Las Hojas de Valira. Capítulo 25
Tenía la sensación de que algo me observaba en la oscuridad, un par de ojos de iris blancos brillantes en la distancia, ojos de una bestia. De repente desapareció y desenvainé mi espada, sólo para esquivar un proyectil de fuego y bloquear el golpe de un bastón.
No vi quien me golpeó, ni siquiera escuchaba los pasos de esa persona ni los míos, pero notaba que estaba bajo una zona mágica que insonorizaba. Invoqué la magia de mi espada justo al ser atacada, una espada de acero que pude desviar, reforzando mi hoja con magia de alguna manera, después otro tajo vertical desde abajo, para después agacharme evitando un tajo horizontal, y en ese instante, un puñetazo al cuarto atacante.
El silencio se deshizo y la oscuridad se disipó por un cristal luminoso y púrpura, tres extraños guerreros hechos de acero y una mujer, con bastón de acero con el cristal y hábito azul, diferente al de magos y archimagos, un diseño que me recordaba a los reinos del Este más allá del mar. Aquella mujer humana tenía la piel oliva, cabello negro y largo en un moño, liso, ojos de iris morados y brillantes, con rasgos únicos que no se veían en Valira.
—Sin duda eres idéntica a esa mujer. —Exclamó sin mover la boca. —Alexa D’Ur, hija de Camille D’Ur, duquesa de D’Ur y Noah Urda, archimago del Imperio de Isha.
—Que bien, sabes quien soy ¿Debo sentirme halagada?
—Esas fueron las palabras de la emperatriz, si no cedéis a mis exigencias, duquesa, una hija morirá. —Se relajó por un momento y tomó una postura defensiva. —Yo estoy aquí para ser la que acabe con esa hija.
—¿Qué emperatriz…?
De nuevo, los guerreros atacaron pero al primero lo enganché y lo desmembraron los compañeros, y al segundo le lancé beliara a sus pies sólo para acabar fundido de cintura para arriba con una gran explosión de fuego. Con el tercero fue un duelo, chocando aceros en estocadas y tajos de forma que parecía un esgrimista veterano, hasta que en el último momento lo decapité y luego le corté la pierna.
—Tu espada es una hoja de inscripción, Vacío, roba magia y se convierte en ese elemento. —Sonrió con malicia. —Es muy interesante.
—¡He preguntado cuál emperatriz!
Una explosión surgió en la aldea, y aquella mujer no dejó de sonreír.
—Natsume Serra Amurase, emperatriz de Lorasia. —Empuñó el bastón con ambas manos y de un extremo surgió una hoja. —Temo que todos morirán aquí, incluida tú.
—Eres una maga, los magos deben ser buenos en dos cosas.
—Entender la magia, y entender el poder de las personas. —Levantó una ceja. —¿Crees que subestimo a tu gente?
—Creo que sobrestimas a los tuyos.
—No son los míos, sólo aliados, un aliado. —Desvió por un momento la mirada. —Y no, os subestimo, recurrir a la magia oscura y a sus diosas demuestra que estáis en un punto donde vuestra corona caerá.
—¿De qué estás hablando?
—Si no puedes ver las sombras del imperio que defiendes, entonces sólo eres un peón a punto de morir. —Invocó un glifo de fuego a mis pies. —Beliaris.
—¡Treum!
Aparecí detrás de ella con un intento de darle una estocada, desviando mi hoja con un golpe de la suya. Lo que no esperaba es que tuviera en mi izquierda un glifo eléctrico, justo invocando Xelium, y aquel rayo impactó en su pecho, lanzándola lejos y perdiendo su bastón, rodando su cuerpo por la nieve.
Ahora no podía usar su cristal como fuente de magia, pero torpe de mí casi no vi el Yelum en forma de daga de hielo, clavada en un punto débil de mi brazo izquierdo sin cubrir de metal. Además, que ya me había herido antes en el brazo derecho, tardé en notar la sangre caliente bajo la armadura.
—Al final sí que te he estado subestimando, Alexa D’Ur. —Exclamó sonriente. —Me recuerdas a alguien que conocí cuando era niña, una mujer que fue capaz de derrotar a los magos de la corte de Shinxai, pero seguramente no pudiste conocerla incluso si compartes su sangre.
