Las Hojas de Valira. Capítulo 23

Al terminar de desayunar, nos dirigimos al interior de palacio. Mientras caminaba con mi padre por los campos de entrenamiento, no pude evitar ver a algunos caballeros veteranos presumir de sus espadas, al tiempo que un novato intentaba desenvainar la suya, una espada larga, desde la espalda sin mucho éxito. No pude evitar reírme, los veteranos también, fue un momento bastante cómico.

Tras recorrer los pasillos, llegamos a una gran habitación repleta de cajas, libros y artefactos. Había un hombre de piel clara, unos treinta, cabellos oscuros y largos, de ojos azules, complexión muy delgada y esbelta, casi femenina, vistiendo un hábito azul sencillo y sin bastón.

—Ah, mi buen amigo Noah, has traído a una bella ayudante.

—No, no, es mi hija. —Hice una reverencia. —Alexa D’Ur Urda.

—Es un placer, magus…

—Kilian, Kilian Selune. —Exclamó acompañado de una reverencia. —Vuestro padre tiene una gran admiración y amor por vos.

—Soy afortunada de tener una familia maravillosa.

—Sin duda.

Habló mientras tomaba un artefacto familiar de una caja, la esfera que casi me mató.

—Ayudadme a sacar estas cosas de aquí, si no es molestia.

Me paralicé de miedo, pude ver mi versión consumida por la oscuridad, al lado de Kilian. Pero rápidamente desperté de aquella ilusión, justo al sentir el tacto de mi padre en mi espalda.

—¿Te encuentras bien, hija mía?

—Casi pareces haber visto un fantasma. —Exclamó Kilian. —¿O has visto este artefacto antes?

—Puede, y creo que podría ser peligroso. —Respondí incómoda y el semblante de mi padre cambió como si se hundiera en las sombras. —Papá ¿Recuerdas como estuve muy enferma?

—Es imposible olvidarlo, Alexa.

—Yo… lo toqué y… pasó lo que pasó. —Respiré profundamente. —Lo volví a tocar hace poco, antes de venir con los caballeros, pero no pasó nada, claro.

—Bueno, eso indica que es seguro. —Kilian dio varias palmadas a la esfera. —De hecho, sería importante estudiarlo para futuras generaciones, para entender los hechos y evitar futuras desgracias.

—No quiero que abandones esto por lo que me pasó, papá.

—¿Abandonar? Como dice mi colega, todo lo contrario a abandonar. —Sonrió feliz. —Y como quieres ayudar, sería un honor que mi hija fuese mi ayudante.

Sonreí relajada y feliz, formando parte de ese viaje que estaba haciendo mi padre.

—Eso me recuerda a algo. —Mi padre chasqueó los dedos. —¿No tenías curiosidad por la mitología?

—Ah, sí, es por una pequeña exploración que hice en este lugar. —Me rasqué la nuca. —Encontré una habitación personal de la general, estaba llena de… cuadros al óleo. Pensé que era arte extraño, pero me fijé en un cuadro sobre un árbol blanco y una mujer elfa con tatuajes enfrentando a insectos bajo un cielo rojo.

—Ah, esa mi colega Noah no lo sabrá. —Dejó la esfera en la mesa. —Tienes una gran curiosidad, ayudante.

—Curiosidad no lo llamaría, señor Selune.

—Tus descripciones me llevan a pensar en un viejo mural en un yacimiento del Este, en las montañas que aíslan el centro del continente. —Se rascó la barbilla. —La Forjadora, la diosa que gobernaba el panteón élfico, vino de un mundo en llamas que luchó contra una raza de insectos monstruosos, y de esas llamas plantó un árbol con el que forjó el nuestro mundo, Ei, y a los eliars y a otras deidades a través de su salvia.

—Eso no le gusta a la Iglesia.

—No, la verdad no le gusta porque la verdad es que los humanos no somos ni los dueños de este mundo. —Me acerqué un poco a él. —Si tu descripción es cierta, podría haber huecos muy grandes en la verdad que los elfos creían en su fe.

—Y si la creadora de este mundo era tan poderosa ¿Por qué… intentó destruir lo que creó?

