Las Hojas de Valira. Capítulo 22
Al galope recorrimos el bosque, rastreando y siguiendo la destrucción a su paso por la otra criatura. Eyra sostenía su arco y una flecha con fuerza y una mano, pero también mi cuerpo con la otra, con su brazo rodeando mi cintura.
A pesar de ser una tontería, ese instante con mi pareja fue para mí hermoso a su manera. No podía evitarlo, sonreía tontamente porque desde hace poco luchábamos juntas, no como amigas, sino como algo superior y especial, algo por lo que vale luchar.
Motivada, creé una lanza de hielo justo cuando vimos la cacería en un claro. Los caballeros intentaban acabar con el jabalí monstruoso con flechas, virotes y lanzas, y estaba malherido.
Pero no pude evitar tomar más velocidad, Eyra me soltó, apuntó y disparó su flecha al muslo derecho trasero para provocarle, y en ese momento, casi rozando un colmillo con mi pierna, le clavé mi lanza de hielo al ojo con ambas manos, alcanzando mucha profundidad y soltando el arma. Al dejarlo atrás, noté por su chillido que era el último aliento, y cayó muerto.
—¡Toma ya! —Gritó Eyra. —¡¿Quiénes son unas fieras aquí?! ¡Nosotras, joder!
Los caballeros nos vitorearon, celebraban el éxito de la caza, pero Edel y Rheus estaban decepcionados.
—¡Hemos cazado otro jabalí gigante cerca de aquí! —Grité orgullosa. —¡Gloria a Los Diablos Negros!
—¡¿Se puede saber que estabais haciendo fuera del campamento?! —Edel se acercó montado y enfurecido. —¡Esto no es un juego! ¡Es un entrenamiento!
—¿Crees que no lo sabemos? Eyra casi muere junto a su caballo. —Le respondí enfadada. —Salimos a despejar mi cabeza y a vigilar los alrededores mientras dormíais.
—Nadie os dio esa orden.
—No, pero como capitán debiste asignar a alguien a vigilar el campamento. —Rheus habló, llamando la atención de todos. —¿Alguien estuvo de vigilancia?
Nadie respondió, todos enmudecieron y ya no hubo júbilo alguno.
—Las únicas que tuvieron la idea de un puesto de vigilancia fueron ellas, capitán, y las únicas que salieron a patrullar ¿Quién? —Nadie respondió al comandante. —Su único error fue no informar ni comunicarse, pero sus actos han salvado vidas, y los errores de todos ustedes podrían haber sido peores. Esto es un entrenamiento y espero las fallas de todos pero no de ti, capitán.
—Tiene razón, no estoy teniendo mis mejores días. —Edel suspiró molesto. —Estaré más centrado a partir de ahora.
—Bien, es lo que quiero oír. —Rheus asintió relajado. —Recojamos las presas y llevémosla a la fortaleza ¡Vamos, caballeros!
—Eyra, ayúdales con la otra presa. —Ordené y ella asintió. —Y Edel…
—Lo haces bien.
Nos miramos en silencio hasta que decidió alejarse del lugar, siguiéndole yo no sin bajar antes del caballo. Llegamos a un pequeño acantilado y él se cruzó de brazos, visiblemente molesto.
—No lo estoy haciendo bien como crees. —Respondí seria. —Llevo días atormentada por lo que pasó, ya sabes, cuando era una niña.
—Pues intenta centrarte en lo que tienes ahora.
—Si fuera tan fácil, créeme, lo haría. —Toqué su espalda y me miró a los ojos. —No es fácil la situación que estamos pasando tú y yo.
—Son situaciones diferentes, Alexa.
—Pero son situaciones, ni mejor ni peor la una que la otra. —Negó con la cabeza. —Ahora eres nuestro capitán, pero sigues siendo también mi hermano, aunque el mundo no lo vea y el destino no lo acepte, estoy aquí por ti y me duele la sola idea de que esa relación ya no esté.
Intentó ocultar lo difícil que era para él, esas emociones escondidas, esa lágrima en silencio que caía por su rostro.
—Pero lo importante ahora es, esté o no esa relación, no tengas miedo en darme órdenes, estoy aquí para luchar a tu lado hasta el final, no espero gloria, fama o una recompensa, mis actos son por amor a mi hermano.
