Las Hojas de Valira. Capítulo 19.


[Este capítulo contiene contenido sexual explícito] 

Llegamos a la fortaleza, justo a la entrada donde los sirvientes nos ayudaron a todos a bajar de los caballos y a mover cajas de víveres. Podía ver varias catapultas y balistas montándose, y oler a carne recientemente asada.

—General, comandante. —Un caballero llegó. —Una carta del emperador llegó al Desierto Rojo hace tres días. La han enviado hoy nuestros mensajeros.

—Llevad a las nuevas reclutas a sus habitaciones con sus cosas y mostradles la fortaleza. —Ordenó Varea. —Cuando terminéis, traedme a Alexa a mi segundo despacho. 

Durante el resto del día nos enseñaron todos los lugares, el arsenal, el palacio, los establos, la torre de los magos de la orden, el comedor y los dormitorios. Nuestras habitaciones estaban en zonas diferentes, pero nuestras ventanas estaban frente a frente, era algo que parecía venir de mi madre y de Varea, aunque no sabría decir quien con que.

Conocimos a muchos caballeros, todos muy amables, con armas muy curiosas, algunos con tatuajes, otros de otras especies como enanos, elfos, medianos, y de orígenes plebeyos, nobles o bastardos. Lo importante y curioso, todos éramos diferentes, pero éramos iguales por nuestro uniforme, sin juicios ni actitudes hostiles.

Después de eso, los caballeros no me dieron tiempo de hablar con Eyra, simplemente me escoltaron al palacio de la fortaleza. Pero no acabé en un despacho, sino en una sala subterránea, llena de cuadros al óleo de personas y paisajes, con un fuerte olor a pintura… y sangre.

Había un cuadro de un cielo rojo, una ciudad de mis visiones ardiendo, humanos gritando y criaturas con múltiples patas y alas de insectos volando. Pero en el centro un gran roble como en mi visión, con la figura de una mujer en el centro, una elfa de piel de oro y cabellos rojos, con tatuajes de soles y sus ojos dorados brillando, como una deidad causando el mismo fin del mundo.

Había otro cuadro, la misma mujer, pero acompañada de otras dos similares a ella, una elnar y una eloar. Estaban guiando a una multitud de elfos, eliars, eloars, elnars, algunos con rasgos marinos, otros con alas.

—Estamos solas. —Varea habló mientras cerraba la puerta. —¿Te gustan? Es mi diversión, la pintura, recordando la vida del mundo.

—Es… tétrico.

—Mucho. —Caminó hacia mí y rebuscó entre los cuadros apilados. —Pero es el pasado, es nuestra historia como habitantes de este mundo, incluso yo recuerdo mi pasado, Oriel, la mano derecha de la Forjadora.

Me mostró un retrato de ella, una Varea de piel de ébano y cabellos rojos, de ojos dorados, con una armadura de escamas blancas y una espada élfica, con una postura sentada y mirando fijamente con devoción.

—La humanidad que conocí en sus últimos días no es la que hoy es, un eco de un cordero sacrificial para restaurar el equilibrio. —Mi corazón latía sólo de oírla, no de miedo sino de algún extraño enfado. —Eso es lo malo de ser sacrificios, no te trae nada bueno, nada te compensa ni te recompensa cuando el destino te reclama, sólo una moneda para que el resto siga en orden. Conozco muy bien eso.

—No entiendo por qué me cuentas todo esto.

—Que la Forjadora, la mujer que tú viste, le encanta crear planes y chivos expiatorios para que todo salga según su interés. —Dejó a un lado el cuadro y se cruzó de brazos. —No te miente pero no sabes como va a ser su plan ¿Te dice guerra? Y crees saber cuál será cada bando ¿Salvación? Pero no lo que habrá por el camino ¿Volver a la vida? Pero no cuales vidas se perderán.

Sentía enfado en mi interior pero también… halago, y, sin embargo, yo sólo estaba perpleja, incapaz de reaccionar. Y es como si Varea buscase mi reacción, observándome atentamente.

—No parece diferente de ti, usando a Edel y causándole la misma extraña magia y maldición que te aflige.

