Las Hojas de Valira. Capítulo 8

Pasaron cinco años, en los que entrenamos mucho más duro y sin piedad, con incontables y crueles pruebas pero mereció la pena. Llegó la última con los primeros días del invierno, una última prueba que empezaremos solas, preparando una mochila con objetos necesarios para un viaje andando desde palacio hasta Mistal, al Oeste de nosotras y en el sur de la península y volver, un viaje de una semana de ida, encontrarnos con Edel en la Ría de Mistal donde pelearíamos en un duelo dos contra uno, y volver.

Así empezó pues en la puerta de palacio, vestida con una camisa blanca, calzas, guantes y botas de cuero, coraza y hombreras de acero, y capa larga de piel de huargo blanco, armada con dos ballestas de mano y un carcaj de virotes. Eyra apareció transformada en un búho verde y volviendo a su forma original, con el lado derecho de la cabeza rapado, con más piercings de aros en sus orejas, un cuerpo bien atlético formado por los duros entrenamientos, cargando su mochila y vestida con la cota de malla élfica y el casco, pero también con una capa de piel de huargo negro, llevando un arco, un carcaj cargada de flechas en su lado izquierdo de la cadera, dos espadas envainadas de hoja muy delgada y un solo filo, con arriace en cruz hacia arriba y pomo de cabeza de lobo.

—Ha sido una semana rara estando fuera. —Exclamó Eyra. —¿Qué tal?

—Ansiosa. —Sonrió. —Estaré un tiempo fuera de casa.

—Pero en buena compañía.

—Sí, siempre quise irme de viaje con una chica guapa. —Solté una carcajada cuando la vi enrojecida. —Por cierto, buenas espadas.

—Armas élficas del Bajo Imperio Eliar. —Exclamó mi padre mientras salía de palacio. —Que exquisitez visual.

—Serán una exquisitez pero no serán como la que tiene esta familia.

Mi madre salió vestida con el uniforme de los Diablos Negros y llevando una espada ropera de lazo con la hoja más ancha y bañada en plata. La desenvainó mostrando inscripciones enanas talladas en la hoja y el escudo familiar, un olivo, lo que indicaba que era una espada de inscripción para nuestra familia.

Las armas inscriptivas o de runa eran especiales por ser capaces de replicar magia, pero en vez de la forma clásica, las inscripciones actúan como las palabras. Es un arte bastante conocido y difícil de hacer, un arte principalmente de enanos y eliars pero también de algunos humanos y elfos de otras razas, muy poderoso pero también muy caro.

—Esto fue un regalo del monarca enano Garín a mi abuelo cuando era embajador en Orzarak, la espada Vestigio. —Envainó y me la ofreció. —Toda tuya, Alexa.

Enganché el cinto a mi cintura para tomarla con la derecha al desenvainar y vi a mi madre intentando contener sus emociones con una actitud estoica y estricta.

—Han sido años ya que os he visto crecer y haceros fuertes, tanto mental como físicamente. —Exclamó mi madre. —Y aquí estamos, la última prueba.

—Mi princesa se ha convertido en una mujer. —Mi padre intentó no llorar.

—Un caballero es una persona que recibe la espada y el caballo de su señor, al que sirve con fidelidad y honor, que protege a los inocentes y la fe de Breia. Y su señor sirve a la corona de la misma manera. —Habló mi madre con autoridad. —Protege de las amenazas que desean destruir la paz, brujas, demonios, monstruos, dragones, tiranos, e invasores.

—¡Sí, señora! —Gritamos ambas.

—Hay varias formas para ser caballero, ser noble y hacer un examen sin más, entrar en una academia militar como hijos bastardos o legítimos o recomendados por un noble, ser nombrados por un alto aristócrata, y la clásica, ser pajes, luego escuderos, y finalmente caballeros. Pero aquí en D'Ur y en la orden, no creemos en pajes ni luchamos por la fe. —Sonrió orgullosa. —Es caballero quien se lo gana ¡Yo os nombraré caballeros cuando volváis con la victoria! ¡Hoy saldréis con inocencia y mañana volveréis con orgullo!

—Así será, excelencia. —Eyra hizo una reverencia.

—No os defraudaré, padre, madre.

—Nunca nos podrías defraudar. —Mi padre habló orgulloso y me abrazaron.

