Las Hojas de Valira. Capítulo 16

[Este capítulo contiene contenido sexual explícito] 


Ese día mi familia celebró una fiesta improvisada con todos para festejar que ya era caballero. Estuvimos tomando ternera laqueada con miel y naranja, empanada de pulpo y cebolla, pollo relleno, pato braseado con especias de Bharat, verduras salteadas en aceite de oliva, vinos tintos de hace dos cientos años, cerveza de mantequilla e hidromiel, cenando incluso el servicio las grandes exquisiteces.

En las horas más tardías de la madrugada, llenos de vino, hidromiel y cerveza, sólo quedamos pocos que no sucumbían al sueño producto del alcohol. Estaba frente a la chimenea del gran salón, asando castañas en solitario, dándome cuenta de las cosas que lograba en esta vida y de las cosas que nunca hice en la anterior.

También de estar enamorada, no sólo de Eyra, algunos sentimientos había desarrollado por Dante y Aslan, nada serio, chiquilladas. Fue entonces cuando Varea se sentó a mi lado, en el suelo de rodillas, con un semblante serio, y en un largo silencio que tuve que interrumpir carraspeando.

—Beatrice solía asar castañas en invierno, le gustaban demasiado. —Tomó una castaña y la observó detenidamente. —Pero a mí me asquea la idea de que surjan de una bola pinchosa.

—¿Y de sabor?

Estuvo en silencio, pinchando en una daga de sangre la castaña y poniéndola en el fuego.

—Desagradable. —Exclamó molesta. —Pero es divertido como explotan por dentro.

—Un poco.

—Cuando la conocí, había sobrevivido a estar perdida en el bosque durante una semana así, asando castañas con su primer hechizo. —Soltó una carcajada y retiró la daga del fuego. —Su primera vez a caballo con ocho años y acabó siendo idolatrada por el imperio como “la nueva archimaga” por saber rápido hacer magia. Yo sólo pensé que la chica era muy lista para su edad.

—Somos una familia de raros.

—No, tu madre y tu abuelo son unos simples, seguramente se alterne entre generaciones, una sí, el otro no, el siguiente meh. —Suspiró y me vio sonreír, ofreciéndome la castaña. —Se ve que para las raras, la idea de estar en una torre estudiando secretos mágicos no es un buen futuro ¿Llegar a vieja con tanto talento? No, denme mi uniforme que voy a luchar y morir joven.

—Bueno, podría vivir hasta la vejez, quien sabe.

—Si hubiese habido alguien así, no sería tu general. —Levantó los cinco dedos de su derecha. —Nadie vive hasta los sesenta siendo parte de la orden. Es ley de vida, muchacha.

—Pues segura te quitamos el puesto. —Eyra apareció botella de vino en mano. —Ya verás.

—Tú sí que no vas a vivir tu eterna vida. —Sonrió de forma burlona y se tumbó bocarriba. —Además, no tenéis ni un cuarto de todo lo que tenía Beatrice. Ella… era excelente, estúpida, boba, de costumbres curiosas, y pensar que la primera vez que nos vimos fue un “Orejas grandes”.

Las tres nos empezamos a reír y vi a Varea sonreír feliz y relajada.

—Es el estándar cuando cualquier hemnas conoce a cualquiera que descienda de los dioses. —Varea miró de reojo a Eyra y ella asintió. —Hemnas más simples que el mecanismo de unas riendas.

—¡N-no es verdad! —Eyra se sentó a mi lado mientras yo gritaba indignada. —Me gustan sus ojos ¡¿Los has visto?!

—Sí, he salido con setenta como ella. —Varea se encogió de hombros. —Oriana fue la última antes de Beatrice, una paladina con un ojo dorado y otro azulado. Si vais a la capital, hay una estatua en su honor bastante grande frente a la catedral.

—¿No te cansas de la eternidad? —Preguntó Eyra con curiosidad. —No sé, tantas relaciones, tantos siglos, tantos conflictos.

—No si puedo decidir como vivo. —Respiró profundamente Varea y levantó una mano, observando sus dedos detenidamente. —Es cierto que hay un gran peso emocional que sube y sube, más cicatrices, más pérdida, pero no se hace aburrido siempre que cambie, hoy soy la general Varea, mañana una vendedora, al siguiente Oriel la granjera. La vida es motivación, y sin ella… eternidad o no, te acabarás aburriendo.

