Las Hojas de Valira. Capítulo 21.


Pasé la noche durmiendo con Eyra, abrazadas sin armadura y descansando en calidez. Soñé entonces con una versión de Alexa mucho más joven, en el comedor de palacio, donde comía dulces y bebía chocolate caliente.

Me era muy familiar, no por… bueno, sólo haber vivido ahí sino porque era un recuerdo, de cuando la verdadera Alexa tenía cinco años, sus sensaciones, sus pensamientos, todo lo tenía a mano. Me sentía sola, apenas veía a Noah y Camille, y las rutinas eran siempre cama, salón, jugar en el despacho de… mi madre, después en el de mi padre, y bueno, cenar sola y dormir en mi dormitorio.

Aquel recuerdo era más vivo que cualquiera mío o que el del orbe, pero había algo fuera de lugar, el sonido del mar proviniendo de las grandes puertas del gran salón. Me asomé con cuidado, viendo un montículo de arena rodeado por el mar, y sentada en el centro estaba Alexa, adulta, cubierta hasta el cuello de una segunda piel tan negra como la brea, reflejando la luz de un sol que no se veía en el cielo azul.

Su rostro mostraba serenidad, observando el infinito mientras el viento mecía su cabello rojo.

—¿Por qué te resistes? —Susurró. —Los días en esa cama ya no están, pero el dolor sí, no importa si lo niegas.

—¿A qué me resisto?

—A la paz. —Alzó la cabeza y sonrió. —Sólo tienes que dejarme a mí mandar y podrás vivir en paz.

—¿Eres… Alexa?

Levantó una ceja, volteó la cabeza y me miró a los ojos.

—No, si lo fueras, tomarías el control, no me preguntarías. —Sonrió un poco al oírme. —Si no eres Alexa ¿Quién eres?

—Es una pregunta complicada.

—Yo creo que es muy simple. —Empezó a reír de forma maníaca. —Quizás es algún tipo de broma.

—Quizás, he sido muchas cosas y ya no recuerdo cual soy o que era, sólo… como empecé.

—Empiezo a cansarme de las mierdas crípticas.

—La humanidad y su necesidad de que todo sea tan simple y masticado para que no les cueste razonarlo. —Suspiró molesta y cerró los ojos. —Me alegra haber abandonado esa parte de mí en su día.

—Si planeas algo terrible o…

—Humana, soy una prisionera aquí, lo máximo es intervenir y forzar las cosas a tu favor a veces. —Abrió los ojos de nuevo y los mostró completamente negros. —Soy temible pero ya no poderosa.

—Entonces haré bien manteniéndote presa.

—¿Manteniéndome? Irónico. —Sonrió con malicia. —Tú fuiste quien me liberó de mi celda y me trajo aquí, y casi logré salir del todo ¿Realmente crees ser mi carcelera, joven?

—¿Yo te…? La esfera. —Exclamé. —Entonces ¿Qué te impide tomar el control?

—La necesidad, o la falta de ella diría. —Me acerqué lentamente a ella. —Podría contártelo o… podría decirte lo que Oriel oculta, las respuestas que buscas.

—¿Sobre las visiones? ¿El orbe? ¿O…?

—Sí, la curiosidad innata, no puedes evitarlo. —Extendió su mano como si quisiera ponerla sobre mi cabeza. —Sólo tienes que ceder.

Tuve la misma sensación que con la criatura oscura, unas nauseas terribles.

—No soy Ralia, soy diferente.

—No lo creo. —Me aparté un poco. —Me cuesta confiar en ti y en tanta palabrería. Así que creo que eres Alexa, o eres…

—Supones que soy Alexa porque te han educado en magia. —Apartó la mano y asintió con una sonrisa. —Un cuerpo sólo puede albergar dos almas, pero si es cierto, hay que pensar que la fuente de la magia es el alma, no todos pueden usarla de forma innata, se requiere de tiempo para eso como el archimago hemnas, o simplemente no pueden, o tienen el talento necesario. 

—Conozco la teoría. 