Eyra y yo partimos entonces alejándonos de palacio y cruzando los muros que tanto me habían protegido, con la Ría D’Ur cubierta de niebla en la distancia. Caminamos en dirección al Este dando la espalda a la ría, yendo en dirección a la fortaleza de AstaraHolt.

Cruzamos los campos junto al Río Briena que nacía de las mismas montañas al Oeste que albergaban Orzarak y servían de frontera con el centro del continente, a mil kilómetros del palacio. Caminamos bastante sin hablar y llegamos a una pequeña posada junto a una aldea ganadera que destacaba por un olivo muerto por un viejo incendio al ver su madera, y donde paramos a descansar un poco y tomar algo de pan de centeno, trucha asada, queso y cerveza.

—Si seguimos a este ritmo, pasaremos por Astaraholt y llegaremos a Nimen. —Tomé un trago después de hablar. —Quizás hasta lleguemos un día antes a Mistal si cruzamos el Río Vesta cogiendo una barca.

—Sí pero dijo que debíamos ir andando.

—Cierto, fallo mío. —Respiré profundamente. —Me recuerda un poco a cuando mi madre nos hacía caminar hasta Sount-Dame ¿No tenías una pareja ahí?

—Sí pero acabó siendo incómodo. —Se molestó un poco al decirlo. —Edel también tenía pareja allí, un amante más bien.

—Sí, se le veía muy feliz cuando hablaba de ello. —Sonreí un poco. —¿Te acuerdas cuando intentamos animarlo tras su ruptura?

—¡Ja! Sí, fue gracioso menos para tu padre. —Ambas nos reímos. —Lo de convertir los cristales de lirio en lámparas multicolor estuvo divertido.

—Sí, una pena que acabaran reventando todas por el exceso de runas.

—Dioses, una semana barriendo todo el gran salón de polvo de cristal mágico. —Se dio un cabezazo contra la mesa. —Quise cortarme los huevos con una hoja oxidada.

—Voy a echar de menos esos días. —Sonreí un poco triste. —No podremos hacer eso ya.

—¿Lo de cortarme los…?

—¡No, salvaje! —Eyra reía sin parar y me hacía feliz a pesar de enervarme. —¿A qué orden te gustaría unirte, por cierto?

—Mmm, a la misma que vayas.

—¿Y si fuera a servir como caballero de un aristócrata y no a la Orden de los Diablos Negros? —Se encogió de hombros. —¿Vas a seguirme todo el rato?

—¿Quién va a cubrirte las espaldas sino? —Se encogió de hombros. —Podría aspirar a todo lo que deseara, pero tengo la eternidad para hacer lo que quiera, y quiero ahora seguirte y descubrir un poquito el mundo, ese rollo de ser caballeros y tal.

—¿Acaso estás siendo mi caballero, Eyra?

—Quizás, quizás lo quiera ser. —Me sonrojé un poco. —Arrodillarme, jurar fidelidad, protegerte en las noches oscuras.

—Mi caballero.

—¡Eh, pero dime que no! —Eyra se puso nerviosa y avergonzada. —Estoy… de broma, somos amigas, no te haría eso, joder.

—Claro, sí. —Me entristeció, lo confieso. —Hay que comer, venga, que partimos rápido.

No tardamos en regresar al camino con fuerzas renovadas, el cielo nublado y los primeros copos de nieve cayendo. Subimos la colina en la que estaba asentada la fortaleza, un largo y empinado sendero recorrimos, pasando al lado y llegando a un monumento, una estatua en piedra de un ángel con una lanza.

—Oye, tengo curiosidad. —Susurré y Eyra me miró de reojo. —¿Es casualidad que uses un arco y seas una elfa?

—Eso es un tópico racista, no todos los elfos usan arco. —Exclamó enfadada. —Como no todos los enanos usan martillos.

—Buen camino, jóvenes.

Un grupo de enanos armados con martillos y portando armaduras pesadas pasaron junto a nosotras con semblante serio pero cordial. Yo intenté no reírme pero Eyra gruñó.

—Que te den. —Acabé riendo y ella le dio una patada a la estatua. —¡Ha sido casualidad, joder!

—Está bien, estoy de broma. —Me fue a dar una bofetada y levanté las manos. —Ya paro, ya paro.

Eyra se calmó, respiró profundamente mientras me miraba con enfado y dirigió su mirada a la estatua.

