Las Hojas de Valira. Capítulo 13
Ayudamos durante toda la noche a la gente, llevando a los heridos a la iglesia y tratándolos con nuestra magia. Pudimos descansar lo que quedaba hasta el amanecer, a pesar del frío de la ventisca que amainó con los primeros rayos de sol, y en cierto modo, la gente se sentía segura por nuestra presencia, incluida la de Eyra.
Salí de la iglesia sola y vi como la aldea se veía muerta, el miedo a salir se sentía en cada discreta y escondida mirada en las ventanas. Me encontré con Varea, quien estaba con cuatro caballeros de la orden montados en sus caballos y el bandido encadenado y atado a uno de los caballos.
—Así que esa es la general. —Exclamó Eyra mientras caía del tejado y de pie. —No intimida mucho si no conoces su edad.
—No quiere que me una a su orden. —Miré a Eyra de reojo. —Hablamos anoche durante el asalto.
—¿Y el estúpido motivo para ello?
—Guerra, una que quiere llevar a cabo. —Miré a la general, quien parecía estar alerta de nuestra presencia. —Cree que mi lugar causaría que mi tía la odiara. El amor, supongo.
—¿Y tú qué quieres?
—Unirme, ese siempre fue mi plan. —Sonreí y miré a Eyra a los ojos. —La he desafiado a un duelo.
—Es una broma. —Exclamó indignada y negué con la cabeza. —Estás volviendo a hacer locuras y no me gusta.
—Tengo un motivo bueno para hacerlo.
—¿Sí? Pues ilumíname, por favor. —Su tono de enfado hacía que fuera incómodo. —Vamos, quiero saberlo, siento una gran curiosidad.
—No quiero que la gente me diga como debo vivir.
—Ya… increíble. —Eyra dio un puñetazo al muro y me arrinconó. —Jura que es sólo eso.
—Te lo juro. —Hablé completamente seria y sin duda. —No hay más, de veras.
—¿Qué pasará si pierdes?
—Pues… abandonaré la idea de unirme a la orden. —Suspiró y se apartó, intentando no enfadarse mientras yo hablaba. —Es…
—Yo también voy a luchar ese duelo con la gilipollas esa ¿Dónde y cuándo? —Me quedé enmudecida por unos instantes y me dio un ligero golpe en el pecho. —¿Qué? Donde vayas, yo voy a tu lado, así que olvídate de decirme que no o de apartarme.
—Así que también quieres seguirla en su fracaso. —Varea estaba detrás de Eyra pero mirándome a mí. —¿Sois novias o idiotas? Diré ambas pues.
Pude ver una pequeña sonrisa en ella, no de ironía o de burla, sino de aprecio. Vimos a Aslan con su armadura y una bufanda de lana tapando su boca y cuello.
—Veo que ya estáis despiertas. —Exclamó relajado. —Una niña me ha regalado una bufanda que hizo su madre en agradecimiento por nuestra ayuda.
—Los niños suelen querer más a sus salvadores que los adultos. —Varea habló tranquila. —El príncipe Aslan, debo suponer.
—Me duele la cabeza con tanto agradecimiento de esta gente. —Dante salió de la iglesia y bostezó. —Ah… ¿Usted no es la general Solen?
—Y tú el príncipe que perdió el duelo con estas muchachas hace años. —Varea le miró con desprecio. —Patético.
—¡Venga ya, he cambiado! —Gritó Dante enfadado. —Esto es increíble.
—Tengo una misión importante y esta gente necesita a alguien que le de seguridad, así que he pagado vuestras habitaciones y podéis considerarlo un descanso estar aquí. —Varea nos dejó sorprendidos. —Y no, no es opcional, pero he enviado a alguien a informar a su alteza para cancelar el duelo, puesto que tendremos uno y será en las costas de este lugar, dado que tantas ganas tienes de unirte a mi orden.
—Espera, me estoy perdiendo algo. —Exclamó Dante.
—La señorita D’Ur no es apta para unirse a mi orden, no acepta la realidad y quiere demostrarme lo contrario. —Varea me miró a los ojos. —Y su amiga quiere unirse a su fracaso ¿Vosotros también queréis ayudarla a perder?
Ambos príncipes dudaron pero Dante dio un paso al frente y se interpuso entre nosotras. En su mirada había determinación y fuerza, aún si sus manos temblaban.
—He oído cosas de usted, no es justo que ellas dos luchen solas.
—Ah, entonces sí has cambiado. —Varea sonrió y miró a Aslan. —El joven del desierto ¿También va a unirse?
—Si así se balancea este conflicto, por supuesto.
—Adorable. —Varea dio una palmada y asintió. —Mañana al atardecer, en la playa.
Vimos como se alejaba andando, tomando el camino del Oeste. Cuando estuvimos solos, los tres me miraron con cierta preocupación y sólo cruzarme de brazos, desviando la mirada.
—Supongo que os estáis preocupando por lo de anoche. —Suspiré y negué con la cabeza. —Aún me pesa haber tenido que matar a esas personas pero… intento aceptar que eran ellos o era yo y estas personas.
Hubo un pequeño silencio incómodo, donde se miraron entre ellos.
—Mi primera muerte fue un asesino enviado por mi hermano mayor. —Exclamó Aslan serio. —Este mundo es hostil, aprender a arrebatar vidas es importante por doloroso que sea porque pueden acabar contigo.
—Un enano nigromante. —Dante habló más tranquilo. —Había arrasado con una aldea similar a esta.