—Pues ya sabes que esa magia que haces sólo viene de ti, y yo sólo puedo controlar la mía. —Bajo sus pies surgieron tentáculos negros envueltos en un fluido oscuro que devoraba la luz. —¿Ves? Pero los recuerdos son otra cosa, eso no podemos controlarlo.

—He tenido visiones mías y de Alexa, y…

Las visiones que tenía de la llamada Forjadora indicaban que esa mujer era ella, pero no podía ser posible.

—Dos almas, es imposible que pueda albergar más, y menos este cuerpo. —Exclamó. —¿Ves por dónde voy? ¿Acaso crees que viniste de otro lugar? ¿Qué eras la niña moribunda en una cama de hospital?

—Ese recuerdo… era real, aún lo tengo en…

—Es real, ocurrió, hace muchísimo tiempo, pero esa vida que creías haber vivido no es tuya. —Negó con la cabeza. —Ni siquiera sabes como te llamabas.

—Yo… era… yo... me llamaba…

—No puedes saberlo, abandoné ese nombre y nadie lo podría recordar por el tiempo pasado, ni siquiera yo puedo recordarlo. —Los tentáculos desaparecieron. —Creíste que yo era Alexa, pero tú eres Alexa, siempre lo fuiste.

Desperté abruptamente y entre lágrimas, en la oscuridad de aquella cabaña y abrazada a Eyra. Aquel shock fue intenso, me costaba creerlo, yo siempre fui Alexa, pero siendo así, el sentido que movía mi vida ya no estaba, mi libertad, mi deseo por vivir y morir con un propósito ya no estaba.

Me levanté para vestir de nuevo la armadura, tomando después mi espada y observarme en el reflejo. No hallaba consuelo alguno, una respuesta que sólo me causó más preguntas no era lo que yo deseaba.

Las veces que celebraba mi cumpleaños o los momentos de amor y amistad que viví, los hice bajo el pretexto de una farsante, pero ya no debía ser así más ¿Por qué me pesaba entonces el corazón?

—¿Una pesadilla? —Susurró Eyra y asentí. —Aún es pronto pero estará bien salir a explorar.

—Suena a que quieres ayudarme a despejar la cabeza.

—Uh, es obvio. —Ambas sonreímos. —Y porque quiero dejar de usar magia también.

Ambas nos preparamos, tomamos nuestras armas y bajamos para montar en los caballos. A pesar del frío, habían estado bien resguardados bajo una tienda de campaña bastante grande para todos los caballos.

Nosotras, aún en penumbra pero con el cielo empezando a iluminarse, recorrimos el bosque en silencio, evitando despertar al resto de la compañía. A pesar del frío y del cansancio, a pesar de la misión, sólo estábamos nosotras, olvidando que éramos caballeros y sólo dos amantes en la inmensidad de la naturaleza.

Observamos pues el amanecer en el horizonte, comiendo cecina de ciervo y pan, dejando que el viento helado tocase nuestro rostro. Eyra tomó mi mano cuando los primeros rayos del sol nos tocaron, y la besó con dulzura por encima del acero del guante.

—Siempre tan galante. —Sonreí feliz y tranquila. —¿Qué haría yo sin ti?

—Aburrirte del asco con el penas de Edel.

—Ya sabes que está sufriendo mucho y su posición es… —Suspiré molesta. —Me entristece que esté cambiando tanto.

—Y yo, ya no jugamos al ajedrez como antes. —Cerró los ojos y alzó la cabeza. —El mundo cambia, no sé.

—Yo no lo hago, sigo atrapada en lo que ocurrió, ya sabes. —Me miró de reojo. —El incidente de cuando… morí. Tengo visiones, estoy confusa, y… creo que traje algo conmigo cuando volví.

Empecé a reír para sorpresa de Eyra y rompí en lágrimas.

—Durante años… creí que era otra persona que tomó mi cuerpo, que era una farsante disfrazada viviendo una vida pasada y presente. —No pude evitar dejar escapar mi llanto con tanta intensidad. —Mis emociones y sentimientos no eran míos del todo, que engañaba a personas buenas pero… siempre fui yo.

Eyra me miró en shock mientras sólo podía balbucear, intentando secar mis lágrimas como podía.