—Aquí… lucharon… y vencieron… a los dragones Tiranos y Qleun y a su secta… gloria a los fieles de Breia, las tribus eloars, y la Orden de Las Águilas Azules y Los Diablos Negros. —Leyó detenidamente Eyra la placa de bronce. —Monumento… patronazgo de Beatrice D’Ur.

—Mi tía y mi madre lucharon esa batalla.

—Mis madres también.

Sonreímos orgullosas, observando el valle repleto de campos y prados hasta las colinas, imaginando como de dura debía ser aquella lucha. Podíamos ver muy lejos, al Este, el río Vesta y el pueblo de Nimen con el camino que daba hasta él rodeado de árboles.

—¿Quieres que nos quedemos un poco a ver el paisaje? —Preguntó mientras ella me ponía la capucha y me miraba sonriente. —Es un paisaje precioso.

No dije nada, sólo la miré, aquellos ojos de diferentes colores de los que nunca me cansaba, aquella mirada que disfrutaba de mí y aquellos labios prohibidos que deseaba besar.

—¿Pasa algo? —Preguntó preocupada pero no respondí. —Si me sigues mirando, te vas a enamorar de mí, idiota.

—¿Sí? Pues seguiré mirándote.

—¿Qué? —Reía nerviosa y sonrojada. —No digas tonterías.

—¿Es una tontería que me gustes, Eyra? —Evitó mirarme y caminó hacia atrás. —No hemos hablado de lo que pasó hace años.

—¿Y qué? Es una tontería.

—¿No confías en mí? —Pregunté y agaché la cabeza. —¿Hice algo mal?

—Sabes que nací tratada como… eso. —Habló asustada. —No quiero que pienses de mí como un monstruo o me odies por ser yo misma.

—Ya sabes mi respuesta a eso, no voy a odiarte nunca.

—Lo sé. —Ambas nos miramos a los ojos, y nerviosa, esperó unos momentos. —Es… yo… acepté que sólo seríamos amigas porque… no podía gustarte como algo que… yo que sé, te costaría ver u odiarías.

—Me gustas tú y todo de ti, tu estupidez, que robes comida por placer, que seas directa y atrevida, y me da igual lo que tengas ahí abajo, como hayas nacido o si tienes siete brazos. —Me acerqué a ella. —He acabado aceptando lo que siento y me gustas... M-me... que me gustes.

—No vale decirme eso, es demasiado ingenioso, joder. —Gruñó y se tapo el rostro con sus manos. —Tú también me gustas y me gusta que me aceptes ¡Pero ya no sé qué hacer!

—Que mona eres.

—¡No soy mona, estoy nerviosa! —Gritó y se alejó corriendo. —¡Ahora ya no somos amigas! ¡¿Qué somos entonces?!

—¡Eyra, espera!

Estuve corriendo detrás de ella, pasando junto a una patrulla de soldados y una caravana de mercaderes, llamando su atención sin poder evitarlo. Pero yo sonreía tontamente, mi corazón latía acelerado por esa mujer que actuaba como una tonta y danzaba con sus espadas cual bailarina en cada combate, que tenía miedo a veces y aún así seguía adelante, una anomalía en este mundo cruel e injusto que me hacía sentir viva.

Paró a sentarse en el muro del camino, en el suelo, recuperando el aliento. Me acerqué tranquila, dejé caer mi mochila, y me incliné para besarla en la mejilla.

—Te atrapé. —Susurré en su oído y sonreí con dulzura. —Eyra Sylvana.

—¿Por qué te burlas de mí? —Se sonrojó y agachó la cabeza. —Eres mala persona.

—Dramática. —Le ofrecí mi mano. —Vamos antes de que empeore el tiempo.

Seguimos el camino hacia Nimen, a veces tomadas de la mano, a veces separadas, pero siempre en silencio. Cuando sentía como tomaba mi mano, a pesar del metal y el cuero, sentía su fuerza, sentía como movía el pulgar tocando mi dorso, y me pregunté como sería su tacto desnudo ¿Qué sentiría de aquella mano que toma la espada o agarra el arco? ¿Cómo me agarraría a mí si estuviéramos en el jardín de palacio y a la sombra del naranjo? ¿Cómo se sentiría al tacto desnudo su piel con la mía? Era tan extraña, tan diferente y ajena a como se movía el mundo, libre y sin normas, y dolía en exceso mi corazón cuando pensaba en ella, pero no quería estar en un mundo sin su presencia, sin la compañía y locura de Eyra. 

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