Las Hojas de Valira. Capítulo 10

[Este capítulo tiene escenas de horror y gore] 



No ocurrió nada más durante toda la noche, sólo chillidos, miradas de nerviosismo y el absoluto terror de la oscuridad nocturna. El pobre hombre que perdió a su familia falleció a causa de sus heridas, la magia sanadora tan sólo sirvió para aliviar su dolor físico, pero en su rostro existía aún el dolor emocional y el peso de tanto sufrimiento, y es que no hay magia en este mundo capaz de sanar tal trauma.

Reunidos los cuatro entonces en la plaza, se sumaron también los habitantes de la aldea, el trío clerical y los clientes de la posada. El sacerdote del pueblo y el enterrador se ocuparon del cuerpo dando una misa completa para toda la familia, una cena de difuntos con castañas, moras y boniatos que, por la terrible situación y miedo, nadie comió, y un toque de campanas por cada miembro de la familia, en aquella pequeña y vieja iglesia de ventanales pequeños, hecha con una mezcla de bloques de piedra tanto viejas y desgastadas como recién talladas. Al mismo tiempo, nosotros estábamos fuera, debatiendo sobre lo que debíamos hacer.

—Está claro que el monstruo volverá a atacar al pueblo. —Habló Aslan ocultando con dificultad su preocupación. —Y que los miembros de la Iglesia les defenderán.

—Por no olvidar que seguramente acudirán los nobles dueños de éstas sus tierras. —Dante parecía más relajado. —No es como si la situación estuviese bajo control.

—Permitid que lo dude. —Levanté la mano y los tres me miraron. —No creo que nada de esto esté bajo control, deberíamos buscarlo y descubrir su origen ¿Quién sabe cuántas vidas podrían perderse la próxima noche? Porque, seamos claros, dudo que tres miembros de la iglesia puedan o quieran ocuparse, de hecho, es extraño que un paladín camine por estas tierras bajo la orden de un clérigo y acompañados de una simple acólita.

—¿No se supone que la Iglesia se ocupa de los asuntos de demonios y criaturas corruptas? —Preguntó Eyra con una ceja levantada. —Ya sea con la Inquisición o con miembros del clero, pero tampoco es que parezcan tener mucha idea.

—¿Y si están relacionados? —Pregunté. —La forma en la que trata el clérigo a los demás como si no se fiase de ellos es muy sospechosa.

—¿Os vais a topar con la Iglesia vosotras dos? —Preguntó Dante y ambas asentimos. —Creo que estáis locas, meteros en sus asuntos y con esa cosa suelta…

—Os acompañaré. —Aslan sonrió confiado. —Si me permitís.

—Eso depende. —Eyra se mostró autoritaria pero después sonrió con complicidad. —¿Cocinarías algo de Otona?

—La cocina no es mi fuerte pero sí. —Ambos se dieron un apretón de manos lo que molestó a Dante. —¿Y tú, rubito? ¿Te unes a nosotros?

—Yo… supongo que sí, no me resistiré a vuestras suplicas. —Sonrió orgulloso. —Me necesitáis mucho y debo ser un buen príncipe para mi pueblo.

—Dioses, eres pesado. —Eyra susurró y se apartó para dirigirse a la iglesia. —Pues a hacer preguntas incomodas.

Los cuatro nos dirigimos al interior de la iglesia, justo cuando la misa terminó. La gente se marchaba, el sacerdote se dirigía al confesionario pero el trío clerical estaba ahí, observándonos, sobretodo el clérigo con mucha atención, con la imagen de Breia en forma de estatua de madera, una mujer en una pose de cruz y semidesnuda, con los cabellos dorados y largos y la piel blanca.

—¿Qué necesidad tenéis de entrar en la casa de Breia? —Preguntó el clérigo. —¿Venís a rezar por su auxilio o a confesar vuestros pecados para el perdón?

—Lo confieso, mantengo relaciones con otras mujeres y las seguiré teniendo. —Eyra exclamó con las manos en alto sólo para reírse después. —Ahora que he confesado mi sexualidad ante la sensual estatua de madera de tremenda diosa ¿Qué demonios hace la Inquisición en este pueblucho?

—Es obvio que el ataque y vuestra presencia no son fruto de la casualidad. —Aslan habló dando un paso hacia delante. —Podemos actuar juntos y proteger a la gente. Sea cual sea el asunto, está claro que no somos sospechosos cuando hemos aparecido ayer.

—¡¿Cómo os atrevéis con esa actitud tan despreciable?! —Gritó enfurecido el clérigo pero el paladín le susurró algunas palabras. —Pero… dada vuestra iniciativa y vuestra preocupación por los inocentes, quizás podamos ayudarnos.

