.
Algo se movía entre ellas, agitando los tallos mientras avanzaba. Mi cuerpo se tensó, sin saber qué esperar, hasta que una pequeña criatura salió de entre las flores.
Era un gato de pelaje verde que llevaba una corona trenzada de flores en la boca.
Antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo comenzó a cambiar. La figura del animal se alargó y, frente a mí, apareció una niña elfa de mi misma edad.
Tenía la piel verde cubierta por tatuajes con formas de estrellas y plantas, un rostro inocente y asustado, y el cabello verde largo cayendo sobre sus hombros. Sus orejas eran puntiagudas y tenía un ojo azul y otro verde. Vestía un sencillo vestido blanco, aunque estaba manchado de tierra y parecía algo nerviosa.
—¡Ah, no es lo que parece! —Gritó con miedo. —Es…
—¡Es muy guay! —Grité flipando. —¿Eso es magia? ¿Puedes transformarte en otros animales?
—Yo… puede. —Sus mejillas se sonrojaron. —A los hemnas… humanos no les gusta nuestra magia, excepto a la noble y el mago.
—Ah, a mis padres. —Asintió. —A mí me gusta.
—Yo… gracias. —Me puso la corona en la cabeza. —Tú eres la niña enferma que cuidaban mis madres, te ves mejor.
—Supongo que sí. —Le ofrecí mi mano. —Soy Alexa.
—Mi nombre es… E-Eyra.
—Pues Eyra ¿Te apetece jugar conmigo? —Dudó por un momento pero asintió varias veces y sonrió. —¿A qué juegas tú?
—Ah, pues me gusta hacer coronas de flores, me ayuda a calmarme.
—¿Me enseñas, Eyra? —Asintió y sonrió. —Guay.
Ambas estuvimos haciendo coronas de flores sentadas en la hierba y no podía dejar de observar sus orejas puntiagudas y largas. Su rostro era muy adorable y era excesivamente tímida, lo que más me gustaba eran sus ojos.
—¿Hay algo en mi pelo? —Preguntó desconcertada. —O… te molesta algo.
—Nunca he visto una elfa.
—Bueno… es normal, en esta tierra habitan en los bosques o lejos. —Terminó de hacer una corona y miró al cielo. —No nos gusta ese término, el…
—Elfos. —Asintió varias veces.
—Somos varias, mi mamá Elariel es eloar, los que llamáis elfos del bosque y en nuestra lengua Hijos de la tierra, los… que viven en tribus nómadas por el reino. —Asentí atenta. —Mi mamá Yurina es elnar, elfos nocturnos para vosotros, Hijos de la Luna y las estrellas en nuestra lengua, que viven en Ysdrala como por ahí.
Señaló a alguna parte y se rascó la cabeza.
—No sé dónde pero ahí, y además nací allí.
—Así que vienes de muy lejos. —Asintió firme. —¿Y sigues viviendo allí?
—Yo… no, nunca he vivido allí. —Observó la corona mientras su voz se quebraba y negó varias veces con la cabeza. —Siempre he vivido en el bosque con mis mamás, en una cabaña que la señora humana nos dio.
—¿Y eso?
—Porque son amigas, ellas me cuentan todas las noches como ellas y otros guerreros vencieron a dos dragones. —Sonrió orgullosa por un instante pero después se entristeció —Y porque… a los elnars y eloars no les gustamos, sobretodo yo, y a los humanos tampoco les gustamos, nos temen, pero ella nos deja vivir en paz en el bosque.
—Pues menudos tontos. —Exclamé enfadada. —¡A mí me pareces guay y quiero ser tu amiga!
Al gritar, agarré con fuerza su corona y me pinché un dedo con una espina. Me chupé la sangre y mantuve el dedo en mi boca mientras ella me miraba sorprendida.
—¡Ya, soy un poco boba!
—¿Boba? —Soltó una carcajada y sonrió feliz. —Un poquito.
Me puso la corona encima de la otra y vi a Camille acercarse. Intenté ponerme en mi papel de niña pequeña y la miré con una sonrisa.
—Vaya lo que tenemos por aquí. —Se cruzó de brazos y sonrió. —Veo que ya os habéis presentado.
—¡Sí, ella es Eyra, mi nueva amiga que se transforma! —Eyra y yo asentimos a la vez y Camille empezó a reír. —¡Amiga genial y que mola!
—¡Soy una amiga genial!
—Lo que sois es unas revoltosas las dos. —Se arrodilló y acarició nuestras cabezas. —Sabéis que tendréis que daros un baño antes de comer ¿No?
Acarició mi dedo herido y un susurro suyo, una palabra que resonó como un eco en el lugar, Breum. El brillo que emanó en su mano dio paso a mi dedo completamente sanado.
—¿Eso también es magia? —Pregunté sorprendida y Camille levantó una ceja. —¿Puedo aprender?
—Claro pero tú ya sabías que hacíamos magia, cariño. —Tocó mi frente y me miró con desconcierto. —¿Has perdido recuerdos?
—Creo que hay cosas que he olvidado.
—Bueno, seguro que poco a poco vuelven. —Se levantó y se sacudió las manos. —Ahora a darse un baño, vamos.
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