Las Hojas de Valira. Capítulo 18.
Los días pasaron, Dante y Aslan habían partido a la capital, al tiempo que el emperador intentaba convocarme sólo para recibir la respuesta de Varea en cartas con un simple NO escrito. El día de nuestra partida llegó, Eyra estuvo nerviosa desde la noche anterior, mi padre y las madres de Eyra eran muy dramáticos por nuestra partida, mi madre sin cesar de estar orgullosa y Varea… simplemente no nos soportaba.
Aún así, salimos de palacio Eyra y yo con nuestros nuevos uniformes, con un porte de dignidad y respeto que causó un aplauso por parte del servicio y de los caballeros presentes.
—¡Estoy orgulloso de vosotras! —Edel apareció montado a caballo y con el uniforme. —Y de que ahora estemos bajo un mismo estandarte.
—Sois el orgullo de la Casa D’Ur. —Mi madre aplaudió. —En vosotras está una parte del espíritu de nuestra fundadora.
—Sí, adelante ¡Enhorabuena! —Varea aplaudió con sarcasmo. —Sobretodo por ti, Eyra, que no has salido desnuda.
—Pero llevo dulces tomados de la cocina.
—¡Eyra! —Grité indignada y ella sonrió. —Eres imposible.
—Es para el camino. —Me miró de forma sugerente y levantando las cejas varias veces. —Así pega para que pueda comerte mejor a la noche.
—¡Eyra, estás sacando al hombre severo que llevo dentro! —Mi padre se interpuso. —Ten mucho cuidado, jovencita.
—Tranquilo, archimago, que las pondremos en habitaciones y tiendas separadas. —Varea la miró con malicia. —La comandante suele ser muy obsesiva con la vigilancia en los campamentos y la fortaleza.
—Es hora de que traigan los caballos y de que Eyra y su familia se despida. —Mi madre dio una palmada. —Amor, mi pequeña.
—Hemos… preparado una armadura especial para ti, hecha de materiales que conseguí durante mis investigaciones gracias a ti. —Mi padre parecía estar a punto de llorar. —Sé que te gustará mucho pero no abras la caja hasta que tengas que ponértela.
—Quiere que disfrutes la sorpresa. —Mi madre acarició mi cabeza. —¿Es esta la vida que quieres?
—Sí, es la que deseo porque…
Vi a Eyra hablar con sus madres y lo felices que estaban, y a Edel observar el horizonte en silencio con un semblante serio y sereno.
—Tengo personas a las que quiero proteger, no sólo luchar por el honor de nuestra familia y el nuestro, sino por las vidas de aquellos a los que quiero.
Mis padres no cesaron de mirarme con orgullo pero en Varea había una mirada de desprecio a aquel momento. Cuando trajeron los caballos, vi el mío, una yegua blanca cargada con una mochila, petate y una caja blanca de madera de un tamaño no muy grande.
Nuestras familias nos dieron nuestras armas, concretamente mi padre a mí pues mi madre también nos acompañaba, justo antes de subir a nuestras monturas. Así fue el inicio de nuestra partida, Eyra y yo en dirección al Oeste a caballo, escoltadas por una comitiva de caballeros de la orden y lideradas por Edel, mi madre y Varea.
Galopábamos de forma ordenada y disciplinada, cosa que a Eyra ya parecía desagradarle. Los caballeros sentían curiosidad por ella y era normal, Eyra era única, hija de dos etnias, pero mientras la tomaban como un ser profundamente místico, la realidad es que mi pareja sólo era una mujer caótica, impulsiva y algo salvaje.
Paramos ante la estatua conmemorando la derrota de los dragones, observando Varea y mi madre los campos en silencio.
—Supongo que tendremos que pasar por el sitio chungo de camino. —Susurró Eyra preocupada. —Aún recuerdo el olor a carne quemada.
—Sí… yo también, es muy desagradable.
—¿Qué tal vais las dos? —Preguntó mi madre. —¿Queréis descansar?
—No, sólo hablábamos. —Respondí intranquila. —Tengo una pregunta, por cierto.