—Alguien de este pueblo nos informó de actos de brujería ocurridos en esta aldea. —Eyra señaló al confesionario y silbó mientras el paladin hablaba. —Sí, así es y por lo que descubrí en la granja, un miembro de la familia difunta había llevado a cabo dichos actos y era parte de un aquelarre.

—La hija mayor concretamente. —El clérigo carraspeó. —Las cartas delatan a varias personas que nacieron aquí según los documentos eclesiásticos sobre bautizos que cuenta esta iglesia. Dado que nos dedicaremos a interrogarlos para hallar su lugar de encuentros, os pediré que investiguéis el viejo molino al norte, dicen que la hija solía escaparse de las tareas y la veían salir hacia allí, pero el único lugar de interés es ese, un viejo molino de agua en ruinas, destrozado cuando la batalla de Tiranos.

—Iremos a echar un vistazo. —Miré de reojo a los demás y asintieron. —Volveremos con lo que encontremos.

Nos marchamos de la iglesia y salimos de la aldea por el norte, no pudiendo evitar notar el ambiente de tensión y miedo que la gente vivía, no sólo por el monstruo sino también por la presencia de la Iglesia.

Seguimos el sendero a partir de los carteles viejos que indicaban el molino, viendo casas en ruinas y destrozadas, algunas como si una intensa ventisca hubiese destrozado sus tejados y derrumbado sus muros. También vimos muestras de brea negra en el camino y marcas de garras en troncos, incluso algunos árboles derribados, lo que nos intimidaba bastante pero no nos achantaba.

—A pesar de no ser caballeros, estáis dispuestas a todo por esa gente. —Exclamó Dante con preocupación. —Ningún juramento o deber os ata a esta tarea, pero aún así… a riesgo de fracasar en vuestra misión, os desviáis por personas que no conocéis.

—Sólo sigo a Alexa. —Eyra habló nerviosa. —Ese es mi motivo.

La miré de reojo y sonreí un poco.

—Estas personas merecen vivir, no son responsables de los actos que otros quieren cometer. —Respondí seria y con determinación. —Sólo quieren recuperar su tranquilidad, y sólo podrán si la Inquisición se va, el monstruo muere y ese aquelarre desaparece ¿Me beneficia en algo lo que haga aquí? Sí, mi conciencia tranquila.

—¿Veis? Lo que ella dice. —Eyra se encogió de hombros. —Para no seguir a la muchacha, mi gente.

—Eso no tiene sentido. —Dante se rascó la nuca. —De Alexa vale pero que tú la sigas por seguir…

—Quizás tenga motivos superiores. —Aslan respondió. —Y eso es bueno también.

—Eres un cabrón optimista. —Dante lo miró con desaprobación y un suspiro escapó de sus labios.

Vimos el molino en ruinas y parecía tranquilo, tan tranquilo que no se oía absolutamente nada salvo el agua del riachuelo sobre el que se asentaba. Cuando el cielo se empezó a nublar, sentimos el suelo temblar y una masa negra y líquida surgió del molino, repleta de cuerpos de personas y animales, tomando la forma de un ciervo pero lo único que tenía real de él era la cabeza putrefacta de un macho adulto, cuyo único ojo lo movía como si fuese suyo.

—Magia de fuego y sagrada. —Ordené. —Los que no…

Vi la hoja de Aslan y él acariciando las inscripciones que tenía grabadas, envuelta en llamas la cimitarra. También a Eyra, que usaba su magia eloar pero para prender con chasquidos las flechas huecas y rellenas de grasa y paja.

—Dadle fuego entonces.

Al dar yo la orden, Eyra sonrió con emoción y el monstruo lanzó una mezcla de gritos y sonidos de otros animales antes de galopar. Corría a gran velocidad contra nosotros pero Eyra le lanzó una flecha en el cuello, lo que hizo que cambiara de rumbo entre gritos de dolor y pasara frente a nosotros, no sin antes recibir un tajo profundo de Aslan y una llamarada de Dante con belium y celium.

No podía dejarme perturbar por aquella cosa, usaba toda mi fuerza mental para mantener la concentración y no perderme ante el horror. Nos agrupamos espalda con espalda, el ser corrupto galopaba entre los arboles y nuestro alrededor, nos observaba y evitaba atacar, era inteligente y podía notarse en esa mirada vacía y muerta.

—¡Eyra, a mi señal! —Gritó Dante con un glifo acuoso en su izquierda. —¡Delium!

Lanzó un proyectil de agua a tanta velocidad que, al impactar en su cabeza, rompió una de las astas. Eyra le disparó otra flecha de fuego, dando en una de las patas y chillando la criatura, al tiempo que parecía tener problemas para mantener su forma.

