Las Hojas de Valira. Capítulo 6.
Acabé dormida después de llorar y desahogarme con mi padre, pero incluso al despertar, mi tristeza seguía ahí. Era mediodía seguramente, todos debían estar despiertos así que me vestí con ropa similar a la del día anterior, salvo por una camisa negra.
Caminaba por los pasillos hasta ver a Eyra sentada en la barandilla del balcón cerca del gran salón, con los ojos cerrados y bañada por la luz del sol, vestida sólo con unas calzas grises y una camisa blanca. Su piel parecía oro con la luz a juego con sus tatuajes, y su cabello suelto, de un verde claro y una sensación de que fuera de seda.
Me senté a su lado, en el suelo, observando detenidamente mi mano y recordando el rostro enfurecido de Eyra. No pude sino suspirar, cerrar los ojos y alzar la vista.
—Lo siento mucho. —Susurré. —No pensé las cosas detenidamente.
Apreté los puños y negué con la cabeza.
—Creo que os preocupé a todos… y me hace sentir que soy una idiota inconsciente. —Intentaba contener mis emociones. —Y lo normal sería justificarme o explicarme pero no, no os tuve en cuenta a los demás y eso es un hecho que no se puede negar o cambiar.
—Eres una idiota. —Susurró molesta. —Y no quiero perdonarte.
—No es lo que quiero. —Respondí y vi los pies de Eyra en el suelo. —Sólo quería que supieras que me siento arrepentida y que siento que la he jodido totalmente.
—No quiero saber lo que sientes, Alexa, ni siquiera quiero saber lo mucho que te vitorean y te respetan todos los imbéciles de este puto palacio por la estupidez que hiciste. —Vi de reojo como parecía a punto de llorar y se mordía el labio inferior con fuerza hasta sangrar. —Sólo quiero saber que no volverás a arriesgar tu vida y tu cuerpo para actos estúpidos.
Derramé una lágrima y ella suspiró sólo para sentarse a mi lado en el suelo.
—Tu padre me dio el discursito esta mañana. —Desvió la mirada. —No sé que se te pasa por esa cabeza hueca tuya pero… sólo estoy enfadada contigo, no has jodido nada salvo mi estabilidad emocional.
—Lo siento.
—Dioses, deja de pedir perdón. —Suspiró molesta. —Sólo dime que estás bien.
—Lo estaré, no me hace falta una mano.
Eyra me miró con cierto enfado y sonreí un poco.
—Otra broma así y te doy una colleja tan fuerte que tu cabeza llega al otro lado del palacio. —No pude evitar reír y llorar al mismo tiempo. —A veces eres una idiota, Alexa, y me molesta que no veas…
Hizo una pequeña pausa, apretando fuerte sus puños y desviando la mirada, sólo para respirar profundamente y dirigir su mirada hacia mí.
—... Que no quiero ser caballero junto a una hemnas que le falta una mano ¡¿Y si estoy a punto de caerme?! ¡¿Vas a salvarme con tu muñón?! ¡Así no hay quien se agarre!
—Joder, eso es pasarse. —La vi sonreír un poco y estar más relajada. —Pero te perderías muchos chistes sobre manos.
—Sí, tendríamos que ser muy imaginativas porque se les acabaría la gracia rápido. —Se levantó y se sacudió las calzas. —Tengo ganas de un segundo desayuno, joder.
—Pues vamos. —Me levanté también y caminé hacia el interior. —¿Qué habrá hoy?
—Espera. —Miró hacia otro lado y se puso nerviosa. —Ayer… anoche estuviste despierta de madrugada ¿No?
—S-sí, claro. —Reía yo nerviosa. —Sé que estuvisteis hablando tú y Edel y…
—Escuchaste algo que no debías.
—Así es, también me siento mal por ello. —Tomé las manos de Eyra con fuerza. —Que lo queráis ocultar por miedo a represalias es justo, nadie tiene derecho a juzgaros.
—Ya, gracias por el apoyo. —Se zafó de mí y se apartó asustada. —¿Podemos fingir que nada pasó?
Intenté acercarme a ella pero sólo conseguía alejarla más y ponerla más tensa. Me rompía el corazón que me tuviera miedo o temor, jamás la vería y trataría de otra forma que no quisiera, no por deseo o amistad, sino por respeto.
—Si es tu deseo, lo haré, así que tú decides cuando querrás hablarlo y sino, estará todo bien. —Me miró de reojo sorprendida. —Hemos crecido juntas y nada va a cambiar los años que hemos vivido.
—¿Así de fácil? ¿Sabiendo que yo…?
—Eres Eyra, y seguirás siéndolo hasta que decidas que te trate y llame de otra forma. —Le di un pequeño golpe en la nariz con mi índice. —Ya hablaremos de ello cuando estés preparada, no lo fuerces. Además, hay que robar comida.
