Las hojas de Valira. Capítulo 4
Durante toda la noche, Eyra y yo estuvimos bebiendo de la botella, sentadas en la barandilla de piedra del balcón de mi habitación. No hubo palabras o gestos, sólo dos adolescentes en silencio bajo el cielo nocturno y el olor afrutado del vino.
Entonces sentí la mirada de Eyra, su sonrisa, sus ojos llenos de confianza y después tristeza.
—Lo que le dijiste a esos capullos… gracias.
—De nada pero no entiendo. —La miré de reojo. —¿Por qué?
—Porque… es extraño que seas más sabia que la gente de mis madres, seres inmortales movidos por idioteces. —Miró a la luna y cerró los ojos. —Sé que los elnars son ambiciosos con tener el control del continente porque “nuestra Dama Nocturna derrotó a la tirana de la Forjadora y los hemnas…” chorradas y eso.
—El Reino de Ysdrala siempre ha tenido sus conflictos con Isha y Erona.
—Ya, los motivos son estúpidos. —Dejó la botella en la barandilla. —Pero me da igual, los odio, como a los eloars.
—Suena doloroso.
—Es porque lo es ¿Por qué crees qué mis madres fueron rechazadas de sus hogares? —Me miró de reojo y asentí. —Yo tengo la culpa, mi nacimiento, porque creen que los mestizos serán el fin de todos los elfos y la caída final de sus últimas diosas, y demás soplapolleces.
—No eres la responsable, simplemente el mundo es cruel.
—Es la gente la que lo hace cruel. —Se abrazó a las rodillas y cerró los ojos. —Pero cuando te escucho, haces que la vida sea más amable, porque tú no piensas como ellos o como los hemnas, y empiezo a ver que quiero gracias a ti, creo.
—¿Tan pronto?
—No, estoy un poquito borracha y digo tonterías. —Ambas reímos y carraspeó. —No me importa ganar o perder mañana.
—A mí tampoco.
—A lo mejor se trata de eso, Alexa, el honor son los amigos que hacemos por el camino. —No pude evitar reírme. —O los momentos así.
—Sí que estás borracha.
—Joder, que no bebo tanto, idiota. —Me dio un golpe en el muslo y solté una carcajada. —Tú eres la borracha.
—Eres adorable.
Sin poder evitarlo, fuera de mi control, me levanté y la besé en la cabeza sólo para ver como sus orejas se enrojecían.
—Buenas noches, Eyra.
Vi como apretaba los puños antes de irme, y al cerrar las puertas, ya se había marchado. Mi corazón latía acelerado, imaginando sus ojos mirándome con dulzura, sus manos tocando las mías, sosteniéndolas no como las espadas sino con gran gentileza ¿Qué era esa sensación que tenía? ¿Era un deseo puro por Eyra? No tenía derecho a ello pues no era mi cuerpo, era una impostora, una mentirosa que había burlado a la misma muerte y a la familia que quería a la verdadera Alexa.
No pude evitar sentarme en el suelo y llorar, nunca había pensado en ello, quizás era el alcohol que me hacía ahondar en miedos enterrados, pero… yo no pertenecía allí. Esas palabras resonaban constantemente, ese no era mi sitio, no era mi vida, la que tuve se perdió en la cama del hospital entre agonías, pero ya no recordaba como era estar ahí, cual era mi nombre siquiera ¿Quién era o… quién soy?
Acabé dormida profundamente entre lágrimas, una noche y una forma de dormir que no deseo a nadie. Desperté en mi cama con el pijama puesto y desmaquillada, con la luz del sol entrando en mi habitación, y un fuerte dolor de cabeza.
No tardé en vestirme con una camisa blanca, unas calzas negras y botines de jinete, saliendo de mi habitación cuando apenas había actividad en palacio. En el gran salón se encontraba Aslan, rezando de rodillas sobre una alfombra y orientado hacia el noroeste.
No quise molestarlo pero llamó mucho mi atención en como se parecía su cultura a otras de oriente medio de mi mundo y su fe respecto al islam. Decidí respetarlo y cuando terminó, una sirvienta trajo té, seguramente para él.
—Buenos días, señorita Alexa. —Susurró tranquilo mientras se sentaba en una silla. —¿Ha dormido bien?
—Sí, eso creo.
—Me alegra oírlo. —Sonrió. —¿Está nerviosa?