Corrió hacia nosotros enfurecido, Eyra disparó otra flecha, Dante y yo una bola de fuego, pero Aslan se mantuvo cubierto con el escudo. El choque a tanta velocidad no le movió, tan sólo provocó que la otra asta se rompiera y el escudo de Aslan se doblara, no sin antes recibir el monstruo un tajo llameante que cortó parte de la pata.

Pero lejos de intentar huir, el monstruo perdió parte de su forma y del cuello surgieron varios brazos que agarraban el escudo. Varios tentáculos surgieron del lomo e intentaron agarrar a Aslan pero Dante los cortó, viendo su hoja bañada en brea negra a pesar de emanar agua de sus inscripciones.

—¡Breium!

Un flash cegador y dorado de mi mano hizo que la carne del monstruo se debilitara y que se apartara de Aslan. Pero eso no evitó recibir otro Breium de Dante, el tajo de Aslan decapitando la cabeza de ciervo, y que reaccionara tarde a las raíces que surgieron del suelo y lo atraparon.

De forma de ciervo pasó a ser una masa negra con personas que surgían levantando sus manos, cuerpos podridos o recientes, esqueletos o animales, todos alzándose de aquella brea agonizante que luchaba por liberarse. No perdimos la oportunidad, Dante y yo lanzamos Breium constantemente y Aslan atacaba sin piedad con su cimitarra, mientras la masa cada vez se volvía más pequeña y dejaba caer cuerpos que quedaron inertes.

Cuando no quedó ni rastro de corrupción, ya estábamos agotados hasta la extenuación por el abuso de magia y los ataques constantes. Ese instante de calma me hizo ver que eran muy peligrosos los monstruos corruptos, sin magia o espadas mágicas ¿Cómo se mataría a algo así? ¿Cómo de peligroso hubiera sido para los guardias y los aldeanos?

Mientras recuperábamos el aliento, Aslan tomó la sensata decisión de quemar los cuerpos con su hoja y ramas secas. Nos fijamos en el fuego pero pudimos sentir que alguien se acercaba, una presencia que pesaba en nuestros cuerpos y almas, sin oír sus pisadas en la nieve.

Cuando me di la vuelta, vimos a una persona que vestía una toga celeste con múltiples adornos de oro y una máscara de cráneo de vaca, muy delgado, de piel de ébano, orejas puntiagudas y cabellos dorados y largos, con ojos negros completamente que te hacían sentir que la misma noche te devoraba cuando los mirabas. Por la estética y mi experiencia en Historia, esas ropas eran muy antiguas, pertenecientes a sacerdotes de los dioses élficos, pero sólo la toga y las joyas, el color o la máscara no decían nada en absoluto sobre al dios que servía.

—Esperaba a los monjes y su muerte, no a vosotros y vuestra victoria. —Exclamó con voz grave. —Pero eso no significa que os considere mis enemigos.

—¿Quién demonios eres? —Preguntó Aslan indignado. —¿Eres el responsable de esto?

—¿De la masacre en la granja? —Miró hacia el molino. —Por supuesto pero no son culpables de sus actos, sólo la chica y sus amigos, amigos que seguramente sean ejecutados por los monjes, las llamas devorando su carne.

—¿De qué demonios estás hablando? —Eyra fue a tomar una flecha pero el extraño alzó la mano en un gesto de paz. —¿Qué?

—Si quisiera mataros, podría hacerlo, pero no he venido a eso.

Me tensé, pero asentí sin apartar la mirada.

—Lo que hicieron esas personas no es distinto de lo que he hecho yo. Solo que ellos perdieron el control de lo que invocaron. Yo no.

Su mirada recorrió el lugar, como si midiera algo invisible.

—La diferencia es que yo no tengo intención de romper la paz de estos hemnas. Podéis creerme o no.

—Cuesta creer a alguien que causa masacres en nombre de la paz. —Exclamé. —¿De qué “motivos” hablas si eres capaz de algo así?

—De los que me dicta la diosa Ralia desde lo profundo de su reino.

Dio un paso atrás, como si la conversación ya no le interesara del todo.

—Podéis contarlo si queréis. No me preocupa que conozcáis mi existencia.

Le vimos marcharse y Eyra y yo nos miramos, reflexionando por unos instantes lo ocurrido. Las dudas surgían ¿Una diosa y su sacerdote? ¿Qué tenían que ver en todo eso? ¿Por qué querrían asesinar a un aquelarre? No había forma de aclarar esas preguntas en esos momentos.

Antes de volver a la aldea, no pude dejar de ver los rostros de las personas que habían fallecido, como sus cuerpos habían sido títeres más allá de la muerte, como su agonía aún seguía viva y suplicaban. Pensé en mi antigua vida, en mi antiguo cuerpo, en como debía estar ¿Enterrado o incinerado? Una obsesión insana que intentaba ignorar por todos los medios.

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