—Mmm, no sabría decirte, pero sí sé que en algunos documentos elnars se relata que murió dividida en tres prisiones donde se albergan sus esencias, traicionada por todo el panteón. —Se rascó la barbilla. —Irónico, ya que su nacimiento es similar, nacida del Vacío, formada por la Oscuridad, y de voluntad forjada por la Luz, los tres elementos primordiales unidos en una persona.

—Muy… críptico.

—No, de hecho, es simple, muchos seres mágicos nacen de elementos, no sólo los básicos sino también más complejos. —Tocó la esfera y sonrió. —El punto importante es que estas esferas son representaciones de ese mito, representan una prisión donde encerrar una de las tres esencias, y seguramente los eliars las tallaban por miedo a ese evento antes de ser expulsados de Valira.

—¿Podrían existir de verdad?

—Quizás, es probable. —Soltó una carcajada. —Pero seguro que este artefacto era una mera reliquia simbólica, sólo tenía algún tipo de trampa mortal y nada más.

—No me tranquiliza que diga trampa mortal tan a la ligera. —Respondí molesta. —Ya sabe... 

De repente sonó un cuerno, interrumpiendo la conversación.

—Ha pasado mucho desde que escuché ese cuerno. —Exclamó mi padre. —Algo malo debe haber pasado.

—¿Cómo de malo?

—Guerra. —Negó con la cabeza decepcionado. —Ve, mi niña.

Me dirigí a la plaza de la fortaleza, recorriendo los pasillos mientras muchos compañeros corrían raudos. Allí, Rheus en el balcón de una de las torres del castillo se alzaba portando un cuerno de jabalí con decoraciones de oro.

—¡El Imperio Lorasiano, nuestro viejo enemigo más allá del Mar Celeste, ha invadido nuestras tierras! —Gritó enfurecido. —¡Preparaos, la general y el emperador nos convocan! ¡Y nosotros respondemos con la furia y la sangre, a romper el asedio de Ducal D'Urda!

Todos gritaron embravecidos, pero yo reconocía ese nombre, el palacio y castillo de la familia de mi padre.

—¡Veinte navíos en el norte, quince por la Ría Urda hacia la fortaleza, y cinco por la Ría Bouchal hacia Boulon! —Edel apareció a su lado. —¡La ciudad de Boulon será asediada en pocos días, pero respondemos también a la llamada de la duquesa de Aristala, del concejo de la ciudad y la Orden de las Damas Blancas! ¡La mitad estaréis bajo el mando de la capitana Rhea Láskaris, quien responderá para Boulon! ¡Y la otra mitad bajo mi mando, a apoyar a la general y la comandante D’Ur!

—¡D’Ur, Sylvana! —Ordenó Rheus. —¡Conmigo!

Entré de nuevo, chocando con Eyra, quien puso su mano en mi cintura, mirándome preocupada. Yo sólo asentí intentando aliviar su carga, como ella logró con la mía, y juntas caminamos como camaradas.

Subimos hasta encontrarnos en el pasillo a Edel, a Rheus y a mi padre. El mago tímido y cuyo interés se dividía entre yo, mi madre y la Historia, era un hombre rabioso, empuñando su bastón con fuerza e ira.

—¡¿Quién sois para decirme lo que debo hacer, comandante?! —Gritó Noah. —¡Iré con el príncipe y mi hija, lucharé por mi esposa y la liberaré de ese sitio!

—¡Solo lo matarán, y descontrolado matará a otros! —El comandante le encaró. —Sosiego es lo que necesita.

—Tiene razón, papá. —Respondí viendo en mi padre ojos a punto de llorar de enfado. —Si estás aquí, tú sólo puedes proteger esta fortaleza, junto a tu colega, en caso de que descubran este lugar. Mamá habrá convocado a los caballeros de nuestro ducado, y seguramente pasen rodeando estas montañas mañana o al día siguiente, así que si logras reunirte con ellos, seguramente puedas ayudar y será mejor que ir solo.

—Sí, Alexa tiene razón. —Edel puso su mano en mi hombro. —Como administrador del ducado y con tus conocimientos militares, podrías ayudar mucho mejor así.

—Además, creo que es el mejor momento para ti, alteza. —Exclamé. —Si logramos romper el asedio, será una victoria que te ayudará cuando vayas a la guerra contra el príncipe Casio.

