Las Hojas de Valira. Capítulo 17


Estuve bañándome a solas en las termas de palacio, relajando mis músculos y cuidándome de la fatiga. Creía que podía estar tranquila, pero empecé a escuchar a mi padre gritar enfadado, y era raro porque nunca, y, repito, NUNCA había escuchado a mi padre enfadado.

Decidí salir y vestirme con unas calzas blancas y una camisa negra, buscando el origen de los gritos. En la entrada principal vi a Casio sonriente y escoltado por varios caballeros de su orden, a mi madre con su espada a punto de ser desenvainada y a mi padre con un rostro cargado de ira, acompañados también de la orden de Los Diablos Negros.

—Ah, sí, mi futura esposa. —Exclamó Casio e hizo una reverencia. —Será mejor que te prepares, debemos partir a la capital.

—¡Nuestra pequeña no se casará contigo! —Gritó mi padre. —¡No me importa que sea una orden del mismo emperador y me da igual vuestra estúpida compensación!

—Está claro que es por ser humillado. —Mi madre habló seria y serena. —El príncipe Casio no sabe perder duelos, entiendo.

—Sólo es para calmar la situación entre nuestras familias, duquesa. —Casio sonrió incómodo. —Yo tampoco deseo este matrimonio, pero la estabilidad del imperio es la prioridad.

—¿Estabilidad? —Solté una risotada. —¿Tu presencia siquiera provoca estabilidad?

Bajé las escaleras pero Varea y Edel me tomaron de los brazos, apareciendo detrás de mí por sorpresa.

—Auctoritas Ducis Supra Imperium. —Edel habló firme. —El emperador puede dar una orden a un plebeyo o miembro de una alta casa pero un general de una orden militar puede denegar por dictado oficial si la persona pertenece a dicha orden, sea un simple soldado, escudero o caballero. Y Alexa es un caballero de la general Solen y miembro de la Orden de los Diablos Negros.

—Si fuera así, mi padre habría recibido la carta con el sello de la general. —Casio se acercó a mí, subiendo las escaleras. —Como príncipe heredero, mentirme es un delito castigado con la muerte incluso para mi medio hermano bastardo.

—Fue ordenada ayer, pero si no es suficiente para su majestad y su alteza, puedo convocar la Ordo Militaris Ante Omnia para llamar a armas a la joven. —Varea se interpuso entre él y yo. —Lo que intento decir, niño mimado, es que te vuelvas a la capital diciendo lo noble e importante que eres y te vayas a tu cama a matarte a gayolas después de llorar a las faldas de tu ramera madre.

Todos enmudecieron durante unos momentos y Casio desenvainó su espada.

—¡Me da igual que seas general! ¡¿Cómo te atreves a insultarnos a mi madre y a mí?! Tú que sólo eres…

—Tú te insultas escondido detrás de sus majestades, niño. —Varea lo habló con desprecio. —No sólo eso, esta muchacha, Alexa D’Ur, una de mis caballeros, te venció en un duelo y, mientras huías a esconderte detrás de las faldas de tu madre, salvó a una aldea entera y se atrevió a luchar contra mí. Mírate, aún te tiemblan esas manitas de…

Casio intentó atacarla pero ella simplemente lo desarmó golpeando la base de la hoja con su brazo y lo agarró del tabardo, estando a un dedo de soltarle y dejarle caer por los escalones.

—Esto es la familia imperial, un niño que juega a ser un hombre, un príncipe a ser emperador, un arlequín a ser caballero. —Empezó a reír de forma maníaca. —Ni siquiera estás a la altura de la joven D’Ur, no te gusta que sea superior a ti, no hablemos de alcanzar a la sombra de tu hermano Edel.

Casio gritó enfurecido pero ella simplemente lo arrojó con una fuerza brutal hacia las puertas de palacio, deslizándose y rodando por el suelo. Los caballeros no se atrevían a reaccionar, ningún bando era capaz de hablar o tomar las armas, ya sea para defender a la general o al príncipe Casio

—Volved con el emperador y devolved este mensaje. —Varea carraspeó. —La joven Alexa D’Ur no es suya ni de sus propios padres, es solamente mía. Si vuelve a dar otra orden así, tendrá que preocuparse del linaje familiar.

—¡No puede amenazar a…!

Varea simplemente los miró de forma asesina como en nuestro duelo, helando a todos los presentes.

—Ahora eres uno de mis caballeros y tienes permiso para convertir a este niño en eunuco si vuelve a molestarte. —Me miró de reojo como si diese una orden. —¿Queda claro?

—Sí… general.

