Las Hojas de Valira. Capítulo 15
El peso del cuerpo aún estaba y la fatiga hacía que sólo deseara dormir, pero abrí los ojos al despertar sólo por la curiosidad de saber lo ocurrido. Estaba en mi habitación, o lo que quedaba de ella, pues la naturaleza había tomado casi todo hasta parecer un bosque en miniatura repleto de mariposas, raíces con musgo, campos de flores y ramas repletas de hojas, todo en contraste con los campos nevados del exterior a través de la ventana al balcón.
También estaba vestida con un camisón blanco, arropada con la chaqueta de Dante, repleta de collares de cristales blanquecinos de lirio, que servían para dar mana, y estos estaban bajo la bufanda de Aslan, que estaba alrededor de mi cuello. A mi lado, Eyra dormía desnuda al tiempo que sus tatuajes brillaban y entre sus manos cristales de lirio apagados, como si hubiese dedicado toda su magia a transformar mi dormitorio.
Acaricié su rostro y besé su nariz, abriendo ella los ojos. Sus tatuajes dejaron de brillar y Eyra sólo sonrió con dulzura mientras se sonrojaba.
—Menuda jungla has montado. —Susurré con una sonrisa. —Tu magia es impresionante.
—Pensé que así descansarías mejor, más sereno y mantiene mejor el calor. —Bostezó y cerró los ojos. —A tu madre y al servicio no les hizo gracia, pero Dante se gastó un montón por darnos cristales de maná.
—Supongo que alcancé el límite de magia que usé.
—Sep, porque estuviste una semana inconsciente. —Acaricié su cabello con preocupación. —Pero impresionaste a todos.
—Lo siento, volví a hacer una locura. —Eyra me miró a los ojos. —Te prometí que no las haría y…
—Esa elfa perdió la cabeza y luchamos a la desesperada. —Negó con la cabeza varias veces. —Tú no hiciste nada malo, más bien… no sabía que estabas enfadada con ella.
—No lo estoy, es sólo que… no me gusta que crea ser la única que quería a mi tía Beatrice.
—Imagino que debe ser doloroso. —Me encogí de hombros y me abrazó. —No tienes que manejar sola tu dolor.
—Lo sé. —Le devolví el abrazo y la besé en la cabeza. —¿Y cómo es que Dante quiso ayudar y le dejaste?
—Me empieza a caer bien, igual que Aslan. —Sonreí al oírla. —Pero no se lo digas que se crece.
—Gracias por cuidarme. —Susurré feliz. —Tengo mucha suerte de tenerlos a ellos y a ti, Eyra.
Empecé a llorar recordando lo sola que me sentí en aquella habitación de hospital y como ahora tenía familia y amigos, la suerte tan especial que atesoraba entre mis brazos. Sentí sus manos acariciando mi cabello y sus labios besando mi cuello de forma dulce.
—No seremos caballeros pero que llores en mis brazos agradecida de tenerme es mejor que ese estúpido título. —Respiró profundamente. —Y… quiero disfrutarte mientras no nos molesta nadie, Alexa.
—Demasiado tarde. —Escuchamos la voz de Varea desde el balcón. —Vengo a molestar. Eyra, vístete.
—¡¿En serio nos tienes que joder?! —Gritó enfadada Eyra. —¡Que te den!
—No, aquí no se jode. —Varea entró vistiendo el uniforme y con una sonrisa burlona. —Si quisiera joderos…
—¡General, la comandante D’Ur la busca! —Gritó un hombre y se la vio molesta. —¡¿Dónde está, general?!
—Vale, me están jodiendo a mí. —Suspiró molesta. —Pero podemos tener un momento de paz ¿Cierto?
—Atacaste a Alexa sin piedad. —Eyra se aseguró de protegerme con su cuerpo, aunque sus senos estaban en mi cara, medianos y blanditos. —La única paz es la que tendremos cuando Camille te saque a rastras de aquí.
—Muchacha, por muchos gritos que sufriera del príncipe y de la duquesa durante días, no tiene esa intención.
—¡¿Con todo lo que has hecho?! —Gritó más enfadada Eyra. —No me creo que puedas atacarnos como si nada.
—Estoy pagando en exceso las consecuencias, como haber agotado buena parte de mis reservas de magia y dejar agotado mi cuerpo por el abuso de sangre. —Intenté apartar a Eyra y la miré a los ojos. —No haré esto porque hayáis ganado, sino porque tendréis que ser responsables con la orden mientras yo me recupero.
—¿No tendrá que ver esa pelea que dices con Edel y mi madre?
—Sí, la tiene, y tuve que elegir entre vosotras o charlar con el archimago. —Se cruzó de brazos y cerró los ojos. —Levantaos, y Eyra, ponte un puto camisón, por favor, no voy a nombrarte caballero si estás desnuda.