—Una hemnas que intentó ahogar a una niña en un río, estaba de viajé con mis madres a las Comarcas Libres. —La voz de Eyra se quebró. —No importa el consuelo de mis madres, la mirada de odio de esa niña y su familia… como si hubiese tenido que dejarla morir.
—No es culpa tuya. —Susurré en mi antigua lengua y me di cuenta de que no entendían lo que decía. —Aún intento adaptarme, sólo es cuestión de tiempo.
—Igualmente si necesitas… hablar o desahogarte… —Dante se rascó la nuca. —Bueno, somos amigos ¿No? Nos ayudamos.
—Sí, lo somos. —Le vi sonreír y asentí. —Creo que necesito dar un paseo.
Decidí marcharme por mi cuenta, caminando por la aldea y los alrededores. Aún mis guantes estaban manchados de sangre y mi cabeza no dejaba de estar de llena de recuerdos de aquellos bandidos que morían por mi espada, y sobre una colina de la aldea observé una playa apartada de la aldea, recóndita y llena de nieve.
Necesitaba despejar mi mente así que caminé hacia allí, y al ver las olas embravecidas, me quité la armadura, la ropa y la espada. Completamente desnuda caminé sobre la nieve y en dirección a las olas, adentrándome finalmente en el agua.
Me hundí completamente, el frío, la fuerza de la corriente, sin magia, sin fuerza, sin respiración, mi mente se despejaba de todo aquello que me aquejaba. Pero cuando abrí los ojos, ya no estaba ahí, estaba en una playa, de pie, como si fuera verano, con el sol calentando mi piel.
Parecía estar sola, pero cuando me di la vuelta, sólo estaba en un montículo de arena, rodeada de agua, y frente a mí otra Alexa, también desnuda, mirándome fijamente a los ojos con un semblante serio. Caminó hacia mí tranquila, con su mano derecha extendida, sin desviarse del camino.
—¿Me he desmayado? —Pregunté pero no se inmutó. —¡Espera! Por favor.
Intenté caminar hacia atrás, llegando a tocar el agua y cayendo hacia atrás antes de que su mano tocara mi rostro. Desperté abruptamente saliendo del agua y arrastrada hasta la orilla, recuperando el aliento y temblando por aquel momento.
Y antes de que pudiera darme cuenta, justo al levantarme, alguien me arropó con una capa gruesa de piel de lobo y me abrazó. Su mano fría y de metal acariciaba mi nuca mientras su otra mano agarraba mi cintura, al mismo tiempo yo podía oler su cuerpo, sangre seca, humedad y sudor.
—Llevabas mucho en el agua. —Aquel susurro dulce era de Aslan. —Hay otras formas de desahogar tus cargas, Alexa.
—Lo tendré en cuenta. —Respondí y puse mis manos en su pecho. —Gracias, Aslan.
—Hay una cueva cerca donde he preparado una hoguera pequeña. —Me tomó en brazos. —Te vendrá bien para entrar en calor.
No caminó mucho, podía oler la madera quemada y se sintió más cálido al entrar en la cueva. Me dejó junto al fuego, sentada entre sus piernas con él detrás, sintiendo su aliento en mi oreja.
—¿Te sientes mejor? —Asentí sonrojada. —Los inviernos aquí son más duros que en Otona.
—¿Cómo es vivir en tu tierra?
—Difícil, en palacio hay muchas comodidades que el desierto no ofrece, pero también hay peligros que no puedes ver hasta que te acostumbras, efecto de ambiciones de generales e hijos del hombre sentado en el trono, un nido de víboras repleto de agua y manjares rodeados de arena y mar. —Desabrochó sus guantes y los dejó caer mientras hablaba feliz. —En el desierto la muerte acecha si eres incauta, la sed y el calor no son las únicas amenazas. Los bandidos que asaltan caravanas y aldeas, animales grandes como los basiliscos y guivernos, por no hablar de las ruinas malditas que se suelen hallar.
—Aún así, amas ese lugar.
—Porque tiene muchas cosas bellas también, e incluso en el peligro hay belleza, es la creación de la divina. —Me mostró las cicatrices de su mano. —Todo en este mundo es bello aunque sea cruel, y como mortales tenemos el privilegio de vivirlo y disfrutarlo.
—Eres un poco extraño, Aslan. —Solté una carcajada. —Pero entiendo lo que quieres decir.
—Eres buena persona y valiente, y en ti está esa belleza, no se estropeará nada por atreverse a enfrentar a la injusticia y servir a la gente. —Acaricié con mis dedos su palma. —La guerra es horrible pero hay belleza en personas que buscan proteger lo que aman y en defender a su pueblo.
—Sí pero… —Apreté el puño y cerré los ojos. —Temo que algún día las vidas que quite pesen mucho en mi conciencia.
—Encontrarás la forma de equilibrar esa balanza. —Sus palabras me consolaban más de lo que podía imaginar.
—Gracias, Aslan. —Sonreí un poco. —Me siento mejor.
—Cuando estés lista, volveremos juntos a la aldea.
En silencio disfrutamos del fuego y la calma, un momento de seguridad que se agitaba a veces para mí. A veces pensaba en aquella Alexa, como su mano estaba a punto de tocarme, y tuve un instante fugaz en el que parecía sostener un artefacto, una esfera negra de piedra en el despacho de mi padre y la sensación de que algo entraba en mis entrañas, devorándome, algo fugaz pero tan horrible y perturbador que me costó concentrarme.
¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Por qué mi mente me mostraba cosas tan extrañas? No podía sino creer que eran ilusiones o efectos del cansancio y el desgaste emocional.
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