—Pero…
—¡Vamos, Eyra!
Volví al interior corriendo sin saber si Eyra me perseguía. Estaba feliz de resolver las cosas con ella y triste también por no atreverme a confesar lo que sentía.
También me dolía no decirle que no quería sólo una amistad, sino algo más íntimo, pero si podía estar con ella aún, entonces no quería ser avariciosa. Durante el resto de la mañana desayunamos juntas con Edel, chismeando sobre las familias imperiales y la amistad de mi madre con los dos emperadores.
Después de eso, estuve paseando por el jardín, queriendo evitar socializar hasta que me encontré con mi padre cerca del campo de flores. Parecía muy concentrado pero también estresado pues salía al jardín siempre para despejarse de sus estudios.
—Buenos días, papá.
—Ah, Alexa. —Sonrió feliz. —¿Qué tal, mi pequeña?
—Bien, resolví los problemas con Eyra.
—Me alegra saber eso. —Acarició mi cabeza y observó las flores. —Yo… estoy algo atrapado.
—¿Y eso?
—Una investigación arqueológica, geológica y geográfica. —Suspiró y se cruzó de brazos. —Intento reunir pruebas para demostrar que Valira era más grande y que la forma actual se debe a un cataclismo real que ocurrió hace cinco mil años, pero no consigo sortear que pueda no ser vista como herejía.
—¿A quién le pego por molestar a mi esposo adorable y dulce?
Mi madre apareció detrás de mí y acariciando mi cabeza.
—¿He oído a la Iglesia? ¿Debo quemar una iglesia?
—Yo también quiero quemar una iglesia. —Exclamé y mi madre sonrió. —No le dejan con sus investigaciones.
—Podré apañármelas, mi bella esposa, no es necesaria la violencia.
—Está bien, no quemaré iglesias. —Gruñó mi madre. —En fin ¿Cómo va esa mano?
—Mucho mejor.
—Eyra ya me ha dicho que habéis hablado. —Asentí. —Me alegra ver que seguís siendo amigas.
Se veía feliz de saberlo y me alegraba no tener que preocuparla.
—Me gustaría también que hablaras con los príncipes Dante y Aslan. —Levanté una ceja al oír eso. —No son malos chicos, sólo es la presión ¿Entiendes?
—Supongo.
—Y sobre lo que hiciste en la arena, debo decir que me impresionó ese dominio de la magia a tu edad, y entiendo que quisieras ganar a tu manera aunque ahora ya no lo aprecies. —Asentí con duda. —Pero me gustaría que no volvieras a hacer eso en un duelo, ni poner en peligro tu vida en ellos de forma absurda ni alargarlo para humillar a alguien ¿Lo entiendes?
—Sí, mamá.
Sentí que les había fallado también pero mi padre puso su mano en mi hombro.
—No estamos decepcionados. —Mi padre sonrió tranquilo. —Es un error, y eso es bueno, porque aprendes de ellos y mejoras como persona.
—Así es. —Mi madre me abrazó. —Así que sigue adelante, Alexa.
—Y además luchaste muy bien. —Edel apareció aplaudiendo. —Llegarás a entrar en la Orden de los Diablos Negros con el tiempo.
—En efecto. —Habló mi madre orgullosa y se apartó. —Así que habla con los príncipes Dante y Aslan en algún momento.
Asentí y me marché, tranquila de haber resuelto las cosas con mis padres. Vi a Eyra practicar tiro con arco corto con sus madres en la arena, y observando en la distancia estaba Dante, subido a un árbol.
Eyra tenía una puntería increíble y siempre acertaba en el centro de las dianas, incluso se la veía feliz compartiendo ese momento juntas. Pero no quise molestarlas y fui directa a Dante, apoyando mi espalda en el tronco y cruzándome de brazos al llegar.
No dijimos nada, estuvimos en silencio durante mucho tiempo y se me hacía muy incómodo. Pero hubo un momento donde una manzana cayó a mis pies y cruzamos miradas Dante y yo.
—Considéralo una ofrenda de paz. —Exclamó. —Si quieres.
—Gracias. —La recogí y continué viendo a Eyra. —¿Qué haces ahí arriba?
—Nada malo si es lo que piensas. —Le escuché suspirar. —Tenías razón en la forma de ganar
—Lo sé pero es algo muy simple.
—No siempre lo es, es sólo que… no me gusta la gente de Otona. —Habló molesto. —Pero Aslan me cae bien aunque nuestras naciones sean enemigas en secreto, y la elfa agresiva mestiza también, y el príncipe Edel.
—Me alegra saberlo.
—Y… eres muy sabia para tu edad. —Sonreí un poco. —No soy el príncipe que merece mi pueblo pero quiero aprender a serlo, entiendo ahora tus palabras.