—¿Pase lo que pase? —Asentí con una sonrisa. —¿Aunque sólo vaya a acabar siendo otro tirano?
—¿Por qué dices eso?
—Es obvio, no estoy aquí porque pueda ser mejor que mi medio hermano o por las actitudes tiránicas de mi padre, sólo estoy para los intereses de otros, incluso yo sólo quiero nada más que sangre. —Cerró los ojos y respiró profundamente. —Sé que incluso mis mentoras me manipulan y lo acepto, y que si sigo así, arrastraré a mi tiranía a las personas que me quieren ¿Puedes verme como un hermano cuando te arrastro a las tinieblas?
—Si no es a lo que aspiras…
—Aspiro a vengarme. —Me miró fijamente molesto. —Pero no deseo que dediques tu vida a mis intereses egoístas sólo por haber crecido juntos.
A pesar de todas esas palabras, yo sabía en el fondo que no era del todo así, que tenía deseos por otras cosas.
—No te sigo a las tinieblas, aunque tú no lo puedas ver. —Exclamé. —No es sólo venganza lo que buscas, sino algo como lo que tenemos Eyra y yo, y siempre has odiado que este mundo te dicte como debes ser, el mismo que te ha jodido desde que naciste.
—No me vayas a dar tus lecciones de sabionda como si conocieras este puto y estúpido mundo de…
—¡Pues te lo voy a dar, Edel! Te guste o no. —Edel se enmudeció. —Puedes ser el emperador sólo por querer sangre, o puedes ser el emperador porque lo consideres justo y decirnos a todos como serán las cosas, sentarte en el trono, ser un tirano de verdad por una vez y actuar como desees, decidir las leyes, follar con quien quieras, elegir realmente quién es tu familia, y ser feliz de nuevo. Considera la corona un premio, una compensación o una responsabilidad, pero primero considera que eres dueño de tu destino y no Varea, mi madre o los nobles de esta tierra.
—Me… has dado mucho en que pensar.
—Pues piensa en lo que deseas y en el poder que tienes, piensa con calma y toma el tiempo que necesites. —Golpeé el puño de mi espada. —Yo te seguiré hasta el abismo si es allí donde quieres ir.
Me marché, dejando atrás a un Edel meditativo, rezando que mis palabras le hubieran alcanzado. Cuando fui a ayudar, Eyra se vio demasiado colaboradora, usando su magia para crear cuerdas, y siendo demasiado amistosa con todos, no es una exageración cuando digo eso, y más si me habéis leído hablando de su actitud la mayoría de veces ¿La ladrona de comida? ¿La incomodidad absoluta cuando tiene que compartir espacio con otros que no sean su familia? La misma sonriendo y mostrando gestos que sólo verías en un clérigo sacrificado por los pobres, absoluta consideración.
Tras preparar los cuerpos, el comandante nos ordenó volver a la fortaleza, mientras otros caballeros nos sustituían en la cacería. El camino fue tedioso y lento, el hedor a sangre en nuestras armaduras era más que desagradable, pero tener a Eyra en mi espalda dormida mientras montaba, lo hacía más sereno y amenizaba mi tensión, sin duda, el consumo de magia había sido más que excesivo.
Pero eso tuvo un precio, los rumores, oh sí, para todos los caballeros de la orden tras ese día fuimos la fuente de literatura romántica y prensa rosa, y tras una semana, en todo el imperio. Que si la futura duquesa y su caballero, que si dos hojas mortíferas de día y una pasión femenina en la noche, la inspiración de poemas rozando la apostasía y los cuadros eróticos de mujeres llamando a la rebelión fue… un auténtico calvario, para la Iglesia y la corona, pero no para mis padres, ellos ya sufrían sabiendo que vivía demasiado rápido mi adultez.
Como iba diciendo, pasó una semana, Edel se volvió más autoritario y disciplinado en modo bien, Varea estaba muy desaparecida al igual que mi madre, y Rheus nos hacía entrenar únicamente, desde duelos a maniobras militares complejas. Nosotras seguíamos igual, socializábamos más y eso, pero las noches eran nuestras, los momentos románticos y el sexo furtivo eran lo único en mi dormitorio, y mi cama nunca se sentía vacía gracias a Eyra, sentir y ver su cuerpo desnudo al amanecer eran mi despertar, mientras nuestros uniformes y espadas se apilaban juntos.