—No, la verdad.
—Su temple me causa envidia. —Sonreí un poco y me senté a su lado. —Las palabras que le dijo al príncipe Dante no son las que esperaba en este viaje.
—Esperaba rechazo.
—El odio a nuestra gente es muy común en el continente, sean gnomos, elfos, enanos, medianos u otros hombres, nos ven como invasores y esclavistas. —Habló tranquilo. —Pero usted habló con gran sabiduría y… sólo puedo darle las gracias y ofrecerle mi amistad.
—Claro. —Le ofrecí mi mano y la tomó con duda. —Amigos pase lo que pase.
—¿Puedo preguntarle algo? —Asentí. —¿Qué opina de mí y del príncipe Dante?
—Creo que es usted valiente por pelear en un duelo a cuatro siendo el único sin magia. —Sonrió un poco y hablé relajada. —Dante es… creo que es alguien fuerte, rápido, que parece manejarse bien pero cree demasiado en sí mismo. Dicho esto, debería irme a prepararme.
—Buena suerte, señorita Alexa.
Me levanté y me marché del gran salón para dirigirme a la armería. No tenía hambre, no tenía sed, no tenía sueño, el dolor de cabeza había desaparecido, estaba bastante tranquila.
Allí una vez puesto la cota de malla y la armadura de placas por los caballeros, escogí de entre tantas armas y escudos, una rodela y una espada larga de hierro. Al salir vi a una elnar de piel rosa y cabellos y ojos azules, y una eloar de piel, ojos y cabellos verdes.
Las dos ayudaban a Eyra con una cota de malla azulada de talla exquisita y bien decorada, con coraza y hombreras. La elnar era Yurina, con una postura militar y estricta, y la eloar era Elariel, más serena y maternal.
—Uggh, estoy bien, ya está puesto. —Exclamó enfadada Eyra. —Dejadme un poco de espacio.
—¿Te has tomado tu medicina? —Preguntó Elariel. pero Eyra sólo gruñó. —Ah, Alexa, te ves muy bien.
—A pesar de emborracharos sin pensar. —Yurina me miró molesta al oír a Eyra y levanté las manos. —Lo importante es beber después de ganar, no antes.
—No pongas nerviosas a las chicas. —Mi madre apareció y me miró sorprendida. —Escudo ¿Vas a ir sin usar magia?
—Tengo un plan.
—¡Pues comparte, joder! —Exclamó Eyra tomándome del brazo. —Después, ahora quiero irme a pelear, me estoy agobiando con tanta gente.
—Buena suerte, chicas.
Exclamaron las tres y Eyra me llevó de nuevo a la armería, tomando un par de espadas cortas de hierro. Nos dirigimos a la arena donde se estaban reuniendo muchos caballeros y soldados de los tres imperios. Dejé que el sol calentara mi piel antes de ponerme la capucha de malla y el yelmo, y vi por el visor en T como entre el público estaban los dos emperadores, las madres de Eyra, mis padres, y Edel, quien me observaba con aprobación.
Los dos príncipes aparecieron con armaduras de placas, Dante con una espada larga de hierro y un yelmo con forma de pico, y Aslan con un escudo redondo, unas hombreras negras, un casco y una cimitarra, de la que parecía oírse unas cadenas. Eyra en cambio estaba ansiosa, poniéndose un yelmo de acero azul con largas crestas de plumas blancas.
—¡Este duelo será dual y tendrá tres rondas! ¡Mas cada ronda se determina cuando un miembro del equipo cae, y un soldado cae cuando se toca un punto débil del torso o cabeza, o se rinde! —Gritó un hombre. —¡Este duelo no tiene premio alguno salvo el honor y la gloria de la victoria! ¡Al golpe de tambor, empiecen!
—Soy un hijo de la vieja Valira. —Exclamó Dante. —Os demostraré porque soy superior.
—Te voy a callar la bocona, príncipe. —Eyra replicó con furia. —Con una buena cicatriz en esa carita tuya de arlequín.
—La Altísima es mi testigo de mi futura victoria. —Aslan empezó a rezar. —Y yo… y yo su humilde esclavo de su voluntad.
Yo me quedé en silencio, ni una palabra escapó de mi boca, y la tensión me hizo recordar los sonidos del cardiograma, constantes débiles mientras mi cuerpo no respondía. Cuando el tambor sonó como un estruendo, Dante y Aslan corrieron a atacar, no a Eyra sino a mí, pero mi cuerpo no obedeció.