—Quizás porque no soy ninguna santa o heroína, aquí nadie lo es, pero nosotros somos peores, sangre, venganza, ambición, y no importan cuantos vayan a morir. —Habló seria y molesta pero tranquila. —La familia imperial quiere paz y orden, y serán motivos egoístas y nefastos, sí, será una paz frágil, pero no morirían inocentes ni habría hambrunas si ellos consiguieran esa paz ¿Y tú? Podrías dejarte atrapar por ellos, obedecer y que siga la paz, pero quieres libertad.

—Y ayudar a Edel.

—Si tu amistad vale más que cientos de miles de vidas, no eres diferente de ella, ninguna lo somos, harás maldad en nombre de la amistad, el amor, la paz y tal. —Negó con la cabeza. —Pero es difícil saber si somos tan malvados como la Forjadora, lo que está claro es que ninguna es una heroína, nadie es un héroe en ningún bando.

—Primero te pones críptica y ahora me das una lección de moral. —Desvié la mirada y sonreí molesta. —Nunca pensé en lo que era correcto cuando me uní a la orden, sino en lo que yo quería hacer con mi vida, y no quiero sacrificarla por el bien de todos sino para las personas que quiero, mi familia, mis amigos, Eyra, incluso si eso es dejar a un lado al imperio, incluso si soy egoísta o vista como malvada, incluso si sacrifico mi psique y mi cuerpo por algo tan intrascendente. Simplemente no quiero perderlos y vivir una vida sin ellos.

Varea estuvo perpleja y, al momento, se vio más molesta, como si deseara patear un cuadro.

—Márchate, venga. —Estuve impasible ante su orden. —¡¿Estás sorda, recluta?! ¡He dicho que te vayas!

—¿Intentas aún convencerme de que me vaya o sólo averiguar algo que escapa a mi comprensión? —Varea intentó tomarme del cuello pero dudó. —Basta de juegos, general.

—Estoy perdiendo la paciencia, muchacha. —Alguien llamó a la puerta y Varea recuperó la compostura. —¿Quién es?

—General, soy Eyra. —Exclamó ella. —La comandante D’Ur exige la presencia de… la recluta D’Ur. No me acostumbro a esto. 

Varea hizo un gesto con la mano para que me marchara y salí de la habitación, encontrando en la puerta a Eyra. Ambas nos marchamos, estando yo delante por alguna razón que no entendía, hasta que, al llegar al patio de la fortaleza, ella tomó mi mano.

—Yo… era mentira, lo de que tu madre… —Eyra suspiró. —Estaba escuchando a escondidas.

—Gracias por sacarme de allí.

—Esa tía es una imbécil, todas esas mierdas que suelta intentando que te largues… —Me abrazó con fuerza y respiró profundamente en mi hombro. —No eres mala persona, Alexa.

—Eso no significa que sea buena tampoco.

—Lady Eyra, lady Alexa. —Mi madre apareció detrás de mí por sorpresa. —¿No estáis demasiado cerca entre vosotras?

—Lo siento, señora ¡Comandante! —Eyra se apartó muy nerviosa. —Sólo… teníamos una charla emocional.

—Estoy bien. —Sonreí relajada y mi madre acarició mi cabeza. —Una charla incómoda con la general.

—Si necesitas hablar de ello, puedes venir siempre a mi despacho. 

Mi madre miró a Eyra por un momento.

—Y tú, cuando te dije que te relacionaras con tus nuevos compañeros de armas, no pensé que estarías sólo el tiempo justo hasta que me fuera ¿No pensaste que me daría cuenta?

—Me agobiaba.

—¿El qué? ¿Tus compañeros? ¿Tratar con gente? ¿El ambiente?

—Todo, me agobia todo. —Eyra se rascó la nuca y desvió la mirada. —No lo parece pero los momentos sociales no son lo mío.

—En realidad sí se nota, un poco. —Soltó una ligera carcajada mi madre. —Se está haciendo tarde y pronto será la cena. Id al comedor y tomad sitio.

—Sí, comandante.

Ambas nos fuimos al gran salón, pero Eyra se paró frente a las puertas y me miró de reojo. Estaba roja y nerviosa, más cuando sostuve su mano derecha.

—¿Qué ocurre, Eyra?

—Este lugar tiene termas de esas antiguas, ya sabes ¿Valirenses? —Apreté fuerte su mano. —Podríamos bañarnos juntas a modo de cortejo o… una cita.