—Si es sobre la magia de sangre, no pienso responderte. —Varea habló con desprecio y tomó un poco de agua de su odre. —Y tampoco a ninguna de tus curiosidades.
—Yo sí os responderé. —Mi madre habló con una sonrisa. —Pero intuyo tu duda.
—La fortaleza de la orden es oficialmente Coeur du diable, que se encuentra al sur del continente, en el Desierto Rojo ¿Me equivoco? —Varea sonrió al oírme. —Sería más fácil ir en barco mientras los puertos no estén congelados, pero estamos yendo a caballo que es una ruta más larga.
—Has dicho oficialmente, y es cierto. —Mi madre respondió. —Pero hay otra fortaleza para los reclutas donde son entrenados.
—Mucha charla, muchachas. —Varea carraspeó. —Y Nimen no queda lejos así que continuemos.
—¡Sí, general!
Todos gritamos a la vez y Varea nos miró sorprendida a Eyra y a mí, sólo para sonreír después. Mi madre continuó el camino seguida por todos excepto por Varea, quedándome yo atrás y viendo como ella observaba el paisaje con una mirada perdida y triste.
—Lo que les dije a mis padres era completamente sincero.
—No lo pongo en duda pero no es lo que me molesta. —Agachó la cabeza y suspiró. —Beatrice dijo lo mismo cuando partió, siguiendo tu mismo camino.
Sonrió y alzó la vista al cielo despejado, como si se dejara bañar por los rayos del sol.
—Fue un día idéntico, mucha nieve, muchas expectativas. —Sostuvo con fuerza las riendas. —¿Qué palabras nos diría en estos momentos?
—Que nos vamos a morir de frío aquí.
Hubo un pequeño silencio incómodo durante unos segundos, pero después Varea empezó a reír.
—Sois dos putas gotas de agua. —Empezó a continuar el camino mientras seguía riendo. —Vamos, recluta.
Estuvimos a la par galopando para alcanzar a la compañía, observando en Varea como había disfrutado de nuestra conversación. Pasamos por Nimen, viendo las hogueras aún de pie, recordando las llamas y el olor a la carne quemada.
Aún estaban los cuerpos pero hubo uno que llamó mi atención, despertando la misma sensación que tuve con la esfera en el estudio de mi padre. Apenas lograba mantener la compostura, el horror y la oscuridad me devoraban y me arrastraban a un círculo infinito de recuerdos y pensamientos.
Por suerte, sentí el tacto de la mano desnuda de Eyra en mi rostro, viendo su cálida mirada y su bella sonrisa, liberándome de aquel malestar. Dejamos atrás la aldea, llegando al río que se encontraba congelado en ese entonces, sólo para que Varea levantara un puente de hielo y piedras sobre la superficie.
—Adelante.
Ordenó Varea y los primeros fueron mi madre y Edel, estando Eyra y yo las últimas. Quien iba delante de nosotras era la misma general, relajada, llenando de tabaco una pipa y encendiéndolo con magia.
—Sylvana, es un apellido curioso. —Exclamó mirando a Eyra por encima del ojo. —Bosque en mi lengua, apellido eliar de la hija de una elnar y una eloar.
—Sí, bueno, no soy muy curiosa con mis orígenes.
—Lo que son ahora no es más que decadencia absoluta. —Dejó escapar el humo y cerró los ojos. —Tenemos una historia muy profunda y un origen mucho más oscuro de lo que crees.
—¿Cuál es más oscura? ¿La de los que palmaron en su mayoría? ¿La de los fumahierbas o los asesinos cambiaformas que creen juntos que soy una herejía con patas?
—Antes de que la Forjadora fuera asesinada y que este continente se rompiera, esas gentes eran mucho más que víctimas, fumahierbas y asesinos. —Dio una calada profunda y negó con la cabeza con decepción. —Los palacios negros, los árboles andantes, las festividades lunares, las islas flotantes, esta tierra vivía en una paz asentada sobre viejas ruinas, con pequeñas guerras pero al menos nuestros enemigos eran una amenaza digna de epopeyas y canciones. Ahora vives una época oscura y… hasta yo preferiría no saber lo que hoy conozco, pero entender tu pasado puede ser útil para tu futuro, más de lo que podrías imaginar ahora.