—Me pica la curiosidad.
—Beatrice D’Ur. —Ambas reímos, incluso ella con su propia voz pero más sorda. —¿Eres su sobrina?
—Así es, pero no sé quien eres tú.
—Zhang Mei, maga y asesina de Shinxai. —Se levantó con dificultad y sacudió su ropa. —¿Me devuelves mi bastón?
—Intenta cogerlo.
Pateé el bastón hacia arriba, lo tomé en el aire y se lo lancé, cogiéndolo como si nada.
—Entiende que mi papel aquí no es el de obedecer a esa lorasiana, sino destruir a los adeptos oscuros en tu imperio. —Exclamó resonando su voz de nuevo en mi cabeza y sin mover los labios. —Respeto a vuestra tía, pero debo mantener mi disfraz, incluso si ello implica vuestra muerte.
Sentí un fuerte temblor en el suelo, algo sacudió la nieve, una especie de huargo grande hecho de cristales de minerales azulados detrás de ella, con ojos blancos brillantes. Pero eso no era la fuente, la fuente era Eyra, detrás de mí en forma de huargo verde del mismo tamaño, al tiempo, los pasos de Aslan y Dante, espadas desenvainadas e interponiéndose entre los extranjeros y nosotras, heridos pero de pie.
—Lo entiendo, pero aquí mis amigos no.
Sin decir ni una palabra, lanzó un fulgor de fuego del que apenas pudimos protegernos con nuestra magia. Cuando las llamas se disiparon, toda la nieve se había vuelto barro, Mei y la criatura habían desaparecido, y Aslan nos estaba cubriendo con su escudo y una intensa aura dorada que sanaba lentamente nuestras heridas.
—Wow… eso es nuevo. —Eyra exclamó asombrada y en su forma original. —Tiene un rollo…
—¿Angelical? —Preguntó Dante. —Porque eso pensamos todos.
—Hay que volver a la aldea. —Ordené. —E informar a Edel.
—Yo prefiero seguirles el rastro. —Exclamó Eyra. —Si tienen un campamento… los encontraré.
Aslan cayó agotado en el barro, y Dante y yo corrimos a socorrerlo.
—¡Aslan! —Gritamos Dante y yo.
—Cuidad del tío del desierto por mí.
—Eyra, no puedes ir sola. —Respondí preocupada. —Debes haber usado demasiada magia.
Observé vetas negras en su cuello, donde se encontraban sus tatuajes de raíces.
—Puedo gastar un poco más. —Exclamó molesta. —Además, Aslan…
—¡Hace años me echaste la bronca por cometer estupideces! —Grité desesperada. —¡Y ahora tú las cometes!
—¡Una asesina y un monstruo intentan matar a mi novia! —Eyra gritó enfadada y entre lágrimas. —¡Y por poco no vuelvo a tiempo para impedirlo! No puedo dejar que se vayan sin asegurarme de que no respiran, no puedo siquiera a arriesgarme a perderte.
—¡Eyra! —Grité al verla transformada en lobo. —No lo hagas, espéranos.
Eyra se marchó mientras Dante cargaba al hombro a Aslan.
—Ya la alcanzaremos. —Dante intentaba mantener la calma. —Ahora mismo Aslan es importante.
—De acuerdo…
Llevamos de vuelta a Aslan a la aldea, donde había muchos restos de elementales de acero y la mitad de los caballeros estaban heridos, al menos los más leves. Los más graves estaban en la parroquia, y allí llevamos a Aslan, pero no parecía herido, más bien… ¿Se había quedado sin magia? Lo cual resultaba extraño por obvias razones y descartábamos esa posibilidad.
—¡Alexa, Eyra! —Edel entró abruptamente. —Creí que te había perdido.
—No, estaba lidiando con la creadora de esos elementales, una maga de Shinxai.
—¿Qué demonios…? —Preguntó sorprendido.
—Parece que la emperatriz lorasiana me quiere muerta como castigo a mi madre por no rendirse. —Suspiré molesta. —Pero es extraño, simplemente aparenta estar a su servicio y nos acusa de proteger a magos oscuros.
—Es una locura.
—Ya… lo sé pero… pensando en la carta de la princesa, quizás no lo sea. —Miré de reojo a Dante. —¿Sabes algo de lo que ocurre en la capital?