—Todos estos años… siempre fui yo, viviendo con una… cosa ahí dentro, distorsionando mi mente, mis memorias, mis sentimientos. —Negué con la cabeza. —Estoy rota pero… al menos sé la verdad.

—Incluso si esos falsos recuerdos que dices fueran tuyos del todo, no sé, seguirías siendo Alexa. —La miré sorprendida y gruñó. —¡Joder, siempre habrías sido tú! La que ganó el duelo, la que se encaró con la elfa mierda esa, con el niñato cabrón del príncipe… mi compañera de armas, mi… novia, mi amiga de la infancia. Esos días son tuyos, eres tú quien los vivió, la que nos decía cosas sabias, joder, no esa cosa.

—¿Dices que… sería Alexa sí o sí?

—Claro, la identidad no es sólo quien fuiste en el pasado, sino los actos de ahora que te definen. —Sonrió de forma burlona. —Ni siquiera entiendo lo que digo pero mírame, una filosofa súper sabia, te he robado el puesto.

—Sí, eso parece. —Solté una carcajada. —Sabes guiarme cuando estoy perdida.

—Soy tu faro, princesa. —Me guiñó un ojo y sonreí tranquila. —¿Debería ponerte otro apodo, princesa?

—Me gusta princesa, y amor. —Ambas nos sonrojamos. —Cariño.

—¡Mierda, no estoy acostumbrada a esto! —Gritó avergonzada. —¡Vamos a volver!

—Sí, cariño.

—¡No lo hagas a propósito!

En ese momento, un crujido se oyó por todo el bosque, y en la distancia árboles caer, cada vez más cerca. Un cuerno sonó y ambas nos miramos, asintiendo como si supiéramos que hacer, separándonos al galope por el bosque.

Podíamos sentir el suelo temblar, una sombra entre los árboles se movía, enorme y temible a la vez. Cuando estuvimos más cerca, siguiendo a aquella criatura a su velocidad y por los temblores, vimos al jabalí grande, pero grande se quedaba corto, su pelaje marrón, su horrendo olor y sus largos colmillos enroscados lo hacían una amenaza imponente.

Le clavamos profundamente nuestras lanzas en el lomo, y con nuestros arcos disparé la primera flecha, dando al tronco de un árbol. La de Eyra logró acertar en el lomo, lo que enfureció al animal y viró para embestirla, acertando en la parte trasera de la montura y partiendo por la mitad al caballo.

—¡Eyra!

Estaba en el suelo con la otra mitad del caballo sobre su pierna, teniendo que bajar a ayudarla levantando el cadáver. Estaba magullada pero Eyra simplemente se sacudió y asintió como si nada.

—Era un caballo muy bueno. —Suspiró molesta. —Ve, sigue el rastro, estará muy malherido.

—¿Y tú?

—Te seguiré de cerca.

Volví a montar y continué la caza, tomando una flecha conmigo y siguiendo el rastro de sangre. Mi madre me había enseñado a cazar sin necesidad de estar en una cacería, la teoría era simple, herir a la bestia, seguirla hasta cansarla y rematarla con humanidad para acabar con su sufrimiento.

La práctica sólo requería una cosa, paciencia, y lamentablemente no la tuve porque acabé encontrando a la bestia casi de frente, cargando. Aunque pude esquivarlo, sentía el miedo a morir y recordaba los restos de la montura de Eyra, pero recuperé la compostura por un momento, el tiempo suficiente para disparar una flecha a la bestia y acertarle en la pata delantera derecha.

Sus chillidos eran terriblemente molestos, me distrajeron cuando se preparaba para cargar, pero por suerte, Eyra apareció cayendo sobre él y clavando sus espadas en el cuello, sin sus magias activas. Al caer desangrado, Eyra bajó y sonrió orgullosa, guiñándome un ojo.

—No ha sido para tanto, joder. —Reía ella disfrutando y con su rostro, hojas y manos empapadas en sangre. —¿Tanto recluta para esto?

El cuerno volvió a sonar no muy lejos, y los árboles seguían cayendo en la distancia, como si otra presa estuviera en la zona.

—Vamos a reagruparnos con ellos. —Ordené y le extendí mi mano. —Sube. 

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