Las Hojas de Valira. Capítulo 3.
Al atardecer se nos informó que las familias estaban llegando a palacio y por orden de mi madre, debía vestir con las mejores galas. Las sirvientas me vistieron y maquillaron con pintalabios rosa y línea del ojo rojo, el cabello recogido en un moño, llevando un vestido blanco pastel con los hombros y brazos al descubierto, sujetado por los brazos, un escote discreto y falda larga hasta las rodillas, guantes blancos de seda y bailarinas del mismo color que el vestido.
Mientras salía de mi habitación, Eyra me estaba esperando vistiendo similar a mí pero con un vestido morado con brillantes purpuras en la falda y guantes negros de seda. No sólo eso, llevaba una coleta larga, pintalabios morado y línea del ojo azul, estaba preciosa y el conjunto iba a juego con sus tatuajes, me parecía tener a una diosa ante mí.
—Dime la verdad. —Susurró avergonzada. —Parezco un arlequín de los libros.
—N-no, de hecho… estás preciosa. —Se sonrojó y suspiró. —¿Pasa algo?
—No entiendo la vestimenta femenina, tan colorida y perfecta.
Edel se acercó a nosotras con su cabello engominado hacia atrás y vistiendo traje negro azabache con bordados florales de oro, chaleco gris y botines de cuero. Se veía molesto pero en el fondo podía ver lo nervioso que estaba por algunas gotas de sudor.
—Y la vestimenta masculina siempre oscura y simple.
—Parece que vas a atender una cena excepcional. —Exclamó Eyra. —Bueno… va a ser una cena excepcional.
—Yo diría que parezco que estoy de luto. —Sonrió con burla. —En cambio, vosotras vestís de forma exquisita, y normalmente es porque a las mujeres se las vende a otras familias.
—¡¿Qué?! —Eyra se asustó.
—Matrimonios concertados. —Soltó Edel una carcajada. —Pero no es este vuestro caso, es obvio que la duquesa quiere mostrar con orgullo a su familia ante sus viejos amigos.
—Vale, entiendo que lo haga con Alexa pero yo no soy su familia, igual que tú.
—Bueno, yo siempre he sentido que sois mi familia. —Sonreí avergonzada. —Para mí, Edel, tú eres mi hermano mayor, y Eyra, eres…
—Sí, supongo que soy una hermana para ti. —Eyra se vio molesta. —Voy abajo a robar comida.
La vimos transformarse en gato e irse corriendo, y al desaparecer, vi como Edel derramaba una lágrima.
—¿De verdad me ves como alguien de tu familia? —Me sorprendió un poco pero asentí. —Es extraño.
—¿Te molesta?
—¡No…! Al contrario, es mutuo. —Se cruzó de brazos Edel. —Nunca conocí a mi madre, siempre estuve en un palacio lejos de la civilización, maltratado por el servicio, mi medio hermano es el más mimado, y mi madrastra y mi padre nunca han sentido aprecio por mí. Lo que quiero decir es… Camille es lo más parecido a una madre, vivir aquí y convivir con todos, ser cuidado como uno más… he tenido una infancia buena gracias a ti, a tu familia. Incluso... A veces tengo pequeños recuerdos de tu tía Beatrice.
Era extraño pero bonito, tan estricto, duro y disciplinado por los años, y un pequeño gesto mío le hizo abrirse.
—También esta es tu familia. —Le tomé la mano. —Quizás tengas sangre de reyes, un emperador elegido por la aristocracia, pero me entiendes y… la familia no va con la sangre, es la que eliges.
—Para ser más joven que yo, eres más sabia.
—Bueno, cuando seamos caballeros, yo te llamaré capitán y tú sabionda. —Me dio con el dedo en la frente. —Eh ¿A qué ha venido eso?
—A que mi hermana es una sabionda. —Ambos reímos y se apartó. —Me voy a detener a Eyra antes de que se coma todos los entremeses.
—Buena suerte, mi capitán.
Caminé por los pasillos hasta llegar a un balcón que daba a ver la entrada principal pero también la enorme ría junto a la colina donde se asentaba el palacio. Veía muchos caballos y jinetes con armaduras de placas por unos y brigantinas por otros, y dos carruajes muy distintos.
De uno bajó un hombre de cabellos rubios y largos, atlético, barba recortada y rubia, ojos azules, vistiendo un uniforme militar dorado con bordados de plata, y a su lado un chico de mi edad parecido a él vistiendo de la misma manera y de ojos verdes.