—Sí, pero por ahora tendremos que apañarnos, actuar rápido y hacer ataques rápidos hasta que nos reunamos con usted, duque. —Mi padre asintió al oír al príncipe. —Será más fácil romper el asedio si los debilitamos hasta que reunamos suficientes fuerzas.

—Tendrás que aguantar hasta que llegue con más caballeros, y no será fácil con los puertos del sur congelados. —Rheus se cruzó de brazos. —Al menos tendrás a estas dos prodigios de tu lado.

—Podemos seguir hablando o podemos prepararnos de una vez. —Exclamó Eyra. —¿A qué cojones esperamos?

Cuando íbamos a separarnos, mi padre tomó mi brazo y me miró a los ojos, un padre aterrorizado.

—Por favor, hija, ten cuidado.

—Estaré bien. —Sonreí relajada. —Nos veremos pronto.

Marché asustada y preocupada, ocultados los sentimientos tras una fachada de disciplina y seriedad. Nos preparamos con nuestras armas y armaduras, una buena cantidad de suministros en bolsas y alforjas, y montando en nuestros caballos, partiendo al norte a luchar.

Cien lanzas en alza, cien caballos con sus cascos pisando la nieve, cien caballeros dispuestos a morir por esta tierra, vistiendo capas, tabardos o portando escudos con los colores que representaban a la Orden y a sus familias o a ellos mismos.

Las vistas del Lago Nibal eran hermosas, aún sus aguas heladas, reflejando la luz del sol en su inmensidad, hacían de ello un recuerdo bello, fantaseando incluso de patinar con Eyra allí. Rodeando el lago, pasamos cerca de la aldea de Dupol y cruzamos el río helado hasta una aldea de pescadores, acampando cerca al atardecer.

Justo cuando habíamos terminado de montar las tiendas, vimos un rostro familiar acercarse, montando a caballo. Aslan, quien sonrió al verme, saludó al desmontar y fue recibido por Edel.

—¿Algún tipo de maniobra, alteza? —Preguntó Aslan con una sonrisa. —Me alegro verle.

—El placer es mío pero no, estamos en guerra con un viejo enemigo.

—Debemos ayudar a nuestra comandante y nuestra general. —Exclamé. —Nuestros compañeros están defendiendo al duque de Urda.

—Entonces será un honor luchar juntos una vez más, señorita D’Ur. —Ofreció su mano a Edel. —¿Qué opina?

—Que no hay mejor aliado a mi lado ahora. —Le devolvió el apretón y le invitó a unirse con un golpe ligero en la espalda. —Vamos, alteza.

—Eh, tío del desierto. —Eyra apareció y le abrazó con fuerza. —Ya te echaba de menos, joder.

—El sentimiento es mutuo, Eyra. —Exclamó relajado y feliz. —Tenemos que charlar mucho.

Tras resguardar a los caballos, hablar de estrategias y repartir las tareas y guardias, Aslan, Eyra y yo nos resguardamos en nuestra tienda. Ahí preparamos todo nuestro equipo y quitamos la nieve y el agua de nuestras armaduras hasta cenar un pequeño guiso de conejo que Eyra cazó y Aslan sacrificó, acompañado de pasas y piñones, y vino aguado.

—Así que lorasianas, hacía treinta años que no se atrevían a atacar. —Exclamó Aslan. —¿Qué ha cambiado?

—No lo sé. —Suspiré molesta. —Pero recuerdo las clases de Historia, salvajes montando leones negros, armados con arcos cortos y espadas sin arriace, y con un linaje real como el único capaz de usar una magia peligrosa.

—Yo sólo recuerdo que todas son mujeres. —Eyra se encogió de hombros. —Era el único dato interesante para mí.

—Nunca cambies, Eyra. —Aslan reía y se divertía.

—Esta es nuestra primera guerra, estoy algo asustada. —Susurré. —Intento no estarlo pero…

—Sólo un necio no tendría miedo. —Exclamó Aslan. —No mostrarlo y luchar por gente inocente que depende de ti es lo da el significado a la palabra valor.

Pensé sobre ello, sobre sus palabras, pero sólo pude quedarme en silencio, meditando. Nada nos preparó a los primerizos de los horrores que veríamos.

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