—Buenos días, Eyra. —Susurré y besé su frente antes de levantarme. —Ya casi ha pasado la hora de desayunar.
—Robaré las sobras por las dos. —Sonrió con burla y acarició mis brazos. —Quédate un poco más, hoy es día libre.
Aún podía sentir las marcas de mordiscos y chupetones en mi cuerpo, el cansancio de tanto placer.
—No sabía que mi caballero era tan insaciable.
—¿No? Yo… sólo quiero pasar juntas la mañana. —Eyra no podía evitar mirarme con esos ojos a punto de llorar de forma tan dramática. —Quiero relajarme con mi pareja, no soy tan intensa ¿No?
—Eres la encarnación de la intensidad. —Solté una carcajada. —Está bien, me quedaré contigo.
Me tumbé de nuevo a su lado, observando su cuerpo en absoluto silencio mientras sus ojos me miraban tras los mechones de su cabello. Observé sus tatuajes, las raíces eran más gruesas, las flores habían florecido, las constelaciones estaban repletas de más estrellas, no pude resistirme a acariciar cada pequeño detalle, único e irrepetible ante mis ojos, en aquella piel tan suave a la vez que tersa por los músculos.
Su magia se había vuelto más fuerte, evolucionaba con las emociones, con el deseo de mi amada de cuidarme, pero yo no pensaba eso de mí, no mejoraba, no era más fuerte y diferente, casi no pude protegerla de aquella bestia salvaje que destrozó su caballo con pura fuerza. Eyra no dudó en tomar mi mano y llevarla a sus labios, besando mis dedos, mi dorso, y finalmente mi palma, un gesto de amor mientras sus ojos me miraban con un cierto brillo.
—Algo te preocupa, mi amor. —Susurró con semblante serio pero sonrojada. —¿Qué es? Cuéntamelo.
—¿Me he vuelto más fuerte?
—¿No? —Levantó una ceja. —Sigues siendo la misma desde lo de la elfa coagulosa.
—También lo ves.
—¿Te desanima? —Asentí varias veces. —Siempre has sido fuerte, no sólo en la labia, sino también en la espada y en la magia. No eres más fuerte porque… no ha habido tantos desafíos.
—Hemos encarado los mismos.
—Pero eso no quiere decir que sea más fuerte que tú o que mejore más, sino que… era más débil que tú desde el principio. —Suspiré molesta. —En serio ¿Recuerdas cuando acudía a tu padre a por clases? Nunca me agradaba usar mi magia, lo sabes, odio todo de mis orígenes y eso incluye a mis bendiciones pero las uso igual según me convenga, pero todo cambió porque quería ser tu espada y servirte, y porque sé que… amas esta parte de mí que yo odiaba, y si tú amas estas marcas, si puedo usar mi magia para ti, entonces puedo… odiarlas menos.
—No sólo amo todo de ti, estoy orgullosa de lo que logras, de las sorpresas que traes a mi vida. —Sonrió feliz al oírlo de mí. —Me siento agradecida de que seas mi mujer.
—¿Mujer? ¡¿Mujer y…?! —Estaba completamente avergonzada. —¡Yo no…! ¡Anillos, Alexa!
—¡S-sólo es un apodo cariñoso!
—¡Apenas llevamos dos o tres semanas saliendo, joder! —Escondió su rostro en mi almohada. —¡Demasiado rápido para nosotras!
—Ah, esta puerta debe ser. —Escuchamos la voz de mi padre. —¿Hija mía?
—¿Papá? Dame un momento. —Eyra y yo nos miramos a los ojos. —Estoy vistiéndome aún.
—¿No estará Eyra ahí? —Preguntó molesto.
—¡No, que va!
Ambas nos vestimos tan rápido como pudimos sólo para ver a Eyra desaparecer sin dejar rastro, mientras yo usaba la camisa y calzas sudadas del entrenamiento. Abrí la puerta, viendo a mi padre cubierto de nieve y algo cansado, pero muy feliz con solo verme.
