Las Hojas de Valira. Capítulo 9
[Este capítulo contiene mutilación y horror]
Llegamos a Nimen al atardecer, viendo muchas casas de una o dos plantas, pocas personas en las calles nevadas y un ambiente tranquilo en la plaza, compuesta por una torre en ruinas difícil de ignorar, con sus bloques de piedra casi cristalizados, y las partes de madera negras como si un incendio la hubiera destrozado de fuera hacia dentro. Entramos a la posada algo abarrotada, nadie se fijaba en Eyra y eso a ella le hizo relajarse bastante.
Entonces observando de entre la gente vimos un clérigo con hábito blanco y cota de malla bajo ella, un paladín con armadura de placas blancas con decoraciones de oro, escudo y martillo de guerra, una joven de mi edad, rubia de ojos azules, delgada y con hábito blanco y báculo de oro, los tres con símbolos de una dama desnuda de oro, y una cuarta persona destacando entre todos, corpulenta con armadura negra, escudo, cimitarra, cadenas y casco con cota de malla, un equipo cuyo estilo y diseño no eran propios de Isha.
Podía mascar la tensión en el ambiente, el malestar pero sobretodo el desprecio del clérigo y el paladín con el extranjero. Cuando se quitó el casco, pude reconocer que era ni más ni menos que Aslan, su piel oscura, con una mirada estoica y seria, barba recortada y su cabello en una larga melena.
—Hablas de herejía y blasfemia robando la voz a la diosa. —Exclamó sin despeinarse. —No hay mayor blasfemia que el hombre usurpando el trono de La Altísima.
—Eh, es el chico religioso de ropas raras. —Exclamó Eyra llamando la atención de Aslan. —¿Te vas a pegar con los payasos estos? Apuesto por ti, eh.
—¡¿Cómo se atreve la elfa a insultar a los fieles de Breia que portan su palabra?! —Gritó el clérigo y la gente nos abucheó. —¡Siempre los extranjeros causando problemas!
—El único que causa problemas eres tú. —Respondí molesta y observé como el único plato de lujo que había en todas las mesas era el suyo. —Mientras unos viajan con su poco dinero, tú usas el que donan los fieles en trucha laqueada con miel y una botella de vino ¿Son tres peniques o cinco lo que ha costado? Quizás un ishalin o dos, eso sí, mientras la joven acompañante no parece haber comido algo en condiciones durante vuestra andadura.
—Una ramera no tiene derecho a decir nada a un hombre de la diosa que ayuda a las almas a…
Vi a Aslan a punto de golpearle con un puñetazo y a Eyra llevando las manos a las espadas. Pero no hizo falta nada más que un hábil movimiento para callarle, tomando mi espada a medio desenvainar y ponerla en su cuello.
—Un hombre de fe no es libre de las leyes de este imperio. —Exclamé amenazante. —Faltar al honor a un alto aristócrata aplica el talión, mi honor como hija legítima de la Casa D’Ur y Urda no es poca cosa, mas soy heredera del ducado de D'Ur, mi madre la duquesa y mi padre el archimago del emperador.
—Uy, eso, vacila ahora, hijo de puta. —Eyra se inclinó a mi lado y miró con una sonrisa burlona al clérigo que estaba a punto de levantarse aterrorizado de nosotras. —¿Le estás faltando el honor a la hija de Camille y Noah? Que mataron a un par de dragones enormes ¿Eh? Y mis madres también.
—Mi padre también ayudó cuando era sólo un príncipe. —Aslan habló. —¿Así es como este pueblo agradece a mi familia la ayuda que dio con sangre y sudor?
—O-os quemaré a todos en una hoguera, tengo amigos en la inquisición.
Un joven puso su mano en el hombro del clérigo, piel blanca, atlético, de cabellos rubios y largos y ojos verdes, vistiendo una gabardina roja, calzas y guantes de cuero las tres piezas, coraza de acero, alfanje de plata y dos pistolas de chispa. Dante estaba ahí, estaba completamente segura, su sonrisa pícara y su actitud de superioridad eran suyas.
—A ver, padre, no lo entiende. —Nos señaló a los cuatro y le dio un par de ligeras bofetadas. —Somos una elfa mestiza, un par de príncipes herederos y la hija única de una duquesa y el hermano de otra duquesa contra usted, un hombre callado y una damisela que parece tener voto de pobreza y ayuno ¿Quiere ver ya a Breia? ¿Le pagamos el viaje, padre?