Le miré de reojo y di un bocado a la manzana.
—No tenemos que ser amigos, señorita Alexa, pero si tú quisieras, sería un placer.
—Quizás, con el tiempo. —Se vio decepcionado con mi respuesta. —Ahora tengo otras cosas en mente. Pero socializar e interactuar entre nosotros no le veo problema.
—Entiendo pues.
—Fue un gran combate, la mayor parte del tiempo.
—¡¿Verdad?! ¡Aslan y Eyra luchando fue increíble! —Solté una carcajada mientras aplaudía él. —Y lo que hiciste con la cadena, exquisito.
—Sí, creo que nadie se olvida de eso. —Me rasqué nerviosa la nuca. —Pero lo disfruté mucho.
—Gracias por demostrarme que me equivocaba.
—Señorita Alexa. —Aslan apareció junto a mí. —Príncipe Dante ¿Qué hacen por aquí?
—Charlar. —Dante sonrió con malicia. —Sobre el ambiente, la cetrería élfica, los elfos.
—Estaba disculpándose y diciéndome que tú y Eyra lucháis muy bien. —Respondí tranquila y Aslan se vio sorprendido. —Es lo que pasa cuando se pelea siendo sucio.
—¿Vas a recordar eso siempre? —Preguntó Dante molesto y asentí. —Vale, lo merezco.
—Lo importante es si está bien, señorita Alexa. —Aslan preguntó preocupado y asentí varias veces. —Con eso me basta.
—Por cierto ¿Es normal que la elfa Eyra robe comida transformada en animal? —Dante preguntó con curiosidad. —O sea… sabe que puede comer libremente ¿No? Sólo necesita hablar con las sirvientas.
—Lo sabe, lleva años viviendo aquí. —Respondí mientras la observaba y sonreí tontamente. —Pero prefiere robarla, le gusta la acción y la intensidad.
—Es una chica muy extraña. —Aslan soltó una carcajada. —Pero me cae bien.
—¿Os apetecería tomar un té y jugar al ajedrez? —Preguntó Dante.
—No soy muy de ajedrez pero sí al té. —Hablé y miré a Aslan. —¿Os importa si os miro jugar? Desde que Edel está con la orden, ya no juega con Eyra y no veo muchas partidas.
—Créeme, soy el primero en querer jugar. —Edel apareció detrás del árbol y nos sorprendió a todos. —Estoy muy impresionado con vuestro duelo de ayer, príncipes.
—Su alteza. —Ambos hicieron una reverencia.
—Desearía acompañaros pero antes me gustaría hablar aquí con ustedes, lejos de indiscreciones. —Se hacía extraño la formalidad de Edel. —La familia imperial organiza una cacería en unos días para celebrar la alianza con vuestros pueblos.
—Por la forma en la que hablas de ellos, no se ve acogedora. —Aslan se cruzó de brazos. —Y, perdón por mi atrevimiento, no veo que usted tenga buena relación con ellos.
—Así es. —Cerró los ojos por unos momentos y su mandíbula se tensó. —Seguramente mi madrastra aproveche la situación para eliminarme, con lo que sólo puedo pedirles que no nos acompañen a la duquesa y a mí, y eso también va para ti, Alexa.
—Tampoco iba a hacerlo, nunca he cazado y no voy a empezar ahora.
—Siempre directa. —Edel sonrió. —Si ocurriera algo, no vayas como una loca a salvarme ¿Quieres?
—Esperaba quedarme con Eyra en palacio.
—Espera, eres la heredera de uno de los grandes ducados de tu nación y rechazas ir a una de las actividades más importantes para toda sociedad aristocrática ¿Es broma? —Negué con la cabeza a Dante mientras mordía la manzana. —¡¿Por qué?! ¡Eres… incluso fuerte y rápida! ¡Eres inteligente! Seguramente ganarías gran prestigio cazando una bestia peligrosa o podrías conocer a algún heredero con tu belleza y acordar un matrimonio muy provechoso.
—Hacéis sonar más divertido un suicidio homicida, alteza. —Edel y Aslan intentaron no reír al oír mis palabras. —Cuando crezca, quizás, pero estos días los prefiero pasar en casa y descansar sin estrés.
—Eres muy rara, Alexa. —Edel empezó a reír. —Pero te vendrá bien ese descanso, sin duda. Y Eyra robará comida por tí.
—¿Por mí? ¿Eyra roba comida por alguien? —Los cuatro reímos y le di un toque en la frente a Edel. —En fin, vamos a tomar té y ver qué príncipe juega mejor al ajedrez.
Mientras nos dirigíamos a palacio, pensé en él, en Edel, en las cosas que soportó hace mucho, en las que habrá soportado con nosotros en secreto, las que soporta y soportará de su propia familia que desea verle desaparecido.
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