Besé sus labios con delicadeza, arrinconándola en la puerta. Ambas nos miramos, veía un deseo en sus ojos, un deseo por tomarme en ese momento, sintiendo su otra mano en mis nalgas.

—No sé si eso es un sí pero… —Eyra jadeó encendida. —Mierda, eres preciosa y yo… estoy perdiendo la cabeza, no quiero fastidiar nada.

—Es obvio que quiero esa cita contigo, Eyra.

—¡Ya pero me pongo nerviosa! —Me abrazó con fuerza y cerré los ojos, sonriendo tontamente. —Quiero hacerte feliz, Alexa

—Lo haces, más de lo que imaginas.

Me tomó de la mano por sorpresa y me llevó con ella a las profundidades del castillo, bajando escaleras y recorriendo pasillos que empezaban a estar más inundadas de vapor. Sentía mucha calor, quizás el ambiente, o quizás la situación, pero mi cabeza estaba llenándose de pensamientos y recuerdos de Eyra desnuda.

Cuando llegamos a los vestuarios, vi muchas toallas pero a Eyra les daba igual, se centró sólo en mí besando mis labios, agarrando mi cintura, bajando después a mi cuello. Desabrochaba los botones de mi chaqueta, nerviosa y con mucha velocidad, mientras su lengua rozaba mi piel y sus ojos estaban posados en los míos, brillando y mirando con pasión, a la vez que su saliva caía por mi clavícula y mis manos se agarraban a su pecho.

—Basta… —La aparté e intenté recuperar el aliento. —Eres demasiado… intensa.

Me quité la chaqueta al tiempo que la veía ansiosa, desnudándose lo más rápido posible.

—Eyra, no hay nadie, podemos tomarnos nuestro tiempo.

No respondió, arrojó a un lado las botas justo cuando había dejado caer mi camisa. Observó desnuda mis senos, dudando con sus manos tan cerca de ellas, y puse mis manos en su rostro.

—Ve al agua, relájate. —Tragó saliva al oírme. —No tardo, lo prometo.

Asintió con duda y se marchó, observando su cuerpo, su espalda, su cabello suelto, sus piernas, había un poco de obsesión en mí por ella. Cuando terminé de desnudarme, la seguí y vi aquel lugar, piscinas de agua caliente, iluminada por cristales mágicos y entre muros de mármol negro.

Mientras me metía en el agua, Eyra emergió y me observó desde abajo. No pude evitar sonreír por como me miraba, como a un clérigo que se le presenta un milagro, a punto de rezar.

—Ya me has visto desnuda muchas veces.

—Lo sé pero no me canso nunca de maravillarme. —Acarició mis piernas y las besó mientras yo acariciaba su cabeza. —Mi señora.

—Mi caballero.

Nuestros cuerpos se rozaron cuando se levantó, sus labios tocaban uno de mis senos y sus manos agarraban mis nalgas con fuerza. Yo intentaba no gemir y la aparté, empujándola de espaldas al agua para su sorpresa.

—Pero… —Escupió agua molesta. —¿A qué ha venido eso, Alexa?

—Greum.

Invoqué un trono de mármol bajo Eyra, sentándola y separando sus pies con mis manos. Me hundí en el agua, estando de rodillas con su miembro erecto y muy cerca de mi nariz, viéndola muy roja y nerviosa.

—¿Puedo? —Eyra sólo cerró los ojos. —No lo haré si no quieres.

—Me gusta follar y usar mi… polla, joder. —Desvió la mirada. —Pero me asusta, no quiero que dejes de verme como soy realmente por… si disfruto.

—No vas a dejar de ser una mujer por una tontería como esa, y mi visión no va a cambiar tampoco.

—¡¿Ves?! ¡Por esto me gustas tanto! —Derramó una lágrima y me miró feliz. —Tú haces que todo parezca tan fácil aunque… no lo sea.

—Para mí sí es fácil, Eyra. —Besé el glande y le guiñé un ojo. —Somos pareja y eso no va a cambiar.

Acarició mi rostro con sus manos y me miró más encendida aún, con sus tatuajes tomando un brillo blanquecino, sintiendo de nuevo el olor a azahar. Sentí raíces tomando mis muñecas y mis tobillos, y vi a Eyra de pie, agarrando mi barbilla con una mano.

—Eres mía entonces, Alexa. —Susurró seria. —Dilo.

