Las Hojas de Valira. Capítulo 7
Desperté en la madrugada, no por pesadillas o estrés, sino por… la llamada de la naturaleza, digámoslo así. Después de satisfacer la necesidad, observé una luz en el jardín, la sombra de una persona, una mujer de cabellos largos.
No tenía tiempo para vestirme así que salí con el camisón del pijama y una bata de seda, y en plena oscuridad salí por el balcón con cuidado, planeando con celum. Seguí a la figura, pisando la hierba con los pies desnudos y caminando un largo trecho hasta haber llegado a los muros.
Observé que habíamos parado ante un mausoleo, y que por la luz, era de mármol negro con dos gruesas columnas de granito custodiando la entrada, y una rama dorada de olivo en el tímpano, custodiada por una procesión de caballeros de armadura de placas en forma de relieve. La persona abrió con llave las puertas, y cuando pareció que iba a entrar, se dio la vuelta, viendo yo que era mi madre.
—¿Así que me espías a escondidas? —Ella sonrió relajada. —¿Pensaste que no me iba a dar cuenta?
—Mmm, no lo pensé mucho.
—¿Quieres saber qué hay aquí? —Asentí con duda. —Sígueme.
Caminamos bajando las escaleras durante poco tiempo, encontrando ahí la tumba acristalada de una mujer que parecía congelada en el tiempo y de aspecto idéntico al nuestro, vistiendo el uniforme de los Diablos Negros, un uniforme negro, con hombreras de oro y una banda de oro como la que mi madre lleva a veces, y cubierta de medallas en su pecho. También había una espada colgada en la pared, envainada, de mano y media, hecha de oro y con gemas engarzadas, el arriace en cruz y el pomo en forma de moneda.
—Tu tía Beatrice, la anterior comandante de Los Diablos Negros y su espada Celeste. —Se acercó al ataúd y puso sus manos sobre ella. —Beatrice, tu sobrina Alexa está aquí.
No pude controlar mi cuerpo, un profundo pesar invadía mi alma, me acerqué y derramé lágrimas como si el dolor del momento me golpeara, por una mujer que nunca conocí.
—Ella es el motivo por el que estoy en la orden. —Habló triste pero orgullosa. —Yo era antes de la Orden de las Damas Blancas, cuyo deber es proteger a la familia imperial junto a las Águilas Azules, pero estaba embarazada de ti, y... Tu tía Beatrice me sustituyó incluso después de dar a luz. Servía a la orden protegiendo... Yo...
Su voz se quebraba, respiraba acelerada y cabizbaja, observando a Beatrice.
—Cuando ella… se sacrificó protegiendo al príncipe y la anterior emperatriz…
—Quisiste honrarla.
—Y también por justicia y honor, porque supe que la emperatriz actual fue la responsable, y… no podía cumplir mi deber para servirles. —Cerró los ojos. —No pude salvarlas a Beatrice y Eloise, por eso cuido de Edel, para mantener no en vano su sacrificio.
—¿Edel lo sabe? —Asintió. —¿Y sabes lo que desea?
—Por supuesto. —Acaricié la tumba al oír a mi madre tan directa. —Algún día Edel marchará a la capital como príncipe para reclamar su lugar como uno de los dignos de ser elegidos como príncipe heredero, y exigir el apoyo de cada noble de este nuestro imperio para ser el futuro emperador.
—Sólo puede demostrándolo con victorias militares y diplomáticas. —Asintió. —Algún día me tocará ayudarle.
—Si es lo que deseas.
—Es mi hermano, si quiere el trono, se lo daré. —Mi madre me miró con orgullo. —Hasta que ese día toque… me meteré con él, un poco.
—Te hemos educado bien.
—Supongo que sí. —Sonreí y miré a mi tía detenidamente. —Es previsible que vaya a haber una guerra civil en unos años, la ambición de dos personas por el trono suele dejar largos ríos de sangre.
—La Historia y sus lecciones.
—El problema es que no basta con que Edel sea más digno, sino con demostrar que su rival es un tirano. —Suspiré y cerré los ojos. —Pero tú ya lo sabes.
—Has hablado como una duquesa, no como un caballero. —Sonrió orgullosa. —Me sorprende lo sabia que eres a tu edad.
—No soy sabia, sólo me tomo en serio todo lo que enseñas. —Recordé mi conversación con Eyra y me apagué un poco. —Si fuera sabia, Eyra y Edel confiarían en mí y me contarían todo lo que sabéis ya de ella.
—Entiendo que ya lo intuyes.
—¿Si Eyra tiene sentimientos por mí, que le gustan las mujeres o que ella nació siendo tratada como un chico? —Suspiré molesta. —Siempre voy a respetarles, más a Eyra, ella…
—Te gusta.