—¡Haré que te ejecuten por esto! —El príncipe Casio se levantó pero sus caballeros lo tomaron de los brazos. —¡Pienso ejecutaros a todos, incluido a ti, bastardo!

—¡Que los acompañen fuera de mis tierras!

Mi madre dio una orden y sus caballeros les acompañaron, cerrando ella las puertas con fuerza.

—Estabilidad, claro. —Varea suspiró. —Es obvio que querían atar en corto a la Casa D’Ur para evitar posicionarse en caso de rebelión y seguramente el príncipe quería vengarse de Alexa por ser humillado.

—No basta con que el señor Urda sea el archimago de Isha. —Edel habló enfadado. —Quieren quitarme a mis aliados.

—Sí, y acallar los rumores sobre la participación de la emperatriz en el asesinato de vuestra madre y mi hermana.

—Tendremos que movernos. —Varea se rascó la nuca, viéndose cansada. —Vayamos a tu despacho, sólo el príncipe, tú y el archimago.

—Espera, yo… —Hablé sin pensar y Varea me miró con una ceja arqueada. —Gracias por hablar tan bien de mí.

—No esperes que lo haga a menudo, muchacha.

Varea se marchó y mis padres se acercaron a mí preocupados.

—Jamás habríamos dejado que su alteza te tocara. —Mi padre me abrazó aliviado. —Arrasaría el palacio imperial antes que eso.

—Yo le cortaría los brazos si pusiera una mano encima a mi pequeña. —Mi madre suspiró molesta. —Por cierto, anoche parece que hubo un par de personas que causaron mucho escándalo, también robaron una botella de vino, y una parte de la mesa y el suelo del gran salón estaban manchadas con extraños… líquidos.

Aparté a mi padre de mí y miré avergonzada y nerviosa a mi madre. Recordé como Eyra estuvo sobre mí anoche, desnudas, follando, agarrando mis manos con fuerza y susurrando palabras élficas en mi nuca.

—¡¿Qué?! ¡S-sabía que Eyra robó esa botella! —Grité enfadada. —Le insistí en que no lo volviera a hacer pero nunca me hace caso.

—Alexa D’Ur Urda… no, da igual, no debo ser así, eres adulta. —Mi madre apretó los puños. —Habéis tenido relaciones ¿Verdad? Tendríamos que…

—Sé como es… ¡En libros! —Cerré los ojos con fuerza por los nervios. —Y… Eyra sabe usar… protecciones, somos pareja y confío en ella.

—Bien, eso me tranquiliza. —Mi madre tocó el hombro de mi padre. —¿Noah?

—Si Eyra te hace feliz, estamos felices. —Mi padre sonrió feliz por unos momentos. —Pero quiero que esté a diez pies de mi niña mientras esté bajo nuestro techo.

—Y nada de relaciones carnales.

—Ni siquiera besos. —La voz de mi padre fue muy oscura, cómica para cualquiera menos para mí. —Cero contacto físico como si hubiera una plaga en estas tierras ¿Queda claro, hija?

Tragué saliva y asentí varias veces.

—Pero no nos oponemos a vuestra relación, os apoyamos y apoyamos que seas feliz. —Mis padres se miraron mutuamente. —¿Verdad, Noah?

—¡Eh, no sé quien montó ese escándalo pero se va a enterar! —Gritó Eyra. —¡¿El príncipe anormal?!

¿Sabéis cuando se nota la vena en una frente y parece que va a explotar por contener la rabia o el aire? Bueno, mi padre estaba en esa situación.

—Noah, lo hablamos en su día, Alexa está creciendo y es adulta.

—Papá, no tienes que apoyar todas mis decisiones porque sí, no lo digo por miedo a que explote tu corazón. —Puse mis manos en sus hombros. —Si no te gusta mi relación con Eyra, es totalmente correcto que expreses tu malestar.

—No me importa si tu pareja es un chico o una chica, hija. —Agarró con fuerza su bastón. —Me importa que tengas pareja y… me desagrada que ya no seas esa niña curiosa e inocente, que estés creciendo es difícil para mí.

—Lo puedo entender, papá. —Sonrieron al oírme decir esas palabras. —Pero no cambiará que siga siendo vuestra hija y que os quiera.

—Lo sabemos, hija, y estoy orgulloso de quien eres ahora, aunque duela.

—¿Entonces… apruebas nuestra relación?

—Mi pequeña Alexa, mi dulce y sabia hija. —Mi padre cerró los ojos sin dejar de sonreír. —Por supuesto que no.