—No, quiero que eso pase. —Eyra sonrió con burla. —¿Tú qué dices?
—No quiero servir con vos, Varea. —Me levanté y la vi sorprendida. —Ni siquiera quieres hacer esto.
—Este oficio no va siempre de lo que nosotras deseamos. —Sacó de la chaqueta el emblema de la araña. —A veces… debemos tragarnos el ego y aceptar nuestra derrota. No quiero teneros bajo mi mando pero es lo que hay, y como debo descansar e investigar, os necesito haciendo tareas para la orden.
—¿Tiene que ver con cierto aquelarre? —Se encogió de hombros al preguntarle yo. —Nos enfrentamos a una criatura de oscuridad y nos encontramos con un sacerdote eliar, merecemos respuestas de lo que intentas hacer.
—No siempre vais a tenerlas en todo momento. —Suspiró molesta y observó el emblema. —Aún siguen existiendo los dioses, los considerábamos así, pero son sólo mortales con poderes que jamás alcanzaremos. Sí, crearon mundos incluido el nuestro, planos del mismo Ei, crearon vida de la nada y nos dieron sus bendiciones para poder usar su magia desde que el cielo era rojo, pero al final ríen, lloran, sueñan, sufren, sangran y mueren. Esto es la prueba de que dos pululan por estas tierras, dos diosas que siempre se odiarán y que parece que nos arrastrarán con ellas.
—Y tú quieres investigar sobre sus seguidores. —Asintió al oírme y me miró a los ojos. —De acuerdo, pero Eyra decidirá como será investida.
—Que no sea desnuda. —Eyra sonrió cuando Varea habló. —Lo tuyo es increíble, muchacha. En fin, no sueltes a la mujer que impulsa tus sueños.
—Y todo lo que dije ese día del duelo, no lo voy a retirar. —La miré a los ojos y sonrió. —Sólo la parte en la que te culpo de…
—No te arrepientas, no hasta que entiendas el mundo en el que estarás. —Suspiró y tomó su espada. —Y no quita que tengas razón en alguna cosa, pero entiende también la posición en la que me colocas. Ahora dile a tu chica que se ponga algo o me ahorro la pomposidad.
—Eyra. —La miré de reojo. —Ponte algo, anda.
—Nope. —Ella se tumbó bocarriba y se abrió de piernas, mostrando su miembro sin circuncidar, cubierto de vello verdoso y azul. —Oh sí, nómbranos caballeros.
Varea sonrió, puso su espada en el pecho de Eyra y carraspeó.
—Eyra Sylvana ¿Juras proteger al pueblo con tu espada y servir como su escudo frente a las amenazas que lo abruman como una caballero de la Casa Solen? ¿Juras proteger a tus hermanos de armas y al futuro emperador?
—Lo juro. —Respondió con una sonrisa y la espada bajó rápido a los testículos para un ligero golpe con la zona sin afilar, haciéndola gritar de dolor. —¡Joder!
—Eso es entusiasmo. —Empezó a reír Varea y me miró, poniendo su espada sobre mis hombros y haciendo que me arrodillara. —Alexa D’Ur ¿Juras proteger al pueblo con tu espada y…?
—Lo juro, por la Casa D’Ur juro servir por el futuro del imperio, frente a la oscuridad y a los inocentes.
—Buen juramento. —Me miró orgullosa y retiró la espada. —Ahora sois caballeros, y aquí la pregunta ¿Deseáis estar bajo el estandarte de la Orden de los Diablos Negros? Obvio que sí ¿Por qué pregunto? Vuestros uniformes y tabardos llegarán en una semana desde la capital, tomadlo como un tiempo de descanso antes de comenzar.
Varea se marchó y Eyra y yo nos miramos cuando la puerta se cerró. Nos levantamos y dimos un fuerte chillido de emoción, abrazándonos con fuerza por haber logrado convertirnos en caballeros.
—¡Lo hemos logrado! —Eyra gritó feliz. —¡No como queríamos pero lo conseguimos!
—¡Eres Dama Eyra Sylvana!
—¡Y tú Dama Alexa D’Ur!
Estuvimos dando saltitos y gritando emocionadas mientras el servicio nos miraba a escondidas a través de la puerta. Salí rápido del dormitorio, encontrándome con Dante a quien abracé con fuerza.
—¡Soy caballero!
Se vio sorprendido y sonrojado mientras yo sonreía feliz. Estaba vistiendo solamente una camisa blanca, chaleco azul, calzas grises y botas.
—Y-yo… me alegro mucho, felicidades. —Desvió la mirada. —Aunque te hayamos ayudado, te lo has ganado, tú y Eyra, supongo. Pero lo más importante es que has despertado.
—Me sorprende que sigas aquí, Dante.
