Las Hojas de Valira. Capítulo 12.

[Este capítulo contiene escenas de sexo y violencia] 



Al atardecer llegamos a Foné y conseguimos una habitación en la posada, una para nosotras dos con vistas al mar. Aslan y Dante parecían congeniar bien durante la cena, y Eyra parecía de bastante buen humor, estábamos todos incluso sin armaduras con la sensación de seguridad, pero yo sólo quería una cosa, dormir, y teniendo en cuenta que iba a ser nuestra primera vez durmiendo juntas… intentaba apagar mi cabeza.

En el dormitorio me encontraba sola y desnuda, bañándome en un barreño lleno de agua caliente que había creado con mi magia. Cuando terminé de lavar mi cuerpo, me levanté y observé mi cuerpo desnudo y mojado en el espejo, ninguna herida o cicatriz, piel de porcelana con pecas, mi pubis con vello rojo y espeso, mis senos medianos y redondos, libres de la prisión de la armadura, mis músculos definidos por el entrenamiento, sobretodo mis brazos marcados con venas, piernas y mi trasero redondo, dolorido de andar tantas distancias como mis gemelos.

Observé mis manos, capaces de empuñar espadas con destreza, y mis ojos, la mirada de una guerrera en ciernes, sintiendo que mi inocencia sobre este mundo aún vivía sus últimos momentos. Pero en ese instante, perdí el control de mi cuerpo, seguía observando mi rostro mientras movía los dedos de las manos y los pies.

—Buf, está empezando a haber ventisca. —Eyra entró sin darse cuenta de la situación y de mi estado. —Menos mal que traemos capas y petate.

Cerró la puerta pero, al darse la vuelta, la arrinconé tomando sus manos y con mi muslo entre sus piernas, mirándonos mutuamente. Estaba sonrojada y sorprendida, pero en mí había un intenso deseo por tomarla, por besarla, por desnudarla.

—Y yo que creía que aún eras virgen. —Susurró y cerró los ojos. —No te pega ser la que lleva las riendas.

—Si supieras cuantas veces me he tocado pensando en ti. —Susurré encendida. —Cada noche entre mis sábanas mientras tú estabas con esa chica, mis dedos dentro de estos dos agujeros que tengo, cuando no estaban tocando esta parte de aquí que tanto disfruto y sueño que vas a besar con tus labios.

—Tú no eres…

Susurró preocupada y llevé su mano a mi vulva, tomando su índice y corazón para rozarlos con mi clítoris. Tragó saliva y me miró de nuevo, apartando mi mano y moviendo sus dedos con delicadeza e inseguridad.

—¿Por qué estás tan empapada? —Jadeó avergonzada y acercó sus labios a los míos. —¿Así es como te gusto tanto?

—Eres especial… para mí, importante, en quien más confío. —Susurré entre gemidos, sintiendo tan bien aquellos dedos mágicos. —Eyra…

—Es ir muy rápido pero… —Asentí y suspiró con una sonrisa. —Bien, disfruta entonces, pelirroja.

Besó mis labios suavemente, mirándome y esperando que intentase gemir, impregnada de un olor dulzon de azahar. Su lengua entonces rozó la mía, jugando juntas mientras sus dedos entraban en mí y su otra mano se liberaba y acariciaba mi rostro.

—Me da igual si este mundo no nos deja estar juntas. —Susurraba mientras yo recuperaba el aliento entre gemidos. —Si puedo vivir al menos una noche así a tu lado y sintiendo tu cuerpo desnudo. Sólo… no me rechaces, no me apartes de ti.

Apartó los dedos llevándolos a su boca y lamiéndolos para provocarme. Se arrodilló, agarró mis caderas y sentí su lengua rozar mis labios, constante y sin parar, mirándome a los ojos.

Era mi primera vez en todas mis vidas, era increíble y… era perfecto, Eyra era perfecta, su mirada, sus manos, su boca. La agarré del cabello y la presioné contra mi vulva, con su lengua en mí, moviéndose sin parar y sus labios a veces apretando mi clítoris.

Gemía sin parar y con fuerza, mirándola a los ojos pero también recordando esos momentos de tensión, cuando empuñó sus espadas amenazando al príncipe Casio, cuando disparaba flechas contra aquella criatura de corrupción, o cada duelo que tuvimos entre nosotras. Era esa la forma en la que la deseaba, imparable y poderosa, ágil y fuerte, fantaseando con la idea de ser poseída por la mujer que estaba entre mis piernas y velaba por mi placer, que me devoraba con su boca y su mirada.