—Echo de menos a la general borracha.
—Sí, y yo. —Varea se reía. —Pero hoy estoy curiosa y reflexiva.
—Esas ruinas que dices… —Carraspeé. —¿Estaban hechas de varillas de acero, cristal y hormigón? Como de apartamentos y oficinas… yo… quiero decir…
—Así es, sí.
Esas palabras llamaron completamente su atención, con un rostro de intriga mezclado con sorpresa.
—Curiosas palabras. —Negué con la cabeza. —Oficinas y apartamentos.
—No, que va.
—Recluta, tengo más años que cualquier árbol que tenga tu familia. —Sostuvo con fuerza la pipa. —No me insultes ¿De acuerdo?
—¿Qué tienen de especial? —Eyra preguntó preocupada. —¿Es algún material mágico o constructo antiguo?
—No, no tienen ningún valor. —Miró hacia delante mientras dejaba escapar de nuevo el humo. —Quiero silencio ahora, esa es vuestra palabra.
A pesar de la orden, Varea no dejaba de mirarme de vez en cuando, como si tuviera más preguntas que yo. Cuando habíamos cruzado el puente, continuamos hacia las laderas de las grandes montañas, los picos de Nimen, y sin darme cuenta, Varea estuvo en medio de Eyra y de mí.
—¿Cómo sabes esas cosas? —Preguntó con voz baja. —¿Es de tu padre o qué?
—Creo… que no soy yo. —Sujeté fuerte las riendas. —No, olvídalo.
—¿Tienes una manía de dejar de lado lo que empiezas o qué?
Cerré los ojos por un momento y respiré profundamente.
—Toqué un artefacto esférico de piedra negra, poroso con grabados raros que mi padre tenía guardado. —Miré a Varea de reojo. —Lo toqué la primera vez cuando tenía ocho años, y algo entró en mí, algo oscuro. Hace unos días lo volví a…
—Eso fue lo que te mató… —Eyra estuvo en shock y miró a Varea. —¿Qué demonios le pasaba a tu gente, tía?
—Silencio, recluta.
—Lo toqué de nuevo hace poco, lo encontré y… lo vi, un mundo diferente, un cielo rojo. —Temblaba sólo de recordarlo. —Era una mujer, de piel de oro y cabellos rojos, tatuajes como… los de Eyra pero con soles.
—Muchacha ¿Qué demonios hiciste? —Preguntó enfadada. —Todas en vuestra familia están condenadas a acabar en problemas gordos ¿No pudiste ser menos curiosa cuando niña o qué? El estúpido mago y la idiota de tu madre no…
—¡Oye, déjala en paz! —Gritó Eyra llamando la atención de todos. —Sólo era una niña joder ¡Y encima lo pasó mal! ¡Todos lo pasaron mal! ¡¿Qué coño iba a saber si era una cría?!
No pude evitar llorar y romperme, sintiendo una gran culpabilidad por aquellas palabras de Varea.
—General. —Mi madre habló. —¿Hay algún problema?
Varea se vio intentando contener su enfado pero después estuvo arrepentida, suspirando y guardando su pipa.
—Esto es entre ella y yo, comandante, así que ignore ahora sus lazos familiares. —Mi madre y Varea se miraron desafiantes. —Tendremos una conversación en mi despacho en cuanto podamos.
Continuamos los senderos con dificultad, subiendo por la ladera de la montaña durante bastante tiempo hasta alcanzar a ver el castillo escondido. La piedra blanca caliza de sus murallas y palacio destacaban como una perla en la nieve, el humo de las hogueras y chimeneas se vislumbraban con dificultad.
Nosotras nos quedamos atrás y vi a Eyra preocupada, incapaz de saber que decir.
—Ojalá tuviese respuestas a todo lo que me pasa. —Exclamé. —Estoy…
—¿Asustada? Entre el príncipe imbécil y eso, es algo que se ve. —Sonrió un poco. —Si tuvieras respuestas, sé que me las dirías, que no harías la misma estupidez que yo.
—Siempre que pueda, intentaré consolarnos a ambas.
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