—Mi pequeña princesa. —Me abrazó con fuerza y sonreí. —Ya te echaba de menos.
—Y yo a ti… papá.
Era mi padre, siempre lo fue, y yo su hija, no era una extraña, e incluso si hubiese sido real lo que yo creía, nada habría cambiado, pues aquel hombre era mi familia.
—Verte levantada tan tarde y…
Mi padre se fijó en algo al apartarse, vi unos culotes rojos de lana que no eran míos en absoluto. Entonces él miró a la ventana fijamente, sólo para carraspear.
—Eyra Sylvana. —Exclamó molesto. —Tu magia es inútil contra este mago.
—Ah, es verdad. —Eyra se hizo visible, estando a punto de salir por la ventana. —¿Cómo está, papá?
—Puedo ver tus colmillos en la piel de mi hija. —Estaba muy enfadado. —Al menos disimulad vuestras… muestras de amor.
—Su mujer y usted no lo suelen hacer. —Eyra sonrió y mi padre la miró con cierta furia. —L-lo que quiero decir es… ustedes se aman, nosotras nos amamos y…
—¡Eyra Sylvana! —Exclamó con gran autoridad. —Sal por esta puerta de inmediato.
—Sí, señor…
Eyra se marchó con mucha tensión, tomando antes su ropa interior.
—No he desayunado. —Respondí nerviosa. —Echo de menos pasar tiempo contigo, papá.
Esas palabras fueron suficientes para aliviar su furia y su tensión, pasando al casi llanto emocional. Ambos fuimos al comedor, donde aún muchos caballeros, veteranos y novatos, desayunaban separados en estos dos grupos.
Mi padre no dudó en dejarme elegir sitio mientras el traía la comida. Se veía emocionado por aquella situación y, siendo sincera, yo también, un poquito.
Volvió con pan y guiso de ternera para ambos, sólo para sentarse y dejar a un lado su báculo.
—No te ves muy bien, papá.
—No tanto como me gustaría. —Suspiró y partió el bollo de pan. —Idas y venidas del palacio imperial a casa, administrar el ducado, pero tengo una gran noticia.
—¿Gran noticia?
—¡Ya no soy el archimago! —Empezó a reír feliz. —El emperador me tenía atado, pero ya no soy responsable de la administración mágica del imperio.
—¡¿Por qué?!
—He renunciado, un colega de la torre de Erona me ha motivado y hemos decidido emprender juntos en la investigación del Imperio Eliar. —Se frotó las manos y sonrió relajado. —Y con todo lo que llevo de tareas, me tomaré una semana de descanso, pasar aquí ayudando a los jóvenes reclutas de la orden con mi sabiduría, leer un buen libro junto a la chimenea, degustar una buena copa de blanco reserva de hace doscientos años ¡Y podré verte más a menudo!
—¿Mamá lo sabe?
—Sabía mis planes. —Se rascó la nuca. —No sé si está feliz o no, pero al menos ya no estoy atado por la familia imperial.
—Bueno, sí, pero… podrían usar eso a su favor. —Me crucé de brazos. —Tu compañero sabe de artefactos eliars y mitología ¿No?
—Oh, mi hija tiene mucha curiosidad también, sabía que en el fondo ese aspecto lo has heredado de mí. —Asintió y mojó el pan con el guiso. —Pues sí, sabe muchísimo, sus manuscritos son muy completos, y como está también, podemos charlar los tres.
—¡Claro! Me gustaría. —Estaba algo emocionada y ansiosa, las preguntas sobre La Forjadora me absorbían. —Ah, y me gustaría pedirte un favor, papá.
—Una hija no necesita pedir favores a su querido padre.
—Quiero que me entrenes mientras estés aquí. —Me miró sorprendido. —Todo sobre magia en combate.
—Pero… tú ya has superado las expectativas para ser caballero, te he enseñado todo de magia para serlo.
—Lo sé, me has enseñado mucho y muy bien. —Suspiré molesta. —Enséñame como a un aspirante a mago ¡No! Como a un aspirante a archimago.
—Aspirante a archimago no existe pero… —Sonrió orgulloso. —Esa ambición en tus ojos, no puedo negarme si es lo que deseas, mi fuerte hija.
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