Sentí mi cuerpo estremecerse más y más, no podía controlarme y me vine sobre su rostro, un líquido transparente y abundante sobre su rostro y su camisa. Estuve muy avergonzada pero Eyra sólo se relamió, se levantó y sonrió satisfecha.

—Lo siento… —Susurré teniendo el control. —No pude evitarlo, yo…

—Tendremos que darnos un baño juntas.

Tras eso, Eyra y yo nos bañamos juntas pero sin que pudiera verla desnuda, tan sólo su rostro de reojo, una sonrisa con su brazo apoyado en el borde de la bañera, su mano manteniendo el flequillo y su otro brazo rodeándome. El agua cálida en contraste a su cuerpo, sus senos en mi espalda y su miembro erecto presionando mis nalgas lo hacían una experiencia perfecta, añadiendo más que a veces besaba mi oreja y mi cuello.

—Cuando esté lista, te pediré ser mi pareja. —Susurró distraída. —Mientras, quiero seguir teniendo estas noches contigo.

—Las que desees, Eyra. —Tomé su mano y besé los dedos. —Estoy ansiosa por la próxima.

—Ten cuidado con lo que deseas, pelirroja.

La sensación del calor del agua y de su cuerpo me hicieron olvidar por un momento el horror de las hogueras y el monstruo, olvidar el dolor en mis piernas, olvidar las inseguridades. 

Pero no duró mucho. 

De repente escuchamos gritos y choques de armas, teniendo que terminar nuestro baño romántico. Estaba poniéndome la ropa y la armadura cuando vi a Eyra salir desnuda con sus dos espadas desenvainadas, con lo que tuve que salir apresurada.

Al bajar, vimos a varios soldados sin identificación en la zona común y armados con mazas y hachas, a Aslan justo decapitando a uno de ellos, y a Dante acabando con otro con la alfanje en el pecho, protegiendo al mismo tiempo a una mujer y un niño. Eyra no dudó y fue directa a dos, bloqueando varios ataques, degollando a uno y apuñalando a otro.

—¡Maldita elfa!

El último que quedó intentó atacarla pero rápidamente logré desarmarlo y ponerlo de rodillas, con la punta de mi espada en su cuello. Podía matarlo, estaría en mi derecho, pero no quise, arrebatar una vida era cruel y no estaba lista para algo así.

—Una noble, tenía que ser una maldita noble. —Gruñó enfadado. —Somos muchos, chica, esta aldea nos pertenece ahora, y mis amigos vendrán.

—Seguramente estén huyendo antes de que la ventisca sea más fuerte.

—Puede ser, o puede…

Agarró mi espada e intentó tomar su hacha pero antes de que levantase su brazo, ya le había apuñalado en la cabeza con una daga de hielo. Mis manos temblaban y no por el frío, estaba manchada de sangre aún caliente, la mirada perdida del asaltante, sin vida, se la había quitado, y mientras su corazón dejaba de latir, el mío latía rápido por el horror de lo que había hecho

—¿Alexa? —Preguntó Eyra intentando tocar mi hombro. —Eh, está todo bien.

—Hay que asegurar el resto de la aldea. —Tragué saliva y miré de reojo. —Mujer, coge al niño, subid a una de las habitaciones y encerraos. Dante y Aslan, asegurad casa por casa, Eyra, tú a vestirte, yo iré a buscar a la milicia.

—Vamos. —Dante me miró preocupado y negó con la cabeza. —Ya hablamos cuando volvamos.

Ambos salieron de la posada, la mujer y el niño obedecieron, pero Eyra se quedó, viendo como aún me estaba recuperando del shock.

—Mi madre ya me enseñó esto, el precio de ser un caballero, de proteger, el precio es arrebatar vidas. —Susurré apagada y la miré a los ojos. —Y… antes o después, esto debía pasar.

—Sé que tienes un profundo sentimiento con la vida, y no digo que se vaya a hacer más fácil con el tiempo pero…

—No estoy buscando consuelo ahora, intento centrarme en Foné. —Hablé directa y Eyra asintió con duda. —Cuando termine esto, tendré tiempo para consolarme y pensar.

—Ten cuidado, mi peli… sólo ten cuidado.

Se veía sonrojada pero también preocupada e insegura, sólo para irse de nuevo a la segunda planta. Yo salí al pueblo, con la ventisca azotando el lugar, un viento helado que mi cuerpo resistía usando Belus, una aura de llamas que derretía la nieve a mi paso y la que caía, evaporando hasta las gotas antes de que tocasen mi cuerpo.

