Las Hojas de Valira. Capítulo 2


Durante varios años estuve estudiando con Eyra y Edel magia, historia, geografía, esgrima, matemáticas, literatura y estrategia, estando los tres al mismo nivel salvo en combate, quien Edel nos superaba a ambas y en magia, pues Eyra no lograba hacer magia humana y ya tenía las suyas. Por lo demás, Eyra sólo tenía interés en dos, el combate y la táctica, el resto del tiempo se la pasaba en el jardín, pero empezó a cambiar cuando cumplió los dieciséis como yo.

También aprecié mi nuevo cuerpo, la vitalidad que rebosaba, su fuerza, su salud excepcional, aprovechando a hacer todo lo que no pude en el pasado. También había cambiado bastante, solía llevar el cabello recogido, mi cuerpo era más atlético pero seguía siendo delgada, era algo bajita y Eyra ya superaba la altura de mi madre.

Eyra en cambio tenía su cabello largo, piercings en las orejas y nariz, su cuerpo era muy delgado y su forma de ser había adquirido cierta confianza. Edel tenía el cabello más largo, era más atlético, pero seguía siendo retraído.

Fue en primavera, el día antes de lo que sería nuestra prueba para ambas en la que debíamos demostrar que éramos aprendices de caballero. Estábamos en la biblioteca los tres y Ca… mi madre nos daba una charla rápida de estrategia, mezclada con Historia, claro, los tres llevando camisas blancas y calzas negras, mientras ella lo mismo y un chaleco gris.

—Comprendamos pues que la Batalla del Paso de Aerron ocurrió hace tres siglos, cinco años antes de la fundación de la República Imperial de Isha, es decir, en 1027 después del nacimiento de Breia.

—¡Ugh, ve al punto! —Gritó Eyra. —¡No son importantes las fechas! Son humanos contra enanos y gnomos.

—No, ese es el error, y por no atender, sabrías que sólo hubo enanos del lado del Reino de Orzarak en esa batalla. —Habló molesta mi madre. —La tecnología gnoma era difícil de aplicar en altas alturas, el combustible de ignición de carbón fallaba por el frío.

—Vale, enanos contra humanos.

—Si recordáis la geografía, las cordilleras sacras que separan las costas y penínsulas del centro del continente valirense son escarpadas, altas, y de senderos complicados. —Se acercó a nosotros y me miró a mí. —¿Qué tiene de especial el Paso de Aerron?

—Es uno de los pocos que es amplio, fácil de recorrer y conecta directamente las fronteras de nuestro imperio con el reino de Orzarak. —Chasqueó los dedos al responder yo. —También es un lugar muy bueno para la explotación minera por sus reservas de hierro y para el comercio, pero también para el tránsito de fuerzas.

—Exacto, muy bien, Alexa.

—El problema fue la ambición del príncipe Caspio, quiso usarlo para invadir Orzarak cuando los enanos conocían mejor el paso que las fuerzas valirenses. —Edel exclamó. —Sufrió las emboscadas desde las alturas por los guerreros y batidores enanos.

—Sí pero al final sobrevivió. —Eyra respondió resignada. —No es una derrota si sigues vivo.

—Es una derrota para tu prestigio y tu honor. —Mi madre miró a Eyra con reprobación. —Volvió a Valir solo y muriendo traicionado, siendo la caída del Imperio de Valira años después.

—El juicio es que un buen militar debe juzgar y no ser prepotente. —Edel miró a Eyra. —Y un buen caballero debe luchar por sus hombres y entender el campo de batalla.

—Lucharía por los demás sin problema.

—¿Y por su honor? ¿Y por el tuyo? —Mi madre se cruzó de brazos. —Hay mucho en ser caballero, como los tres grandes imperios humanos del continente mantienen su alianza, también es lo mismo que forja a un caballero, honor, confianza, pragmatismo.

—Ugh, ya lo sé, señora, y entiendo todo eso aunque ni lo parezca.

—Bien. —Se dirigió a la puerta de la biblioteca. —Mañana es vuestro examen, Eyra, Alexa, será un combate en la arena, pero también tendremos invitados, la familia imperial de Erona y de Otona. Vuestro examen no será otro duelo entre vuestras espadas o contra Edel, será contra los príncipes Dante Arenti y Aslan Bali, así que recordad la lección de hoy y ganareis ¿Alguna duda?