El paladín agarró mis manos y envainó mi espada.
—Cesario, siete veintitrés, el fervor es la leña que aviva las llamas de las pasiones, cálmalas con la razón y el rezo, hermano, o pasarás a cometer un pecado atroz. —Exclamó el paladín. —Lamentamos nuestra falta de respeto y espero que alberguéis serenidad y el perdón por los pecados de nuestro hermano.
—Amén, hermano. —Dante sonrió relajado. —Paz y gloria siempre.
—Pajero, uno diez, se os cerró el ojete, hermanos. —Miré con desaprobación a Eyra. —Ugh, disculpas aceptadas.
—Vosotros conmigo.
Me llevé a Aslan y a Eyra de la mano conmigo a la barra, seguidos por Dante. Pedí tres habitaciones y fuimos a una mesa donde nos sentamos juntos, yo junto a Eyra y Aslan junto a Dante.
—Vale, es una sorpresa increíble, lo reconozco. —Exclamó Eyra. —¡¿Qué cojones hacéis en este pueblucho?!
—Sí, no me dijisteis nada en las cartas.
—¡¿Te carteas con estos?! —Eyra se sorprendió y decepcionó. —Estas traiciones no las espero de ti, Alexa.
—¿Traición? Perdona ¿Hay monopolio de Alexa? —Dante la miró con desprecio. —Porque soy su amigo y tenemos derecho a estar en contacto.
—No somos amigos, Dante. —Le hablé con cierta burla y se llevó la mano al corazón. —Y tengo derecho a cartearme con quien quiera, Eyra.
—Me gustó cuando montasteis esa fiesta con cristales de lirio. —Aslan reía y dio un golpe en la mesa. —¡Y como te quejabas al limpiar el desastre!
—¡No tenías derecho a decirles esas cosas! —Eyra gruñó. —Con el tío del desierto, va, pero que te cartees con el engreído de mierda este.
—Ah, habla la ladrona de comida. —Dante y Eyra se encararon. —Eres la elfa más indecente que conozco.
—Indecente te voy a dejar la cara.
—¡Bueno, suficiente los dos! —Di un puñetazo en la mesa. —A ver, Dante ¿Qué haces en Nimen?
—Estaba de paso para ir a ver a una damisela llamada Alexa.
—¡Tremendo descaro el rubio este! —Eyra se levantó indignada. —¡¿Lo vas a consentir?!
—Oye, de verás que iba a verte, estabas de paso porque tenía una misión importante en la capital, no puedo contarla, y… no sé, quería charlar y pasar un par de días. —Levantó las manos Dante. —Te considero mi amiga y te aprecio más de lo que crees.
—Lo sé, sólo me metía contigo con eso de nuestra amistad. —Sonreí confidente y asintió feliz. —¿Y tú, Aslan?
—Estoy buscando respuestas a algo que me sucedió, lo que te conté hace un año.
—Ah, la epifanía. —Me rasqué la barbilla. —Debió pillarte en shock.
La epifanía era algo que le ocurrió cuando estuvo luchando contra un grupo de bandidos que le hirieron de gravedad. Lo que contó fue que quedó inconsciente y despertó con los cuerpos destrozados de los bandidos y que, según los soldados, parecía haberse levantado después de caer y había seguido luchando como si Breia le hubiese poseído, rodeado por magia luminosa y radiante.
—Quizás encuentre lo que busco en Isha. —Aslan se relajó y golpeó sus guantes entre ellos. —Pero lo más importante ¿Qué estáis haciendo vosotras?
—La última prueba de mi madre. —Respondí y me crucé de brazos. —Ir a Mistal, ganar al príncipe Edel en un duelo las dos contra él y volver a casa en una semana.
—Pensaba que tardaríamos un día más pero estamos tan en forma que hemos llegado hasta aquí andando hoy mismo. —Eyra se rascó la nariz. —Bueno, quizás al atardecer y quizás caminamos demasiado.
—Bueno, quedáis vosotras para obtener el título de caballero. —Dante me miró a los ojos. —Yo tuve la suerte de ir a una academia pero que os entrene una leyenda no es poca cosa.
—En el fondo tienes envidia de que nos hayan enseñado un archimago y una heroína de guerra. —Eyra se sentó y le habló con malicia. —Pero está bien, seguro que te daban aprobación de príncipe capullo.