—¿Eyra? Yo…

Esa autoridad, esa postura, aquel momento, no mentiré pues me gustó mucho la forma en la que Eyra quería dominar.

—Sí, soy tuya. —Besé de nuevo su glande. —Déjame sentirte dentro de mí.

—Mierda… no me digas esas cosas, joder.

Me soltó por un momento y tomé más su pene, con mis labios alrededor de su glande apretando con fuerza.

—¡Alexa, es…! —Jadeó encendida y por la sorpresa. —Si así… quieres jugar, de acuerdo.

Me tomó de la nuca, apretando con fuerza hacia si misma e introduciendo de golpe su pene hasta mi garganta. Yo me agarré con fuerza a sus muslos, mirándonos a los ojos Eyra y yo, viendo como se retorcía de placer y gemía mi nombre.

No negaré que también me gustaba, aquellas palpitaciones, el tenue sabor de su sudor, sus testículos en mi barbilla. Poco a poco empezó a moverse, débiles pero largas arremetidas mientras agarraba con fuerza mi cabello y me miraba molesta.

—Por tu culpa voy… a tener que desahogarme contigo. —Susurró. —Noble insolente… y sucia.

—Seguro que deben estar aquí.

Oímos a varias personas y en aquel instante ambas callamos, mas Eyra se había hecho invisible y la había metido del todo en mí. Por suerte, estaba yo dando de espaldas al vestuario y el agua, no muy clara, llegaba a mi cuello, así que al menos sólo me verían a mí.

—Ah, ahí están una de las nuevas. —Exclamó una chica. —¡Hola, que tal!

No pude responder por obvias razones, pero notaba como las palpitaciones cada vez iban más fuertes.

—Esa es la hija de la comandante, seguro. —Exclamó otra chica. —Creo que está practicando magia. 

—Sería mejor si la dejamos en paz.

—Sí, habrá llegado hace nada, además, la general está obsesionada con ella y la otra.

—¡Oye, vamos a cenar! —Gritó la chica. —¡Estaremos en la mesa central!

Mientras escuchaba como se iban, sentí las palpitaciones mucho más intensamente y como se corría dentro de mi garganta, aquel fluido espeso y caliente en cantidad bajando en mi interior. No pude siquiera toser, sólo apretar los puños y ver como Eyra volvía a aparecer.

Se apartó de mí, dejándome al fin respirar y liberándome de las ataduras. Estaba ella muy asustada, pero sólo tuve que tomarla de las manos y hacer que estuviera sentada frente a mí.

—Yo… lo siento, Alexa. —Evitó mirarme a los ojos arrepentida en su tono y gestos. —No pude evitarlo, no quería hacerte daño, en serio.

—No me has hecho daño y… he disfrutado mucho. —La besé en los labios y apoyé mi cabeza en su hombro. —Vamos a quedarnos aquí un rato ¿Vale?

—Me da demasiada vergüenza ir a cenar.

—¿Por correrte en la hija de la comandante? —Solté una carcajada.

—¡¿Sí?! ¡Y-yo estaré comiendo y seguramente siendo observada por tu madre! —Me apartó nerviosa. —¡Juzgando mientras yo pues… he estado dentro de ti y…!

—No estabas nerviosa cuando partimos, chica de los dulces.

—¡Estaba jodidamente nerviosa! —Se llevó las manos a su rostro. —No quería que pensaran que tú y yo…

—Ya lo sabían. —Me miró sorprendida. —Dejamos muchas pruebas por ahí y seguramente toda la orden lo acabe descubriendo. No somos muy discretas follando. 

Eyra enmudeció y se hundió en el agua por unos momentos.

—Después de todo, quiero seguir a tu lado toda mi vida. —Eyra me miró avergonzada bajo el agua mientras yo sonreía. —Y me gusta tu lado dominante, así que tendrás que acostumbrarte, sobretodo porque follaremos mucho.

—¡Te puedo oír! —Gritó al salir del agua y empezó a salpicarme. —¡Deja de fastidiarme, idiota pelirroja! ¡Tú y tu palabrería de pelirroja tonta enamorachicas! 

No pude dejar de reír y acabó abrazándome en el agua. Así estuvimos durante bastante tiempo, disfrutando del momento en silencio la una junto a la otra, sintiendo su cuerpo con el mío sin miedo alguno.

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