—Tu motivación es ser una persona distinta. —Exclamé y ella asintió. —Persona distinta con sueños distintos.

—Algo así pero sigo siendo yo.

—Es raro. —Eyra abrió la botella. —¿Qué persona hace eso?

—Una que ha visto demasiadas cosas. —Varea bajó la mano y cerró los ojos. —O puede que me lo invente todo y esté borracha.

—Tienes más pinta de borracha. —Eyra habló molesta y Varea se reía. —Borracha y mentirosa.

—Sí, un poquito. —Varea se levantó y bostezó. —Buenas noches, muchachas.

Mientras se alejaba, Eyra empezó a beber un poco y a mirarme en silencio mientras yo pelaba castañas asadas. A veces nos mirábamos, pero después comía y disfrutaba del fuego, no había necesidad de palabras, sólo vivir el momento.

A través de las ventanas podíamos ver el cielo lleno de estrellas y en el reflejo del cristal el rostro de calma y felicidad de Eyra. Sentí su mano en mi espalda, subiendo a mi cabello, rozando mis mechones con sus dedos.

—A veces pienso que tenerte en mi vida es una de esas cosas increíbles de las que me siento afortunada. —Susurró Eyra. —Y otras me hace pensar si las cosas malas valen la pena.

—¿Y lo valen?

—Obvio, siempre, pelirroja. —Sonrió y besó mis labios con suavidad y dulzura. —Quiero ser tu amante, Alexa. Quiero darte lo que me pidas, sea lo que sea, deseo luchar y dártelo en una bandeja.

Dejó caer la botella, me tomó de las muñecas y se tumbó sobre mí, a cuatro, jadeando sobre mi cuello.

—La corona, la cabeza de un dragón, mi propio cuerpo. —Besaba mi piel con delicadeza y lamió desde el cuello hasta mi oreja. —Si eso me permite hacerte mía, no me importa nada más.

Sus labios mordían mi oreja, lamiendo detrás y sintiendo su cálido aliento. Yo sólo quería sentir su cuerpo con el mío una vez más, desnudas, sin que el mundo pudiera molestarnos.

—Alexa… —Susurró en mi oído completamente encendida. —No eres la única que sabe tener la iniciativa.

Me zafé sin problema y cambié las tornas, estando sentada sobre su entrepierna, acariciando con mis manos su rostro repleto de sorpresa.

—Muchas veces me sentí celosa de las personas que pudieran estar así contigo, Eyra. —Me quité la camisa y la dejé caer a un lado, acariciando Eyra mis senos al desnudo. —De que te colaras en otro balcón que no fuese el mío, de que los labios que besabas no fuesen los míos, y cada noche… no, cada día, cada entrenamiento, esas manos, esos dedos no me tocaran en lo más profundo de mi ser.

—No hables como si fueras la única desesperada por la otra.

Me clavó sus uñas en mi espalda y me hizo bajar del todo, besándonos y rozando su lengua con la mía. Aquel jugueteo rudo estaba cargado de deseo, un deseo mutuo e intenso mientras tomaba mis pantalones.

Estuvimos entonces sentadas, tomando ella su camisa y, tras arrojarla, morder mi cuello con fuerza.

—Eyra… quiero que… —Me tomó de las piernas y se levantó conmigo llevándome hasta la gran mesa. —Quiero ser pareja… que seamos pareja.

Me miró en silencio, completamente enrojecida y jadeando ansiosa.

—¿Sin importar nada más? —Preguntó agarrando más fuerte mis piernas.

Mi cuerpo temblaba, sabía que iba a pasar después, pero quería corresponder a ese sentimiento que tanto llevaba ahí dentro.

—Sin importar nada más.

Se quitó los pantalones, viendo yo su miembro erecto, sin circuncidar, con vello, y sus tatuajes al completo, brillando con intensidad. Las raíces eran ahora capullos de flor y las estrellas parecían formar pequeñas constelaciones por su piel, sus ojos brillaban en plena oscuridad como los de un depredador acechando, mientras sus dedos rozaban por encima su pene y brotaban de las yemas un fluido transparente y espeso, cubriendo su miembro y extendiéndolo con la palma.