—Tienen vuestra edad y la misma experiencia que vosotras. —Edel se levantó. —La diferencia es que Dante suele centrarse en combinar espada con magia mientras que Aslan maneja el escudo y no tiene capacidades mágicas, pero eso no significa que sean rivales fáciles.

—¿Te has enfrentado a ellos? —Preguntó Eyra y él asintió. —¿Son fuertes?

—No más que yo.

—Pero no se mide la fuerza o la destreza, Eyra. —Mi madre habló con autoridad. —Es el honor, es la confianza en tu aliado o tu compañía.

—Entonces está ganado. —Eyra sonrió con confianza y me miró. —¿Verdad que sí?

—Por supuesto.

—Bien, demos la clase terminada por hoy e id a comer. —Íbamos a irnos y mi madre me detuvo. —Necesito hablar contigo, hija, los demás fuera.

Cuando se marcharon, ella cerró la puerta y me invitó a seguirla. Caminamos hasta un cuadro del palacio y se llevó las manos a la espalda.

—Te he visto crecer estos años, más fuerte, más rápida, más centrada. —Sonrió. —Disfrutas con esto, con… todas las clases, no hay ninguna que te aburra ¿Me equivoco?

—Disfruto mucho y me gusta la idea de ser un caballero.

—¿Y qué es un caballero? —La miré de reojo. —¿Cuál es un propósito?

Lo pensé detenidamente, recordé los años que he estado viviendo, a los caballeros de palacio, a Eyra entrenando y a Edel meditando.

—Depende de a quien jure o a quien sirva. —Mi madre soltó una carcajada. —Un caballero sirve a su señor, sirve a su juramento, a su orden. Su propósito puede ser el que le den o el que él mismo desee, pero si me preguntas el mío, aún no lo sé.

—Me recuerdas mucho a mi hermana y a mí. —Acarició mi espalda y me miró de reojo. —Nuestro padre también nos hizo la misma pregunta a tu edad y aquí mismo.

—¿Qué respondisteis?

—No lo sabíamos, fuimos sinceras y él lo sabía. —Me miró con orgullo. —Maduras rápido como nosotras hicimos, y eso es bueno, no tienes por qué saber ahora los motivos que te llevan a hacer lo que haces cuando empiezas, sólo disfrutar el camino y cuestionar lo que deseas, porque lo primero es entender el propósito y luego decidir el tuyo, no eres lo que fuiste o serás, eres quien eres ahora.

—¿A papá también le pasó?

—Oh, sí. —Sonreí al oírla. —Entendió su responsabilidad de proteger lo que ama pero también a abrazar sus pasiones y sus deseos, como él, quiero proteger lo que amo, a él, a ti y a mi pueblo, y… hacer lo que siempre quise, ser la duquesa de D’Ur y oficial de mi orden favorita.

—¿Se puede ser egoísta si se es caballero?

—No es egoísta dedicar tu vida a la persona que amas, pero el precio de aceptar quitar vidas… es muy alto. —Se cruzó de brazos y levantó una ceja. —¿Quién es el pretendiente?

—No hay pretendiente, aún.

—Menudo alivio. —Suspiró y se relajó. —Seguramente lleguen esta tarde el emperador de Erona y el califa de Otona, te avisaré para estar lista.

—Sí, mamá.

La vi marcharse y observé el retrato, pensando en devolver lo que la vida me dio, en devolver el amor a mi familia queriendo protegerla. Todos esos años fueron los primeros en los que me sentía viva y amada, no veía el egoísmo en devolver ese amor con dedicación.

Tras el almuerzo con Eyra y Edel, fui a la arena a entrenar, tomando una de las espadas de hierro y usando un muñeco de entrenamiento. Practicaba los golpes y la diferencia de tercios en la hoja al golpear y bloquear.

—¿Sabes? A veces te centras demasiado en el golpe que en tu enemigo. —Susurró Eyra en mi espalda. —Es una debilidad chunga.

—Y aún así te gano la mayoría de veces. —Me di la vuelta y se encogió de brazos. —Tú nunca piensas cuando peleas.