—¿Creo? No lo sé, supongo. —Me rasqué la frente. —Me siento confusa pero sabiendo la verdad, no me siento bien confesándole lo que me pasa.
—Tenéis miedo porque os importáis.
Eso no cambió aquel sentimiento que creció en mí, resentimiento. Era injusto que fuese la única en no saberlo, pero… ese sentimiento no parecía corresponder conmigo, entendía los motivos de Eyra pero una parte de mí lo aborrecía sin que naciera de mis miedos o inseguridades.
—No creo que esté en condiciones para tener esta conversación, mamá. —Caminé hacia las escaleras. —Buenas noches y que tengas suerte en la cacería si no nos despedimos.
—Espera. —Tomó mi mano y me miró a los ojos. —Me gustaría contarte algo, acompáñame.
Bajé de nuevo y vi el dolor en su mirada, la tensión.
—Cuando naciste, estuvimos en guerra con Ysdrala. —Evitó mirarme y apretó los puños. —Yo estaba recuperándome de haberte dado a luz, Beatrice ayudaba con mis tareas y tenía que dirigir a los suyos desde la capital.
—Lo imagino, lo dijiste.
—No, no imaginas a donde voy con esto, eres muy joven aún para eso. —Acaricié su hombro cuando su voz se quebraba al decirme joven. —Su muerte me afectó mucho, tanto que creí que eran los elfos de Ysdrala. Sólo volví a ponerme el uniforme, el de los Diablos Negros por... Venganza. Estuve lejos de ti y de tu padre cuatro años incluso después de la guerra, perdí tanto peso y tenía tanto cansancio en los ojos que mi propio esposo no me reconoció cuando regresé. Las cosas que hice… a pesar de haberme estado esperando, ni siquiera pude soportar la vergüenza.
—Tú también cometiste una estupidez.
—Siempre cometeremos errores si no templamos nuestras emociones porque podemos hacer daño a las personas que queremos y nos quieren. —Cerró los ojos. —Al igual que lo que pudo sentir Eyra, tu padre sintió lo mismo, enfado y desesperación.
—Así que debería ser calmada con mis inseguridades. —Asintió y me miró. —Y… no dejarme llevar por mis emociones.
—Mantén la confianza en ti misma y en ella aunque la situación no sea favorable. —Sonrió dando una sensación de calidez. —Y ganarás mil batallas porque las personas que te amen te seguirán siempre.
—Gracias por el consejo, mamá.
—Descansa, hija mía.
Me marché de nuevo a palacio, recorriendo el mismo camino. Al día siguiente, el palacio se quedó vacío, sólo con pocos sirvientes, mi padre, Eyra, y yo.
Se sentía extraño no desayunar con Edel pero también con Eyra, él no estaba pero sabía que ella sí… las sirvientas estaban demasiado alerta con los accesos a la cocina. Decidí entonces buscar a mi padre, no quería estar sola así que me dirigí a su despacho.
Allí había tales montañas de libros apiladas que resultaba increíble que no cayeran por su altura, por no hablar de las pizarras que al ojo inexperto resultarían un caos. El contenido de una de las pizarras era similar al que nos ponía mi padre en clase cuando pequeños, de la misma tenía un texto explicativo sobre declinaciones y sustantivos, pues era la forma de usar magia y esta partía de la lengua antigua del Imperio de Valira.
En el texto las declinaciones indicaban como hechizos de menor a mayor potencia -ium, -ius, -iara, -iaris, y los encantamientos -um, -us, -ara, -aris. Y en el esquema la primera línea, los elementos básicos, Bel(Fuego), Del(Agua), Cel(Viento), Gel(Tierra).
Más separado y debajo la segunda con elementos más complicados, Xel(Electricidad), Yel(Hielo) y Sel(Arcano). La tercera estaba muy marginada y tenía un aviso de No Usar En Exceso, Bre(Luz), Xre(Oscuridad), Tre(Vacío).
—¿Mi pequeña? —Vi a mi padre detrás de mí y me sorprendí como él. —¿Ocurre algo?
—No, sólo quería pasar la mañana contigo y ayudarte.
—Soy un padre bendecido. —Sonrió orgulloso y asintió. —Ahora estaba preparando la clase.
—¿Para quién?
—Para Eyra. —Soltó una carcajada para mi sorpresa. —Una locura que tras varios años sin venir venga a clase, pero ella me pidió ayuda con los temas básicos de magia. A cambio, me ayuda con la religión élfica y la mitología.
—Parece tener que ver con tu teoría sobre el continente.
—Es… bastante relacionable pero complejo de creer. —Caminó hacia la pizarra. —El panteón élfico y el Berkala, el evento que los elfos recuerdan como la caída del Imperio Eliar que dominó el continente en una época más vasta, y la destrucción de la mayoría de sus dioses.