Podía oír los gritos de la gente y los bandidos, disparos de pistola de chispa, choques de metal, y tomando mi espada, busqué a los rufianes. Los combatí en el exterior y en cada casa, de uno en uno caían bajo mi acero y mi magia, empapando en sangre mis guantes y mi hoja, apagando mi conciencia por mis actos con un único objetivo, proteger a la gente inocente.

Cuando seguí el último grito, llegué a un almacén donde un bandido estaba clavado en la pared por las extremidades con espadas hechas puramente de sangre, clavadas en ellas con gran precisión y perfectamente tensadas, como si el aire mismo lo hubiera sujetado.

Una mujer estaba ante él, interrogándolo, de orejas puntiagudas y piel pálida, parecida a mi edad, muy delgada, cabello largo y rubio, ojos rojos brillantes con pupilas alargadas, alta, llevando envainada una espada similar a la de Eyra pero con el pomo en forma de dragón, y vistiendo el uniforme de los Diablos Negros.

—Bien, esa es toda la información que necesito. —Exclamó la mujer. —Su supervivencia depende de su testimonio ante los grandes jueces y…

Me miró de reojo por un momento, observó al bandido, y las espadas perdieron su forma, dejando un enorme charco de sangre en el suelo, cayendo sobre él el bandido. A pesar de reconocer aquel uniforme y ser la superior de mi madre, no podía bajar la guardia, incluso si también luchaba contra los bandidos, su presencia se sentía antinatural, y aunque reconocía que usaba la misma magia que Edel, la forma en la que ella lo usaba era más imponente y precisa.

—Lo lamento, no tengo por costumbre un público que observe mis interrogatorios y mis excelentes capacidades. —Se centró en mi espada y después en mi rostro. —Veo que has estado ayudando a defender la aldea y sabes manejar una espada, que además tiene inscripciones ¿Eres noble? Irónico que cumplas tu rol en esta sociedad hemnas.

—Sí, de hecho… soy la hija de la comandante D’Ur y amiga del príncipe Edelius. —Me miró sorprendida y sonrió. —Usted… debe ser la general de la orden.

—¿Tu madre te ha hablado de mí? —Negué con la cabeza. —¿Mi aprendiz?

—Sólo mi padre.

—El archimago amante de la Historia. —Asentí varias veces. —¿Qué haces lejos de palacio y sus seguridades y comodidades?

—La prueba de mi madre para nombrarme caballero, a mí y a mi… bueno, amiga Eyra. —Levantó una ceja. —¿No deberíamos tratar a ese hombre antes de que se desangre?

Con un chasquido, el cuerpo del bandido brilló y sus heridas se cerraron, sin palabra o glifo que lanzar.

Por un instante, recordé lo que me había enseñado mi padre: nuestra magia siempre deja huella, siempre tiene reglas.

Esto no.

Pero si los Elnars y Eloars tienen su propia magia con sus propias reglas, y ella es Eliar…

—Caballero, tienes la convicción para serlo, y el aguante para seguir, pero no es diferente de una espada, más vidas arrebata, más fácil se romperá. —Su mirada se cargó de cierta tristeza antes de cerrar los ojos y suspirar. —Acaba de caer el último bandido, dos hombres, una mujer ¿Tus amigos?

—Sí, Eyra y…

—Vuelve a tu palacio con tu familia. —Habló Varea con gran frialdad, mirándome a los ojos como si no fuera digna de estar ahí. —Volviste a la vida, vívela con los privilegios que se te han dado e ignora el horror que conlleva la guerra.

—Sobrevivir no es vivir, y vivir sin un propósito es…

—El propósito de dar tu vida por los demás, claro, no había caído. —Soltó una carcajada burlona mientras se rascaba la barbilla y me miraba con desprecio. —Para eso hazte monja, rezas, comes, te autoflagelas y tienes sexo con tus hermanas a escondidas tras los muros seguros de un convento.

—¡Eso no es dar la vida por…!

—¡Pero es una vida! —Gritó enfadada. —Y esta no es la que quieres, chica.

—¿Intentas protegerme por lo que le ocurrió a mi tía? ¿La mujer que estaba bajo tu mando? 

En un instante, la elfa estuvo frente a mí.

Una espada de sangre rozaba mi cuello.