Del otro un hombre de piel oscura, corpulento, cabellos negros, largos y rizados, una barba espesa, larga y rizada, ojos dorados, vistiendo un caftán azul oscuro con bordados de oro, y junto a él un joven parecido de mi edad, de ojos castaños y vistiendo un caftán blanco con bordados de plata.
Eran recibidos por mi madre y parecían conversar amenamente entre los tres como si fueran viejos amigos, cosa extraña por la pomposidad. En cambio, los chicos parecían incómodos pero aparentaban formalidad y mucha etiqueta, eso sí, evitando mirarse el uno al otro hasta que se dieron cuenta de mi presencia.
Esas miradas devoraban, como si de una obsesión se tratara. Pero tan sólo les ignoré, no llamaban demasiado mi atención como los soldados que los custodiaban.
Decidí marcharme de allí e ir directamente al hall, cruzándome entonces con mi padre que se veía nervioso. Vestía también traje como Edel pero llevaba además su bastón, el cuál agarraba con cierta fuerza.
—Ah, mi pequeña, estás preciosa. —Exclamó feliz. —Sabía que te iba a estar genial ese conjunto.
—Sin duda papá sabe elegir mejor en ropa que mamá.
—Pues claro, tu madre siempre ha sido más de espadas y tácticas. —Soltó una carcajada y acarició mi cabeza. —Tú has heredado un poco de nosotros.
—La rapidez con la magia y el estilo fastuoso me vendrán de ti.
—Y la fuerza y bondad de mí. —Escuché a mi madre al abrirse las puertas principales. —Mi hija Alexa, sus majestades, el sultán de Otona, Abú Aslan Usul Ibn Asad al-Bali al-Erali al-Otona al-Karim, y el emperador de Erona Richard I Arenti, señor de Normandam, duque de Orenta y el padre del príncipe Dante.
Mi madre presentó a los cuatro juntos en las lenguas de Otona y Erona, y yo hice en ese instante una reverencia
—Es un honor. —Podía notar como me observaban los príncipes pero los señores observaron más a mi padre con recelo y malestar.
—Cuesta creer que una muchacha tan bella venga de un padre tan débil. —Exclamó Usul. —Sigo sin entender como elegiste al mago antes que a uno de nosotros.
—Quizás él tenga algo que ustedes no. —Respondí sin titubear. —La paciencia y la amabilidad.
—Tiene muchas más cosas tu padre. —Mi madre se acercó a mí y acarició mi cabeza. —Lo que le falta es la furia que yo tengo cuando alguien falta el respeto a mis seres queridos.
—Tranquila, no diremos nada más. —Richard levantó las manos. —Tu hija ya demuestra que ha heredado de ti esas agallas.
Aslan, el hijo de Usul, se acercó a mí y se inclinó con una reverencia, clavando su mirada en mis hombros y brazos.
—Es un honor también conoceros, señorita Alexa. —Exclamó con semblante serio. —Si es posible, desearía pasear por el jardín de su palacio con usted, sin duda, la luna y las estrellas la hallarán más bella que ellas mismas.
—Será… un placer, su alteza Aslan.
Dante entonces tomó mi mano derecha sin previo aviso y besó el dorso con delicadeza mientras hacía una reverencia.
—Señorita Alexa, también será un placer pasear con usted por el jardín y pelear mañana. —Me miró a los ojos y me soltó mientras sonreía con burla. —Puedo sentir que su belleza no es su única virtud.
Esos dos iban con las hormonas revolucionadas y me jodieron la noche rápidamente. Conocía en mi otra vida como eran los hombres, su forma de flirtear era obvia y tosca, y esos dos igual, aunque no tanto en exceso.
—Agradezco vuestras palabras pero debo imaginar que ha sido un viaje muy largo. —Respondí con falsa amabilidad. —Debéis estar cansados y hambrientos.
—Mucho, más para nuestros amigos de Otona. —Dante exclamó con burla.
—Bien, vayamos a cenar.
Mi madre nos llevó al gran salón, donde nos sentamos de forma bastante marcada y con mi madre presidiendo la mesa en el asiento más grande. Los adultos hablaban de tiempos más antiguos, batallas ya lejanas que me maravillaban, combates con dragones, asedios a castillos y fortalezas en ruinas, y duelos a muerte con espadas (y cuchillos), nombrando a veces a las madres de Eyra.
Al mismo tiempo, los tres príncipes hablaban y se lanzaban pullitas, como si el impulso masculino les obligara a competir. La única que estaba callada y comía tranquila era Eyra, quien se veía bastante aburrida con el ambiente cuando no se hablaba de momentos épicos.