—Ah, estáis aquí. —Eyra apareció vestida con un camisón mío. —¿Interrumpo algo? Lo siento si…

—¡Eyra! —Mi padre gritó emocionado. —Me alegra que estés, tengo una reunión y parece que hay arroz con tocino de cielo.

—¡¿Qué dice?! Pues voy a por ello, oiga.

—No hay de eso que dice papá ¿Verdad? —Miré de reojo a mi madre y negó con la cabeza. —Nunca he visto este lado suyo.

—Y benditos aquellos que nunca lo han hecho. —Mi madre tragó saliva. —Debo ir a la reunión ¿Nos vemos en el almuerzo?

Asentí y nos abrazamos para después verles subir al tercer piso. Cuando se hizo el silencio y la calma, sólo pude observar la puerta y pensar como mi vida y libertad estaban siendo amenazadas.

Tenía apoyos y aliados, sabía que Casio no era digno de ser el heredero, pero el verdadero problema eran sus padres, sus majestades eran la verdadera amenaza. También que no fuese la única con control de mi cuerpo, las visiones delataban un artefacto en la habitación de mi padre, quizás el responsable de la muerte de Alexa en el pasado, pero sólo eran eso, hipótesis.

Quizás era una respuesta de mi cerebro al horror que encontramos en el viejo molino, quizás esto no era más que una fantasía y no la realidad, pero estaba viva, respiraba, sentía, mi corazón latía, sigo viva. Observé mi mano izquierda, moví los dedos y me agarré a cada recuerdo viejo y nuevo, bueno y malo, dulce y amargo, un ancla para centrarme.

Me marché dirigiendo mi paso hacia la habitación de mi padre, su laboratorio y despacho. Seguía como siempre, montañas de libros, muchos artefactos, pizarras con esquemas incomprensibles.

Ya había estado ahí otras veces, pero esa vez algo era diferente, un pulso constante en mi oído, más fuerte a cada paso, una guía hasta el escritorio. Revisé los cajones, rebusqué alrededor y al caer una pila de libros, múltiples glifos brillaron en una parte de la pared, palabras escritas en valirense brillaban con un tono celeste. Por suerte, las lecciones de lengua valirense de mi padre fueron excelentes.

—Porta ad… copiam scientiae.

Recité aquellas palabras y de los glifos surgieron raíces brillantes que formaron un arco, disolviendo la pared y mostrando una gran sala repleta de extraños artefactos y estantes llenos de papiros.

Vi cuando entré ahí una armadura en un maniquí, formada por infinitas escamas de acero blanco que no reflejaban la luz, y muchas pequeñas estructuras geométricas talladas perfectamente en piedra negra repleta de poros. De todas ellas, una esfera fue lo que llamó mi atención, una con múltiples líneas grabadas y un hueco circular de la que había una mancha grisácea.

Un impulso en mi interior y una sensación abrumadora de terror fueron todo cuando extendí mi mano para tocarla, la curiosidad me dominaba más y más cuanto más cerca estaban mis dedos de rozarlo. Y al tocarlo, el aire escapó de mis pulmones, un ahogo intenso y ganas de vomitar, el frío en mis carnes más helador que una ventisca, un segundo duró ese momento y fue muy familiar pero también tan largo como si pasaran horas o incluso días.

Siendo una niña pequeña, sostenía en mis manos el orbe, al principio pesado, pero un vaho negro empezaba a escapar de él y se volvía cada vez más ligero. Y de forma antinatural, el vaho pasó a ser manos que se dirigían a mis muñecas y, al contacto con mi piel, se introducían bajo ella cual agujas pero de forma indolora, sólo fría como el hielo.

—Lamento que esta no sea la salvación que siempre creísteis que sería, pero es la que siempre fue.

Una voz femenina habló entristecida mientras me veía con el cuerpo de una mujer, fuerte y de piel dorada, cubierto de tatuajes negros sobre soles hechos con remolinos. Observaba desde la copa de un árbol de corteza blanca y hojas doradas, bajo un cielo rojo cubierto de nubes verdosas, y ante mí una ciudad en llamas, de edificios de cemento y cristal desde donde se oían gritos de desesperación.

—Esta es la correcta, aunque ello implique la extinción de lo que queda de vosotros y de terminar este mundo.

Volví en mí y vi mi mano en el orbe, de tacto cual madera tallada. Noté que aquella mancha no era más que polvo en mis yemas, mientras aún reconocía aquel artefacto como el que vi en ese momento en la playa, como el de la primera visión.

Pero me surgieron más dudas, incapaz no sólo de responder a las preguntas, sino también de hacerlas. También sabía que la única persona a la que podía acudir era demasiado reticente a ser consultada.

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