—No recorras esa senda, muchacha —Dijo en voz baja. —No importa la sangre que compartas con ella. Muerde tu lengua antes de hablar de lo que no entiendes.

—No vas a decidir por mí —Respondí sin apartar la mirada. —Seré caballero, pase lo que pase.

La presión en su mirada aumentó.

—¿Determinación? —Susurró. —¿A cuántos has matado?

Silencio.

—Siete, diría. Y aun así dudo que esta no sea tu primera vez de verdad.

Tragué saliva.

—Cuando tengas vidas en tus manos, la conciencia pesa. Y cuando la tuya esté en juego… elegirás huir.

Aparté ligeramente la espada con la mano.

—No quiero una vida larga, quiero una de la que no tenga que huir, aunque tenga que romper lo que soy ahora.

Me miró sorprendida y con rabia arrojó su espada, que se deshizo en un charco de sangre.

—Malgasta entonces tu vida, muchacha. —Caminó hacia el bandido. —Pero nunca llevarás este uniforme.

—Eso es lo que tú crees.

—¡Chica, soy Varea Áleras Solen, general de la Orden de los Diablos Negros, elegida por el mismísimo Casio I Conditor y la fundadora de la orden, Rhea Nuel, archiduquesa de Odelias! —Gritó con autoridad y mirándome con desprecio, sólo para sonreír. —No hay nadie en estas tierras… no, en este mundo que pueda obligarme a decir lo contrario.

Pisoteada, siempre fue así en mi otra vida, sin poder, sin la fuerza para luchar o vivir siquiera… pero era diferente, así que di un paso al frente.

—Yo sí puedo.

Me quité el guante y se lo lancé.

Lo atrapó sin moverse, observando el guante detenidamente y sorprendida por unos instantes, dando paso a una mueca de desagrado.

—Patético. —murmuró, mirándome. —Yo no soy un joven noble idiota, muchacha.

—He visto tu magia extraña, sé que eres vieja, y que seguro eres fuerte. —Hablé con determinación. —Un duelo en las marismas de Mistal y si tú ganas, me rendiré y abandonaré ser caballero.

Una risa breve, sin humor.

—No tienes ninguna posibilidad.

Me tiró el guante y lo tomé en el aire.

—No es ambición ni honor, sólo terquedad. Quieres decidir por ti misma aunque no sepas el precio.

—Tengo derecho a elegir.

—Ni siquiera tienes una mínima posibilidad y te atreves a intentarlo, no porque sea un premio prometido que ansíes, no por honra tampoco. —Negó con la cabeza. —Esa mirada sólo dice que no te gusta que te digan como debes ser o cual debe ser tu vida, pero dudo que te hayan tratado así tus padres.

—No, siempre me han apoyado. —Miré el guante por unos momentos. —Y tienes razón, no es un reclamo, sólo… tengo derecho a elegir como vivir mi vida, incluso si eso implica vivir menos, equivocarme o fallar.

—Todos los novatos sólo quieren unirse por la sensación de que somos diferentes y especiales, porque hay que ser especial y diferente para unirse, y tú simplemente quieres porque es tu elección. —Habló seria mientras me ponía el guante. —Lo reconozco, eres especial, idiota pero especial, así que no sacrifiques tu deseo de ser caballero, simplemente abandona el unirte.

—No puedo hacerlo. —Di un paso hacia delante y Varea golpeó en la cabeza al bandido con una patada. —¡¿Por qué…?!

—Chica, tienes gran entusiasmo pero se acerca una guerra y no quieres estar bajo mi mando. —Rápidamente estuvo frente a mí. —Una guerra cruenta en la que voy a usar a mis caballeros como piezas, y si te usara… si…

Alzó la mano para agarrarme del cuello pero dudó, apretó el puño y cerró los ojos con fuerza, conteniendo el dolor y la ira.

—¿Es por mi tía? —Me miró sorprendida. —No la conocí pero no significa que no la quiera como la quiere mi madre.

—No es por tu amor, es por el mío. —Suspiró Varea y caminó hacia atrás, apretando los puños y sin que su voz se quebrara. —No puedo permitirme la idea de que me odie, muchacha. El mundo, mi aprendiz, mis caballeros, ese odio puedo soportarlo, pero no la decepción de la mujer que amé.

—Dudo que lo haga, soy yo quien quiere también luchar, y no sólo por ella.

—Mi respuesta sigue siendo la misma. —En su mirada el dolor dio paso a la calma. —Así que… hazme cambiar de idea o no vuelvas a molestarte en ayudar siquiera.

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