Eyra se deslizó al lado de Aslan y casi logró golpearle con una de sus espadas, sólo para ser bloqueada con él por el escudo y atacarla con la cimitarra. Un choque de hojas brutal pero Dante ya iba a darme con un tajo desde abajo y mi cuerpo actuó solo, bajando el escudo y moviéndome con un pequeño salto a un lado, sintiendo todo el impacto por todo mi brazo y golpeándole con un puñetazo en el yelmo.
Cuando recuperé el control, desenvainé mi espada y corrí a socorrer a Eyra, atacando a Aslan con un tajo horizontal. Su reacción fue rápida e intentó girar para darme un golpe con su escudo al patear a Eyra y alejarla, pero fue tarde, logré impactar en su espalda por la parte superior rebotando la hoja con la placa.
—¡Victoria para Alexa D’Ur y Eyra Sylvana! —Gritó el hombre.
—¡¿Qué demonios haces, idiota?! —Gritó Dante a Aslan. —¡¿Y ese golpe sucio, chica?!
—A alguien le dieron en el ego de macho. —Exclamó Eyra con burla. —¿Eh, principito?
—¡Tú calla, mestiza!
—Está pidiendo otro puñetazo, alteza. —Respondí seria y amenazante. —Y se lo voy a dar.
—¡Vuelvan a sus posiciones!
Estuvimos de nuevo frente a frente y a buena distancia, y Eyra y yo nos miramos con complicidad. Discretamente me señaló para ir hacia adelante y después ella dibujando círculos.
El tambor sonó y caminé hacia delante al mismo tiempo que Aslan. Eyra y Dante dieron vueltas alrededor de la arena, y entonces surgieron raíces del suelo, enredándose en las piernas de ambos príncipes.
—¡Al ataque! —Gritó Eyra.
Yo corrí con todas mis fuerzas, Aslan se cubrió cuando fui a dar el tajo de mi espada y entonces un proyectil de fuego impactó con fuerza en mi escudo y explotando, empujándome y casi derribándome. Cuando me di cuenta, el fuego había quemado las raíces de Aslan y nuestros escudos estaban chocando, empujándome con bastante fuerza y yo intentando hacer presión.
—¡Xelium!
El grito de Dante me alertó, un relámpago vino de él pero impactó a propósito en Aslan, provocando que ambos sintiéramos una fuerte descarga eléctrica, nos alejara entre nosotros y rodáramos por el suelo. Apenas podía levantarme, no escuchaba nada, Aslan también estaba tirado, un truco muy sucio, y entonces los pies de Eyra y Dante frente a mí, un juego de baile, hojas chocando, pero ella me intentaba proteger de él y el príncipe sólo buscaba ganar.
Poco a poco el hormigueo de mi cuerpo desaparecía, me levanté con todas mis fuerzas repitiéndome en mi cabeza “Sigue adelante”. Tomé mi espada entonces y volví al combate, nuestras hojas chocaron, las de Dante y mía, al intentar golpear con una estocada, y Eyra aprovechó para golpear con su espada izquierda.
El combate no cesó, bloqueos, estocadas, tajos, no dejaron de sonar los metales en aquella arena, todos estaban eufóricos, incluso yo disfrutaba con la adrenalina de esos instantes, me sentía viva. Entonces un gancho encadenado se engarzó en mi espada y con un tirón escapó de mi mano, y Dante aprovechó ese momento para dar un codazo a Eyra y desorientarla, y finalmente golpearme constantemente con su espada.
Mi brazo sufría cada impacto, el escudo aguantaba pero yo no tanta violencia y recordé las clases de mi padre, la magia que podía usarse también de forma defensiva.
—¡Xelum!
Mi grito, un encantamiento, mi escudo convertido en una trampa eléctrica que estalló en chispas al ser golpeado por la hoja, la espada de Dante salió volando y él alejado varios metros mientras el asa de mi escudo se soltaba. Pero habíamos perdido pues Aslan tenía a Eyra de rodillas, sin escudo, con su cimitarra en el cuello y del pomo un gancho con una cadena, observándoles con el corazón en un puño.
—¡Victoria para Aslan Bali y Dante Arenti!
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