—Ojalá lo supiera, créeme.
—Parecía estar acompañada además de una criatura como de cristal. —Pregunté con curiosidad. —¿Será alguien de la familia imperial lorasiana?
—Es seguro, pero con Eyra con nosotros…
—Se marchó cuando me socorrió. —A Edel no le hizo gracia oír eso. —Les está siguiendo el rastro.
—¡¿Y no se lo impediste, Alexa?!
—¡¿Y qué iba a hacer?! —Me enfadé de repente. —¡¿Encadenarla?! ¡Tenía que ayudar a Aslan!
—¡Vosotras dos siempre haciendo locuras!
—¡Basta! —Dante se interpuso. —Mantened la cabeza fría.
—Hice un juramento, y voy a mantenerlo. Tengo que salir a encontrar a Eyra. —Toqué la espalda de Dante. —Antes de que le pase algo.
—No, volverás a la fortaleza mañana mismo. —Ordenó Edel. —Aquí eres un problema con esa maga asesina buscándote y Eyra actuando por libre, por no hablar de tu inexperiencia como caballero y militar, la misión está en peligro si no vuelves.
—No me hagas esto, capitán.
—Esto no es negociable, hay mucho en juego y tu vida podría determinar el destino de esta guerra. —Edel apartó a Dante. —Así que si no obedeces, te consideraré desertora y estarás fuera de la orden, perderás todo por lo que luchaste y haré que te arresten. No me obligues a eso, Alexa.
Al principio dudé, tenía razón en todo, pero Eyra estaba en peligro, nos juramos protegernos, desapareció por mi culpa. Pero también juré servir a Edel, juré ayudarle, y por tanto debía obedecer sus órdenes ¿Qué demonios debería hacer?
—No te estoy pidiendo que tomes decisiones. —Vi como apretaba los puños y se mordía con fuerza el labio inferior. —Te estoy pidiendo que tengas en cuenta tus responsabilidades, como futura duquesa y como caballero de esta orden.
—Está bien, tomaré mi responsabilidad como caballero. —Dante y Edel suspiraron aliviados. —Voy a encontrar a Eyra, y cuando lo haga, volveré a la fortaleza.
—Lo siento entonces. —Edel se tensó y se puso firme. —¡Arresten a Alexa D’Ur por deserción!
Los caballeros me miraron mientras Dante se interponía para protegerme, tomando todos sus espadas.
—Príncipe Dante, como extranjero, no puede interponerse en un asunto interno de la orden, se consideraría un acto de guerra, y ya tenemos suficiente con una. —Exclamó Edel. —No haga esto más difícil.
—¡Basta, capitán! —Grité y aparté a Dante. —Dame dos días, sólo dos, y si no volvemos Eyra y yo, entonces tomaré el castigo por las dos.
Los caballeros dudaron, algunos envainaron, otros se miraban entre ellos o a Edel, pero ninguno dio un paso más. Lejos de mostrar algún gesto, se mantuvo impasible en su mirada y postura, apretando con fuerza el mango de su espada aún envainada con su izquierda.
—¿Estás segura de eso?
—No huyo de mis responsabilidades. —Hice una reverencia. —No pondré más en peligro nuestra misión.
—Dos días, recluta.
Edel no intentó detenerme y yo simplemente me marché de allí bajo miradas de empatía pero también de enfado, tomando mi caballo, mi escudo y mi lanza. Cuando monté, Dante hizo lo mismo con su montura y se interpuso en mi camino.
—Si vas a sacrificar tu futuro en la orden, iré contigo ¿De acuerdo? —Dante me miró a los ojos. —No lo harás sola.
—Gracias, Dante. —Agarré con fuerza las riendas. —Eres un buen hombre.
Sonrió un poco y nos marchamos juntos al galope, buscando a Eyra en la oscuridad y siguiendo sus huellas en la nieve. No podía ocultar mis miedos por ella, también por Aslan, no entendía que les pasaba y cada pensamiento era combustible para ese terror.