¿Y para mí? Era una fiesta familiar más como otras muchas que habíamos tenido, de esas con las que soñaba en el hospital, una familia, una madre, un padre y un hermano. Pero Eyra era distinto, ella era para mí mi mejor amiga, íntima, cómplice de mis mejores y peores momentos, aún si no sabía la verdad de mí y yo de ella en ese momento.
Cuando apenas había comida y todos se distrajeron, aproveché para levantarme de la mesa y marcharme al jardín. Al llegar, me quité los zapatos y pisé con los pies desnudos la hierba mientras dejaba suelto mi cabello, dirigiéndome a uno de los naranjos mientras observaba el cielo estrellado y la luna llena.
A pesar de los años, seguía preguntándome si había algún motivo o ente superior que me hubiese brindado la oportunidad de vivir correctamente. La incertidumbre y la falta de respuestas me devoraba por dentro siempre, el desconocimiento era pues molesto y se sentía injusto ¿Qué había hecho para vivir tan bien? ¿Por qué tenía tanto si no había dado nada? Y al mismo tiempo ¿Ser caballero era la respuesta? ¿Y qué era realmente sino alguien que jura proteger a los suyos? No podía ser sólo la adrenalina y la lucha.
—¿Me permite acompañarla?
Vi a Aslan detrás de mí, semblante serio para ocultar sus nervios, notables por como tenía las manos a la espalda y movía los dedos. Asentí y me senté apoyada con la espalda al naranjo, seguida por Aslan quien se sentó a mi lado con cierta distancia.
—No quería decir nada pero pensé que sería extraño por mi parte estar observando en silencio, señorita Alexa.
—No se preocupe, alteza, está bien, es una noche bonita.
—Noches así pueden observarse siempre, La Divinidad nos obsequia con sus creaciones. —Me miró de reojo con cierta vergüenza. —Damas como usted son también un ejemplo.
—¿No es extraño flirtear con una rival?
—Quizás no la veo como una a diferencia de mi contemporáneo de Erona. —Se sintió más nervioso. —L-lo que intento decir es que seguro es una mujer fuerte, al igual que la señorita Eyra, y que será un combate interesante.
—Será un combate fácil.
Dante apareció con una botella de vino en la mano y una sonrisa burlona.
—Sólo Isha tiene mujeres caballeros ¿Y por qué es el más débil del continente? Las mujeres luchando. —Exclamó orgulloso. —Tiempos fuertes crean hombres débiles, hombres débiles crean tiempos débiles, y los tiempos débiles crean hombres fuertes.
—No, tiempos débiles crean niñatos patéticos como vosotros que juegan con espadas.
Eyra saltó del árbol transformada de gato a su forma original y le robó la botella a Dante como si nada.
—El mayor error de un guerrero es subestimar a los demás. —Exclamé viendo a Aslan sentirse intimidado. —Asume en el campo de batalla las amenazas y que tu enemigo siempre puede dañarte.
—Es las enseñanzas de su madre. —Eyra dio un sorbo a la botella. —Y las mías, y sí, a veces atiendo en clase.
—Ya, pero mañana no hay un campo de batalla, es un duelo para que nuestras familias presuman. —Dante respondió con burla. —Y ganaré yo, no es necesario ni que te muevas mucho, principito Aslan.
—¿De verdad esperas ganar despreciando a tu compañero? —Pregunté molesta. —¿Cómo confiarán en ti tus súbditos si desprecias a aquellos que luchan a tu lado?
—Somos príncipes enemigos, no podemos confiar el uno en el otro. —Dante le quitó la botella. —Su gente no pertenece al continente, son invasores, ladrones que nos robaron nuestras tierras ancestrales, siempre serán nuestros enemigos, señorita Alexa.
—Tienen derecho a existir en el continente, son sus tierras. —Me levanté indignada y repliqué con enfado. —Y con esa actitud es con la que se aprovechan las amenazas al continente y mueren los tiranos. Se supone que somos tres imperios aliados frente a aquellos que desean romper la paz y la armonía ¡La gente necesita unidad y gobernantes que les ofrezcan todo eso! Pero nos desprecias a ambos en base a prejuicios estúpidos ¿Acaso eres el futuro emperador que merece tu gente si desprecias a los demás y dejas de lado tu pragmatismo? ¿Acaso crees que serás el emperador por tu sangre ignorando en quienes te apoyas?
Dante había enmudecido al tiempo que Eyra asentía orgullosa.
—Vámonos a dormir, Eyra, se hace tarde. —La miré de reojo y asintió. —Buenas noches, su alteza Dante y su alteza Aslan.
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