—Es como el apocalipsis en el libro sagrado de Breia ¿No?
—Sí pero ese apocalipsis hablaba sobre la caída de los elfos del cielo, los Eliars, por herejía a manos de Breia, y éste habla de la caída de su diosa pero a manos de una alianza, La Dama Nocturna, La Señora del Bosque, El Maestro del Mar y La Diosa de la Luz. —Empezó a dibujar un esquema incomprensible e incompleto, pero en el centro, un sol un poco feo. —La Forjadora, La Diosa de la Flama Sacra, la creadora del universo y de los eliars, enloquecida, se lanzó desde los cielos sobre Valira, y éste se rompió y deformó.
—Vale, pero no entiendo nada ¿Por qué suicidarse así? ¿Y por qué esas deidades querrían destruir a los elfos del cielo?
—Pues… no lo sé. —Se decepcionó un poco. —Los elfos son inmortales pero nunca he conocido a uno muy viejo, ni elnar, ni eloar, y tampoco eliar con lo de que quedan muy pocos.
—¿En serio?
—Sí, la mayoría no tienen más de seiscientos años y no les gustan los hemnas, y las madres de Eyra sólo vieron el Imperio de Valira caer. —Se sentó en su mesa, tirando varios libros por accidente. —Ups... Bueno, no hay muchos eliars vivos pero sí conozco a una que sí es muy mayor, y parece muy joven, la general de la Orden de los Diablos Negros, Varea Solem, Solin... No me acuerdo de sus apellidos bien.
—¡¿En serio?! ¡Pues pregúntale!
—No puedo, la última vez que hablé con ella fue hace diez años y me dijo que acabara con mi vida para no humillar a mi esposa y a mi hija ¡Yo que os amo y soy buen esposo! Desolado estoy. —Se entristeció un poco y me dio bastante pena. —Sólo tenía curiosidad académica por la magia de sangre ¿Por qué tan violenta? ¿Debería haberle llevado unos dulces de Otona?
—Al menos hay información textual que confirma que Valira cambió por un cataclismo, sólo es necesario encontrar algún tipo de mapa de la Valira original.
—Sí pero ninguno de los imperios y reinos contiene información así en sus bibliotecas. —Se rascó la barbilla. —Es frustrante pero me hace feliz que me ayudes, eso compensa.
—¿Y si te centraras en la parte geológica? ¿O en la historia enana? Tienen antiguas ciudades enterradas por todo el continente y por todo el mundo. Seguramente haya información histórica en otros continentes sobre Valira.
—¡Sí, eso es! ¡¿Por qué no pensé eso?! —Se levantó animado y tomó tintero y pluma. —Gracias por tu apoyo, mi increíble e inteligente hija.
—Te dejo trabajar tranquilo, papá.
Salí de la habitación, viendo a Eyra que me esperaba, de pie apoyada en la pared. Me estaba observando expectante y parecía disfrutar con mi cara de sorpresa.
—¿Siendo una buena hija?
—Así es. —Asentí con duda. —¿Y tú desde cuando quieres aprender magia humana?
—Desde el duelo. —Se apartó y miró a otro lado. —Me he dado cuenta de que debería estar más a tu altura con eso de ser más inteligente.
—Es raro verte estos días tan madura.
—Ya, desearía no ir a clases inútiles. —Suspiró molesta y la miré orgullosa. —¿Has dormido bien?
—No del todo, me desperté durante la madrugada. —Me miró a los ojos como si supiera bien mis emociones, y acarició mi rostro con sus manos. —M-mi madre me mostró el mausoleo de mi tía y me contó muchas cosas, sobre la familia, sobre Edel, y… la familia imperial.
—¿Estás bien?
—Me preocupa Edel y lo que ocurra dentro de unos años. —Agaché la cabeza y cerré los ojos. —Mi madre está dispuesta a todo para que Edel sea algún día elegido emperador y me preocupa que será de nosotras.
—Pues no pienses en ello. —La miré sorprendida y ella sonrió. —Céntrate en lo que tienes ahora, es… un consejo que me dio Edel hace poco.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo.
—Pues… mientras estemos juntas, no tiene que pasar nada. —Se puso roja al decir eso. —Y-ya sabes lo que pienso, amigas y… ¡Esas cosas! Joder.
—¿Sin importar si algo está mal en mí? —Susurré sin pensar y Eyra levantó una ceja. —Perdona, es la falta de sueño.
—Seguiría a tu lado, no me importa nada más, eres mi… amiga. —Respondió resignada. —No vas a deshacerte de mí tan fácil.
—Lo sé, mi ladrona de comida favorita.
—Eh, que estoy mejorando mis habilidades.
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