No sé cuanto tiempo pasó, sé que varias horas, y que sólo el frío nocturno a pesar de la magia, y el silencio absoluto mientras nuestras monturas pasaban entre los árboles. Y cuando las pendientes se empezaban a elevar más, cuando el camino se volvía más tortuoso, las cosas iban a empeorar, viendo árboles partidos, arrancados, ardiendo, muros de cristal morados, de hielo y raíces, marcas de garras y espadas, flechas clavadas en rocas, madera y en la tierra, flechas que eran de Eyra, reconocibles por las plumas verdes.
Habíamos crecido juntas, la mujer que me hacía el amor y calentaba mis sábanas y mi corazón, la que temía mi rechazo, tenía un lado peligroso que nunca había visto. El destrozo que causó Eyra en ese bosque denotaba falta de razón, sólo puras emociones primarias, miedo e ira por igual simplemente porque mi vida había sido amenazada, y si era sólo por cazar a dos personas, pavor me daba por el imperio si sufriera un mero rasguño.
—Eyra los encontró, parece ser. —Susurré. —Debe andar cerca.
—¿Cómo puede luchar contra un príncipe y una maga a la vez?
—Su sangre elnar. —Respondí. —Mi padre me contaba sus aventuras con mamá y los… bueno, tu padre y el padre de Aslan. Y es que sus hechizos más poderosos apenas le hacían daño a los elnars, que su bendición no era sólo hacerse invisible y transformarse, alguna clase de naturaleza arcana les hacía muy resistentes a la magia.
—Ya le añades la magia eloar y puede ser más peligrosa si cabe. —Dante susurró algo intranquilo. —¿Qué se siente tener de novia a la mujer que podría ser la más fuerte del continente?
—No es algo que me importe mucho, Dante. —Cerré los ojos por un segundo y empecé a susurrar más bajo. —Pero me resulta curioso que pueda un día generar lubricante anticonceptivo en forma de salvia y al siguiente transformarse en un animal peligroso.
—¿Has dicho algo de salvia?
—Nada, cosas mías.
Vimos a alguien rodar pendiente abajo hasta nuestros pies, y usando magia de luz, vimos que era un lorasiano, sí, con su armadura de placas destrozada, desarmado y cubierto de sangre, además de con síntomas de envenenamiento. Era atlético, alto, de piel clara y ojos de iris blanco con pupilas alargadas, cabello corto y translúcido, como sus orejas largas, puntiagudas y pelosas, mostrando además largos colmillos de animal.
—Tú… —Susurró malherido. —Adelante… termina lo que la mestiza empezó…
—Será un placer. —Exclamó Dante pero le detuve. —¿Qué estás haciendo?
—Salvar su vida. —Desmonté y caminé hacia él. —Pero antes vas a decirme donde está Eyra y si sigue viva.
—¿La mestiza? Viva… no lo sé. —Tosió sangre intentando levantarse. —Pero… estaba muy malherida, cuando caímos…
—¿Dónde está? —Me arrodillé. —No voy a preguntar dos veces.
—Se la… llevaron, cazadores eloars… a Mei… y tu amiga…
Usé algo de magia de luz en él y su respiración mejoraba.
—Al… al Este. —Respondió sin dudar. —Estoy seguro que eran… eloars, no… no tengo fuerzas para salvarla.
—¿Puedes ponerte en pie? —Sorprendido a mi pregunta, asintió. —Irás con Dante.
—Espera, no vamos a llevarlo, es el enemigo.
—Y sabe donde debe estar Eyra. —Le ofrecí mi mano. —¿Cuál es tu nombre?
—Izral Casta Amurase.
—Bien, Izral. —Le miré tranquila y relajada. —A ti te importa tu amiga y a mí mi novia, no queremos que les pase nada.
—Así es…
—Entonces tendremos que confiar mutuamente y dejar a un lado nuestras diferencias. —Asintió con duda. —Porque no tendré la piedad de esta noche si algo le ocurre.
—No es por desanimar pero en nuestro estado y siendo tan oscuro, vamos a necesitar buscar refugio en algún sitio. —Exclamó preocupado Dante. —Eso sí, si actúas de forma rara…
—Podéis desarmarme. —Tomó su espada y me la ofreció. —Aunque ya sabéis que no la necesito.
—Pienso más que valoras mucho la vida de la maga y no vas a hacer tonterías. —Asintió firme a mis palabras. —Vamos.
Comentarios
Publicar un comentario