—Puedo ganarte a un duelo si quieres, elfa ingrata.
—Si os vais a pelear antes que los borrachos, lo hacéis en la puta calle. —Les miré a ambos con cierta autoridad. —Tengo hambre, tengo sed, me duelen los pies y estoy cansada.
Durante toda la noche estuvimos comiendo guiso de conejo y patata, pan y queso, y bebiendo cerveza muy densa, charlando, contando anécdotas, quejándonos, y a pesar del tiempo y los actos, parecíamos más un grupo de amigos que cuatro viajeros en sus caminos. Me di cuenta durante esos momentos que siempre soñaba con hacer esas cosas cuando estaba en el hospital, nunca tuve amigos y menos podía salir a comer o cenar de tranquilidad, y atesoré aquella experiencia que trascendió entre mundos.
Nos fuimos a nuestras habitaciones y guiados por la posadera, habiendo pagado suficiente para tener una privada, aunque sólo había una cama y la habitación era… bueno, no muy limpia del todo. A pesar de todo y del tiempo, Eyra y yo íbamos a compartir por primera vez una cama, cosa que nos avergonzaba demasiado, más a ella, pero por suerte o por desgracia… no nos quitamos las armaduras aún cuando el peligro acechó, pude sentir que algo no estaba bien, y más en la mirada intranquila de mi amiga.
La tensión pasó al terror en forma de gritos guturales de hombres, mujeres y animales, mezclados entre sí que se oyeron desde las afueras de la aldea, añadiendo con la campana de la iglesia, un sonido constante y acelerado como si doblaran para avisar de la amenaza. Ambas salimos raudas con nuestras espadas desenvainadas, encontrándonos a la pandilla religiosa, a Dante y a Aslan en la plaza del pueblo, donde se veían todas las ventanas de las casas iluminadas y a un hombre malherido y de rodillas junto al grupo, con una mezcla de brea negra y sangre en su rostro, tan negra que no reflejaba la luz, y su brazo arrancado más a la fuerza que con una hoja, con el hombro saliendo y dislocado, y el poco hueso que quedaba aún conectado pero aplastado junto al músculo y la piel hecho trizas.
—Esa cosa… entró… e-era mi padre ¡Lo juro, era su voz! Pero… él murió hace un año… sólo era la mitad de su cuerpo mezclado… con los cuerpos de los animales de mi granja. —Balbuceaba traumatizado, llorando de angustia. —Me… hizo esto, me habría matado de no ser por mi hija… la vi… pude oírla, les… oí a todos morir, a todos… a todos, uno a uno.
—¡Sir Antón, investigue cuál era su granja! —Ordenó el clérigo. —¡Eva, trata las heridas de este rufián!
—¡Ha perdido a su familia y usted le insulta! —Gritó Eyra. —¡¿Está tonto o nació sin puta empatía?!
—¡¿Quién dice que él no es el asesino?! —El clérigo se encaró pero Dante señaló la mancha de brea, que desapareció con la magia de luz de la acolita. —¿Qué era eso?
—Pues no quiero ser el capitán de la obviedad pero eso es magia oscura. —Vi como Dante hablaba confiado pero sostenía su alfanje con cierto miedo. —Lo que ha atacado a su granja ha sido una criatura corrompida por oscuridad. Tengo experiencia matando a estas cosas y, no es por hacerme el interesante, pero…
—Por favor, ve al grano. —Suplicó la acólita.
—Viene de un foco de magia oscura, puede ser un brujo o un ser puro de oscuridad, que lo dudo mucho. —Se encogió de hombros Dante. —Este pueblo ha recibido una visita nefasta y no es la nuestra o la del monstruo.
—Si mi madre estuviese, mandaría venir a los caballeros del ducado desde las fronteras, y luego se quedaría con los caballeros de la orden cada noche hasta que vengan. —Susurré. —Lo que quiero decir es que, por experiencia teórica, no es buena idea buscarlo de noche. Las criaturas corruptas y la magia oscura per sé son débiles a la luz del día, por lo que es conveniente una guardia nocturna.
—Correcto, la criatura está suelta, debemos centrarnos en proteger al pueblo. —Ordenó Aslan. —No sé que harán ustedes tres, pero os sugiero a vosotros, Dante, Eyra y Alexa, que nos quedemos en grupos de dos y patrullemos hasta los primeros rayos del día y después nos reuniremos aquí.
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