—Es dejarse llevar por la euforia de la batalla, no tiene más.

—Eres puro salvajismo. —Sonreí y negué con la cabeza. —Necesitas más disciplina.

—Y tú menos. —Me pellizcó la mejilla y dejé escapar un quejido. —Pero no me quejo en que es divertido cuando luchamos, aunque no comulgue mucho con esas movidas de juramentos y mierdas sobre el honor.

—¿Qué piensas de todo ello?

—Que jurar servir a alguien o protegerlo es una tontería. —Se cruzó de brazos. —Hay que vivir la vida y eso, pero ser caballero tiene cosas interesantes también.

Esas palabras me entristecieron como su tono lleno de desinterés, no sabía explicar por mi parte el motivo.

—Eyra ¿Y si amaras a esa persona? —Susurré enmascarando mi tristeza y llamé su atención. —Servir a alguien no es diferente de amarla, querer protegerla y servirla con lo mejor de tu corazón.

—Yo… visto así… —Su rostro se enrojeció un poco. —¿Supongo? Sí, supongo que sí ¿Tú darías la vida por… mí?

—Claro, somos amigas y compañeras de batalla.

—Sí… amigas, tiene sentido.

—Sólo digo que… yo también quiero vivir la vida y tal pero no si estoy sola o no tengo a nadie en ella. —Me rasqué la nuca nerviosa. —Es raro, no sabría explicar lo que quiero decir.

—No, está bien, creo… que lo entiendo. —Tomó dos espadas cortas de hierro. —Vamos a entrenar y calentar.

Ambas estuvimos entrenando, chocando aceros, practicando desvíos y bloqueos, golpes, estocadas y tajos. Pero Eyra se notaba distraída, no se cansaba físicamente pero se veía que había dado en un punto de su alma, en las cosas que le preocupaban o le causaban malestar pues su estilo que siempre había sido como una danza perfecta y sincronizada con las hojas afiladas y los golpes precisos, no eran más que pasos errados sin rumbo.

—¿Quieres parar? —Pregunté al poner mi hoja en su cuello y pillarla por sorpresa. —Normalmente no sueles dejar que llegue hasta aquí, eres buena defendiéndote.

—La verdad… —Susurró triste. —Es… es que me cuesta concentrarme.

—¿Quieres descansar? —Pregunté y retiré mi espada. —¿Quizás un trago de agua?

—No, la verdad… no sé que quiero. —Suspiró Eyra y dejó caer las espadas. —No tengo ni puta idea de que es ser caballero, ni siquiera de lo que quiero realmente porque la mayoría de puertas me están vetadas, elnars y eloars me odian, no le gusto a los hemnas, y si todo el mundo supiera lo que soy… yo, dudo que pueda estar aquí ¿Y para qué? ¿Para proteger a la gente que me odia cuando no soy capaz de entender que es todo esto de caballeros y honor? ¿Cuando sólo soy yo?

—¿Acaso crees que mi madre te rechazaría? ¿Por qué exactamente?

—No, tu madre… me acepta como mis madres, o sea… es complicado de explicar. —Negó frustrada con la cabeza. —No todas tenemos la suerte de nacer sin sentir esa disonancia entre la persona que vemos en el espejo… y la que deseamos ser.

—Bueno, supongo que no. —Me encogí de hombros. —Pero entiendo un poco esa sensación, un poquito.

—No, no la entiendes.

—Quizás, quizás no, pero yo nunca te rechazaría por ser lo que eres. —Sonreí y me miró a los ojos. —Yo tampoco entiendo del todo que es ser caballero, ni sé que quiero hacer con mi vida, ni si es lo que deseo. Lo que sí sé es que siempre te he aceptado y he querido ser tu amiga, me da igual lo que seas porque no elegimos lo que somos, nos toca para bien o para mal.

—¿Confiarías en mí incluso si no pudiera contarte la verdad? —Derramó una lágrima.

—Por supuesto, es tu secreto y tienes derecho a tenerlos. —Acaricié su cabeza, dejé caer mi espada y la abracé. —Mientras no implique que te guste comer bebés y quemar aldeas.

—Joder, eso no. —Eyra empezó a reír. —Gracias por… ser mi amiga. 

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