Las Hojas de Valira. Capítulo 20.
Tras saltarnos la cena, volvimos a nuestros respectivos dormitorios y descansamos toda la noche. Me costaba dormir un poco, no sólo por haber disfrutado con Eyra, sino por la oscura charla de Varea.
Tardaría bastante en conseguir respuestas, así que fui paciente y decidí asentarme correctamente en la orden. Con el uniforme y mi espada, caminé hacia la plaza del castillo, y allí donde sonó un cuerno.
Poco a poco todos los caballeros de la orden se reunieron esa mañana, y Eyra se quedó a mi lado, nerviosa y de brazos cruzados. La gente no dejaba de mirarnos, de murmurar y cuchichear.
—¿Vosotras sois las nuevas? —Preguntó una mediana caballero y asentí. —¿Eres la hija de la comandante?
—Sí, así es.
Un hombre apareció, de uniforme de la orden, enano, piel oscura y ojos verdes, cabello rojo y barba espesa.
—Pero eso no da derecho a saltarse las actividades de la orden
—Aún no me he recuperado del todo del duelo con la general. —Todos enmudecieron. —Lamento enormemente mi falta pero espero la comprensión de todos si es posible.
—¿Era verdad al final ese duelo? —Preguntó la mediana.
—Claro, joder. —Eyra se encogió de hombros. —No fue la gran cosa.
—¿Perdona? Nos dejó a rastras en la nieve después de dejarla sin fuerzas. —Miré indignada a Eyra. —Yo misma me quedé sin magia.
—Sí, es cierto.
Edel apareció y se unió al enano.
—Comandante Rheus.
—Capitán Edel. —Ambos asintieron. —Hoy temprano os hemos convocado para un entrenamiento.
—No esperéis en invierno ningún tipo de maniobra o duelo, sólo una simple cacería. —Edel carraspeó. —Un jabalí gigante ronda por estas montañas, y cuya carne podrá alimentar a las aldeas del Oeste durante la mitad del invierno, así que es nuestro deber ayudar a la gente. Es prioritario debido a las malas cosechas y a la falta de alimentos.
—Pero esto no es sólo una lección de humildad, es vuestro entrenamiento para coordinaros y formar lazos. —El comandante nos miró a Eyra y a mí. —Arcos, caballos, lanzas, coged lo que queráis, usad magia incluso, tomad las semanas que sean necesarias para encontrarlo, pero cazad a ese jabalí.
—Partid de inmediato pues. —Ordenó Edel. —¡Vamos!
Todos nos preparamos, yo sobretodo, mi espada, una lanza, provisiones, mis ballestas de mano, un arco corto y un carcaj de flechas. También abrí el regalo de mis padres, una armadura hecha de pequeñas escamas del metal más duro del mundo y más difícil de tratar, Acero Blanco.
Además tenía hombreras, guanteletes y botas con runas mágicas talladas, y por los años que había vivido como una alta aristócrata, era una jodida armadura carísima, tanto como comprar un puto título o un castillo. Y apartando a un lado la nula humildad de los D’Ur, la armadura se sentía muy ligera y cómoda, muy bien ajustada a mi cuerpo y fácil de vestir, algo imposible en un equipamiento.
Llevaba además un tabardo con el emblema de los Diablos Negros en el pecho y una capa con el símbolo de la Casa D’Ur, el olivo. Los vestí también, estaba orgullosa de quien era, una D’Ur y una caballero de la orden.
Al salir al patio del castillo y montar a mi caballo, vi a Edel montando también, llevando una armadura de placas, pero también el tabardo de la orden y una capa negra con el símbolo de la familia imperial, la flor de lis dorada. Cuando me vio, noté la mirada en mi capa, y aunque estaba feliz, también veía tristeza, seguramente por no poder llevar el escudo familiar de los D’Ur, y eso era una línea oficial que nos separaba y que ignorábamos durante años, hermanos en lo íntimo pero… ante el mundo un príncipe y la heredera del ducado.
—Capitán. —Sonreí relajada. —No hemos tenido tiempo para hablar a solas.
—¿Quieres compartir tu sabiduría con tu capitán, sabionda?
—Sólo saber como estás. —Suspiró y se rascó la nuca. —¿Algo te preocupa?
—Mi padre. —Me sorprendió al oírle. —No es lo que piensas, ha solicitado tu presencia y la de tu madre en su palacio.
—Supongo que tendré que ir.