—Mis madres me enseñaron a tener protecciones.

—Tu magia… —Susurré y tragué saliva.

—Mi magia no es lo importante. —Llevó sus dedos a su boca y los lamió mientras me miraba con lascivia. —Ni el imperio, ni los dioses, ni el ducado, ni Valira, ni los elfos. No somos caballeros, sólo amantes, lo único que tu corazón desea soy yo.

Se acercó a mí, rozando su pene con mi vulva, besándome y acariciando mi rostro con una mano, tomando mi cintura con la otra mientras mis brazos la rodeaban por el cuello.

—Despacio…

Susurré al sentir como su pene entraba, como apretaba mi carne a su alrededor por los nervios, como al entrar un poco más dolía y me hacía soltar un débil quejido. Pero no fue desagradable, el placer que sentía, las arremetidas, el olor a vino de su aliento, mi corazón latiendo a mil, el lubricante y mis fluidos cayendo por mi perineo, la forma en la que ella me agarraba, mis gemidos resonando por todo el salón, me sentía viva, ella hacía que estuviera viva.

—Gime mi nombre… —Susurró encendida. —Que el mundo sepa que esta noche eres mía.

—Mi Eyra… soy tuya.

La miré a los ojos, arañando su espalda gemí su nombre sin parar, cada vez más fuerte con cada arremetida, quería ser suya. Y su mirada posesiva, dominante, mis sentidos se perdían, mi mente nublada cuando las arremetidas iban más fuertes, su mano bajando hasta tener su dedo pulgar en mi clítoris, ese olor dulce a azahar de nuevo.

—Yo… no… —Cerré los ojos avergonzada y llorando de placer. —Demasiado…

—¿Te desagrada? —Negué con la cabeza. —¿Debo parar?

—No…

—Pide entonces que siga, Alexa. —La vi sonreír de forma burlona y sentí como parecía sacar del todo su pene. —Vamos.

—Por favor… sigue, Eyra.

Supliqué de forma patética y volvió a besarme, sólo para entrar de nuevo de golpe, con arremetidas duras que hacían temblar los platos y caer copas.

—Todas las noches… cuando miro a la luna… y te tengo cerca… —Intentó hablar pero no podía resistirse a gemir. —La magia en mí… en mis entrañas, despierta pensamientos salvajes que… no puedo contener.

Sentí como se corría en mí, dentro, de forma abundante, cesando y quedando en el ambiente sólo nuestros jadeos y el olor a sudor y vino.

—Lo siento, Alexa. —Desvió la mirada. —Quiero seguir, quiero hacerlo toda la maldita noche y no voy a aceptar un no.

—Bendita Breia… protege…

Estaba demasiado débil para resistirme, sintiendo como me tomaba de las piernas y me llevaba a mi habitación, con una fuerza sorprendente y notando como una mezcla de nuestros fluidos escapaba de mí y caía por mi ingle y su pene aún dentro. Durante el resto de la noche no cesó de marcar mi cuerpo, de follar, de besarme, de sentir nuestros cuerpos desnudos, una bestia insaciable e imparable, pero no podía dejar de amar a esa mujer que tanto me doblegaba.

No recuerdo cuando acabé dormida pero sí despertar al amanecer en mi dormitorio, abrazada a Eyra y refugiada en su pecho. Mi cuerpo estaba sometido a la fatiga y al dolor, el olor a sudor y nuestros fluidos, mucho mayor que cualquier entrenamiento sufrido, salvo por la parte de mi entrepierna aún sucia y con alguna mancha de sangre en mis sábanas.

Me levanté un poco, viendo a aquella mujer tan hermosa dormir en mi cama, habiéndome hecho el amor de una forma que nunca imaginé, haciéndome sentir viva. Deseaba que así fuera mi vida entonces, la quería, quería vivir una vida con ella ahí, que nada cambiara, que esos ojos de diferentes colores siguieran mirándome con pasión y sentir aquella piel mágica, admirar cada tatuaje que tenía mi amante y oír mi nuevo nombre de sus labios que me besaron con tanto amor.

—Te quiero, Eyra Sylvana. —Susurré feliz. —Mi caballero.

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