—M-me pilló una ventisca cuando iba a salir, estaba durando varios días y… estoy aquí, con Aslan. —Estaba algo nervioso y se notaba que mentía. —¿Qué tal los cristales de maná?
—Me ha ayudado mucho, gracias a ti. —Le besé en la mejilla y le vi más nervioso. —Y no tienes que hacerte de rogar, no hay ventisca y sé que has estado comprando esos cristales.
—No ha sido gran cosa pero m-me alegro.
—¿No creéis que estáis demasiado cerca? —Edel habló detrás de mí y enfadado. —Alteza Dante, no debería actuar tan informal ante mi hermana en pijama.
Miré de reojo a Edel, vistiendo el uniforme, llevando su espada, y con cicatrices en el rostro, enfadado y cauteloso.
—No soy esa clase de hombre. —Dante suspiró molesto. —Ya sé que no soy el más bienvenido pero, joder, no soy tan malo ¿Sabes? Sobretodo porque di la cara por ella cuando tu general intentó desvivirla mientras tú no estabas ¿Qué hermano hace eso?
—Suficiente, no escaléis la cosa. —Miré fijamente a Edel a los ojos. —Voy a hablar con mamá y papá ¿Sabes donde están?
—Tu padre no pero lo buscaré. —Acarició mi cabeza. —Camille está en su despacho, si quieres nos vemos allí.
—No hay problema.
—Sólo… no te esfuerces en exceso. —Asentí con duda. —Y puedes hablar conmigo si necesitas algo.
—Sí, como con la elfa esa. —Dante exclamó enfadado mientras se alejaba. —El hermano del siglo.
—¡¿Quieres un duelo, eronio?!
—Edel, relaja la raja, joder. —Eyra apareció vestida como Dante. —Que ya se te oye.
—Voy a ver a mis padres.
—Genial, yo voy a la cocina ¿Queréis algo? —Ambos la miramos con cierto escepticismo. —Duh, no voy a robar esta vez.
Edel y Eyra se marcharon, y me dirigí a ver a mi madre, viendo por el camino a Aslan a través de la ventana, en el jardín cubierto de nieve, vestido con un grueso abrigo de piel y haciendo muñecos de nieve. Me resultó muy adorable, y él, al darse cuenta de que lo observaba, simplemente me saludó feliz.
Me presenté en el despacho de mi madre, viéndola con su uniforme sellando con una carta con lacre. Justo cuando retiró el anillo, llamé a la puerta con la mano y carraspeé.
—¿Otra vez apareces, general? —Levantó la cabeza y se sorprendió de verme. —Mi niña…
—Creo que llevo una siesta larga. —Se levantó y corrió a abrazarme. —¡Estoy bien, en serio!
—Lo sé, estás bien. —Me abrazaba cada vez más fuerte. —Debía haber sabido que algo así iba a pasar, y no hice nada.
—No podías preverlo, mamá.
—Sí podía, si hubiese sabido que la general aún se atormentaba y que tú… —Respiró profundamente y se apartó para mirarme a los ojos. —Debía saber que te duele no haber conocido a tu tía.
—Un poco pero quiero honrarla como merece y darle justicia.
—Sí, es verdad, ya eres adulta. —Sonrió feliz. —Nunca necesitaste enfrentarte a tanto para hacerme sentir orgullosa de ti.
—Sé que haga lo que haga, papá y tú estaréis orgullosos de mí. —Sonreí tranquila. —Aunque me fastidia que haya sido Varea y no tú quien me nombre caballero.
—¿Varea? —Preguntó sorprendida y suspiró. —Sé las cosas que hicisteis, tú ya te ganaste ese título al partir de aquí.
—Tú me enseñaste todo lo que necesitaba saber. —Derramé una lágrima y cerré los ojos. —Y no soy lo suficientemente agradecida de lo que tengo, una familia tan maravillosa que me apoya y amigos increíbles. A partir de ahora, sé que estaréis detrás de mí y que tendré que seguir sola, pero sean cuales sean mis sueños, podré volver.
Escuchamos a alguien llorando en la puerta y vi a mi padre sollozando emocionado. Corrí a abrazarlo y me siguió mi madre, estando los tres juntos llorando.
—¡Mi hija se ha hecho mayor! —Gritó triste mi padre con un llanto tan intenso como dramático. —¡Maldigo al tiempo por no poder seguir teniendo a mi pequeña en mi regazo enseñándole magia!
—S-sosiegue, excelencia. —Un sirviente carraspeó. —No debe ser tan emocional.
Estuve feliz de poder hablar con mis padres y de hablar sobre lograr mi sueño, aunque mi padre fuese un rey del drama. En una semana seguramente recibiría la orden de partir a alguna fortaleza de la orden, queriendo disfrutar más del tiempo con ellos, momentos íntimos y familiares de una familia que siempre deseaba tener.
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