—No, Camille y Varea respondieron que es imposible pero sólo retrasan lo inevitable. —Se veía muy preocupado. —Y que puedas estar en un lugar tan peligroso…
—Pensar tanto a futuro sólo te hará sentir peor. —Me encogí de hombros. —No creo que ocurra nada, la ira de Eyra y mi familia es temible.
—Sí, sobretodo tu padre. —Soltó una carcajada. —Si se enterasen tus padres de lo que pasó anoche…
—¿Cómo sabes que ayer nosotras…?
—La magia de sangre, percibo cada ser vivo a bastantes distancias y puedo saber muchas… em, cosas.
—No hay forma de parar eso ¿No? —Negó con la cabeza. —No debe ser fácil vivir así.
—No pero yo decidí vivir así.
—Nunca has compartido nada sobre la magia de sangre. —Toqué su hombro. —Me gustaría entenderlo mejor, y entender como debes estar sufriendo.
—Créeme, siempre he querido compartir todos los secretos pero… le hice una promesa a la general. —Apartó mi mano rápidamente. —Somos familia pero mi honor y mi venganza valen más que…
—Que quieras vengarte es normal. —Suspiré molesta. —Pero si la pones por delante de quienes te queremos sólo te destruirás a ti mismo.
—Sabes que siempre estuve destinado a ello. —Sujetó las riendas con fuerza. —Nunca podré ser amante, hermano y amigo porque alguien debe sentarse en el trono, y mi destino es ser usurpador, líder y general. Es el camino que el destino me ha marcado, y aunque tú puedes escapar, yo no.
—Yo no puedo escapar de ser la futura duquesa.
—¡Pero sí puedes elegir como llegar a ese destino! —Gritó enfadado. —Puedes… amar a quien quieras sin miedo y decidir sobre tu vida, elegir a tus hermanos y amigos, elegir confiar sin que te utilicen.
Aquel grito llamó la atención de todos y contuvo como pudo su dolor mientras yo sólo podía observarle con impotencia.
—¿Qué coño pasa? —Eyra llegó con su caballo, montando y cargando con sus armas, y vistiendo su armadura y el tabardo de la orden. —¿Ha habido algún problema?
—No, sólo un debate tonto. —Edel negó con la cabeza. —¡Vamos, quiero a todos los reclutas listos!
De alguna manera se sintió como el primer paso del fin de una relación, en el que aquel hombre a quien consideraba mi hermano era sólo un recuerdo de una época inocente. Todos ya estaban preparados, se tomaron lanzas, trampas, herramientas, carros y caballos, partiendo entonces al Oeste por un paso en la falda de la montaña, liderados por Edel y Rheus.
Hubo un momento donde parecía ir bien la travesía, la cacería ya tenía sus grupos, y sus miembros sólo se ayudaban entre ellos mientras Eyra y yo estábamos a la par.
Aquello no era lo que tenía en mente de ser caballero, pero la mirada y sonrisa de Eyra hacían todo fácil. Y aquella belleza con la ladera nevada de fondo no ayudaba, quería tener más momentos con ella, no sólo sexo, sino… situaciones a solas, disfrutando del momento, del tiempo y del lugar.
—¿Ocurre algo? —Preguntó Eyra y negué con la cabeza. —Me da un poco de vergüenza que…
—¡Cuidado!
Un caballero gritó detrás nuestra, no muy lejos y todos los que estábamos delante nos dimos la vuelta. Uno de los carros había perdido sus caballos y se dirigía cuesta abajo hacia los que aún bajaban, cogiendo velocidad en el momento.
Eyra levantó una barricada de raíces en forma de lanzas en diagonal, ignorando si eso destruiría la integridad del carro, mientras que yo simplemente usé yeliara, congelando completamente las ruedas y llenándolas de esquirlas muy afiladas que, por suerte, lograron detener su avance justo al llegar al muro de Eyra sin dañar su estructura.
—¿Estás bien, pelirro… Alexa? —Exclamó Eyra avergonzada. —Perdón, no…
—¡Eso ha sido increíble, chicas!
Los caballeros nos aplaudieron y vitorearon, pero Eyra sólo se sintió muy incomoda con el momento.
—¡Debéis tener mucho cuidado con el equipo, sois caballeros! —Gritó Rheus. —Buen trabajo vosotras dos.
—La verdad es que el carro no me importaba. —Susurró Eyra. —Pero ya te habrás dado cuenta.
—Me sorprende, un poco al menos.
—Temía que te alcanzara, aunque estuviera lejos. —Se encogió de hombros. —No lo pensé mucho.
Ella me miró pero con duda sobre sí misma, sus palabras y el tono la delataba.
—Ahora somos caballeros, Eyra. —Susurré seria. —Debemos apoyar a los demás también, y que nos apoyen.
—Ya, apoyar. —Suspiró molesta. —Pero tú eres mi prioridad, eres mía ¿Recuerdas?
—No… lo digas así, joder.
Estaba avergonzada, y mientras tuvimos esa conversación, ignoramos que el comandante regañaba al resto de reclutas. Cuando lograron arreglar el carro y enganchar de nuevo los caballos, golpeé a Eyra en el brazo con un puñetazo, viéndola sonreír un poco, justo cuando el comandante iba a hablar.
—¡Debéis aprender a trabajar juntos, todos pertenecéis a la orden! —Gritó de forma severa. —¡Cuando no hay mozos cargando flechas para vuestros carcajes, cuando no hay mozos llevando vuestro equipo y cuidando a vuestro caballo, y cuando estéis en la más absoluta soledad intentando seguir la lucha, sólo podréis confiar los unos en los otros! ¡No hay sangre noble ni plebeya, ni razas ni casas nobiliarias, sois todos iguales bajo ese uniforme y en la muerte!
—Eh, entonces nosotras lo hicimos bien. —Exclamó orgullosa Eyra. —Es bueno que dependan de nosotras.
—El comandante no ha dicho eso. —Edel habló. —Dependemos los unos de los otros, y lo hiciste bien, pero también tendrás que confiar en tus compañeros si tienes problemas. No importa si eres especial, porque eso no te hará superior, sólo un cadáver si no ves la realidad.
—Lo pillo. —Eyra suspiró molesta.
—No, no lo pillas, esto no es un…
—Suficiente, capitán. —Exclamé al ver a Eyra a punto de gritar. —Estamos esperando su orden y la del comandante para seguir.
—La recluta D’Ur lo entiende. —Asintió Rheus. —¡En marcha!
Continuamos el camino, observando los campos y bosques, mientras sentía que Edel quería decirme algo, simplemente su mirada en mí de forma constante lo decía todo. Pero yo lo ignoraba, Eyra parecía notarlo, y solía ayudarme dándome conversación, haciendo fácil nuestro segundo día como caballeros.
Tras las montañas, acampamos en un claro, cada grupo montaba su tienda de campaña y algunos preparaban la del comandante y el capitán, mientras Eyra simplemente creaba una pequeña cabaña hecha de ramas sobre la base de una rama más grande, en un pino, oculta bajo las demás ramas.
Simplemente con una raíz colgando de ella a modo de cuerda, pude subir y ver a Eyra ahí dentro, preparando el petate mientras aquel lugar era bastante cálido y agradable. Ella se veía fuerte, a pesar del uso de magia no estaba siquiera agotada, sonriendo mientras tomaba mi mochila y preparaba también mi petate.
—La verdad… estoy impresionada, has montado tu propio balcón donde colarte. —Exclamé entre risas. —¿No le importará al comandante?
—Lo dudo. —Se sentó en su petate y señaló la entrada. —Desde aquí puedo vigilar movimientos incluso de noche, visión en la oscuridad.
Observé las vistas, la inmensidad blanca decorada de árboles nevados y por la luz del sol atardeciendo, el humo de las chimeneas en una aldea en la larga distancia, el olor a humedad y el silencio a veces interrumpido por el sonido del viento.
—Sé que estamos en una misión y… que últimamente sólo hemos estado follando. —Eyra se sonrojó al tiempo que hablaba. —No sé como hacer cosas que no impliquen… ya sabes. No soy buena cocinando, nunca he necesitado ir a comprar ropa o joyas, y no es como si tú hubieses querido alguna vez pero… quería hacer algo especial, de mí hacia ti.
—Que estemos juntas ya es especial, no necesitas hacer nada más, soy yo la que…
—Que me aceptes es todo lo que quiero, tú sólo necesitas hacer eso y… lo haces muy bien. —Cerró los ojos y sonrió tontamente. —Quererme tal y como soy hace que me muera de felicidad cada instante a tu lado. Pero quiero darte momentos así, citas... Románticas.
Me acerqué a ella, sentada frente a frente y la besé en los labios, pegando nuestros cuerpos pero chocando nuestras armaduras. Nuestras manos se agarraban y nuestras miradas se cruzaban, sin separar nuestros labios disfrutamos ese instante de serenidad, dos amantes a escondidas, dos caballeros en vigilia.
—Te… quiero, Alexa.
—Y yo a ti. —Susurré relajada. —Mi Eyra.
Comentarios
Publicar un comentario