Las Hojas de Valira. Capítulo 24


A la mañana siguiente, rompimos el campamento y partimos a la aldea de Briari, rodeando las colinas del ducado de Odelias y siguiendo el Río Odelias congelado. No sólo empezamos a oír campanas sonando con fuerza, sino también órdenes, choques de aceros.

Edel dio la orden, forzar el paso, y eso hicimos con toda la furia que nuestras monturas podían dar, pasando justo al lado de familias de plebeyos que huían.

—¡No podrán escapar si los alcanzan! —Grité. —¡Demos guerra hasta que estén lejos!

—¡No, tomaremos la aldea! —Ordenó Edel. —¡Este será el primer paso para echar a esas salvajes!

—¡Por los hijos de Isha, por Breia y el príncipe Edelius! —Gritamos todos.

Veíamos el campo de batalla, los campos otrora cubiertos de nieve ahora eran por sangre, cuerpos y ceniza, la milicia de la aldea, con lo puesto y picas viejas, y caballeros de la Orden de los Águilas Azules con sus corazas en los caballos y sus armaduras de placas luchando contra arqueras de armadura de cuero y montando panteras negras grandes. Esa incursión era más un juego del ratón y el gato, inversa, flecha, movimiento, flecha, desgastando tanto a la milicia como a los caballeros hasta saciar el hambre de sus monturas con la carne de hombres y equinos agotados, la estrategia estándar de desgaste hasta que su propia infantería y arqueros llegasen como refuerzos.

Pero nuestra llegada fue perfecta, no esperaban un ataque tan certero, diez grupos de diez caballeros con sus arcos y sus lanzas atacando de forma frontal, atravesando fuerzas enemigas, bañando sus lanzas con sangre y entre flechas, volviendo a unirnos unidos bajo el estandarte de la orden y liderados por Edel, cubiertos de sangre pero todos vivos.

—¡Al norte! —Ordenó Edel.

Sabía su estrategia, desesperar al enemigo, engañarlo bajo la idea de que atacaríamos a la infantería y los arqueros, y de hecho, se les veía en la distancia, acercándose, seguidos por la caballería y sus disparos. Pero no, era un gesto de confianza, el gato serían las águilas, persiguiendo para después dar la vuelta nosotros.

Y tal como predije, al girar en un arco amplio, las lanzas volvieron a bañarse en sangre lorasiana, las nuestras en sus flancos al frenarles y las de nuestros rivales “amistosos” por detrás, cercados y atrapados, rugiendo y luchando con fauces y espadas. Pero no se rendían, era una lucha a muerte, iban a morir intentando desgastarnos a nosotros, mientras sus números se reducían más rápido que los nuestros, destacando en la carnicería los golpes de Aslan y las flechas de Eyra.

Era difícil soportarlo, ver a algunos camaradas caer por flechas o ser parte devorados por fauces junto a sus monturas, el fuerte hedor a sangre y acero. Y también matar a enemigos con mi lanza, bestias o personas, gente que también tenía familia y lazos, y mi arma cortaba todo eso, arrebataba vidas que simplemente eran leales a su señora. 

Cuando los escuderos de las águilas aparecieron con sus arcos, y los arqueros enemigos estaban en formación para atacar, Edel gritó “Norte”. Nos separamos y marchamos en dos grupos para tomar los flancos, no para evitar el muro de picas de la infantería, sino para disparar flechas y lanzar bolas de fuego.

Aquella incursión enemiga quedó diezmada en pocas horas, los pocos supervivientes huyeron al norte, y los que parecían acabar prisioneros tomaban sus propias vidas. Pero no todo fue sangre y muerte, ese día fue el inicio de la tregua entre las dos órdenes militares más importantes del imperio, camaradas celebrando y ondeando los estandartes mientras marchábamos a la aldea.

—¡Gloria al príncipe Edel! —Gritó un caballero. —¡Gloria al príncipe Aslan!

A esa euforia se unieron la milicia y los escuderos, pero mientras otros reían como si hubieran tomado un castillo, yo me acerqué al centro de la aldea, pues una niña salió tiritando y asustada, buscando por todos lados, inocente del conflicto, abandonada en aquel infierno helado y repleto de muerte. Desmonté, dejé caer mi escudo y mi lanza, y tomé pues la capa familiar que era suficientemente gruesa.

Para sorpresa de todos, envolví a la niña con la capa, refugiándola del frío y tomándola en mis brazos mientras la pequeña rompía a llorar, un gesto que resonará por todo el imperio sin que hubiese podido predecirlo, antes un caballero que protege al inocente y lucha por la corona que la heredera del ducado.

Escándalo u orgullo, un caballero de las Águilas Azules se acercó para preparar una hoguera, un caballero de cabellos rubios y largos, de ojos azules y piel claroscura, con el rostro manchado de sangre y una herida en el costado, sangrando a través de las anillas rotas de su cota de malla.

—Que entre en calor o enfermará.

Escuché la voz de Dante por sorpresa, quien vestía una armadura completa de placas, desmontado, cubierto de sangre y nieve, tomando a la niña con él.

—Habéis venido en el mejor momento. —Habló relajado. —Tienes el don de la oportunidad.

Le miré a los ojos, incapaz de decir palabra alguna, incluso estando rodeada por Eyra y Aslan, encontrando a mi buen amigo, incluso bajo la mirada de orgullo de mi hermano, el peso de la muerte y el hedor carmesí era más fuerte.

—Altezas ¿Me permiten un momento a solas?

El caballero habló y todos se dirigieron a la hoguera, siendo Eyra la última, ayudando a la niña con su magia.

—Capitán… Julius Aurelian. —Hizo una reverencia. —La primera batalla es dura, pero hay que adaptarse.

—Lo sé, la muerte… en fin. —Suspiré molesta. —No sabía que el emperador y su alteza Casio iban a auxiliar a la Casa D’Ur.

—No he venido en su nombre, sino en el de la princesa Belisaria. —Me vi sorprendida ante esa revelación. —Veinticuatro hombres como escolta para entregarle un mensaje de ella ¿Por qué cree que su alteza Arenti está aquí?

—Tenía ganas de ayudar. —Asintió varias veces. —Pero… no entiendo por qué ella.

—Bueno, llevaba tiempo intentando hablar con usted. —Levanté una ceja. —Como su… caballero personal, puedo decirle que no guarda las mejores relaciones familiares, y que su interés es más en su propia supervivencia.

—Es una revelación muy seria. —Inclinó la cabeza. —Dígale que yo le enviaré una carta cuando vuelva a casa.

—De hecho… —Sacó del cinto una carta. —El mensaje.

Tomé la carta, viendo el sello de lacre de la flor de lis, y lo rompí para abrirla.

Lamento los falsos mensajes de mi padre, señorita D’Ur, pero necesitaba contactar con usted y Edelius, pues es obvio que los tiempos de fratricidio se acercan, pero también de amenazas más oscuras además del inepto de Casio. No deseo vivir forzada en matrimonios con viejos nobles, sino una vida tranquila con los lujos que me rodean, y sólo podré estando en el bando adecuado ¿Escucharán lo que quiero ofrecer?

Podía ser una trampa, o puro egoísmo, pero podía entender las palabras que quería transmitir.

—Como ya dije, le escribiré una carta cuando vuelva a casa. —Hice una reverencia. —Con una condición.

—Dígame.

—Las familias que huyeron. —Sonrió relajado. —Gracias.

—D’Ur, es una excelente caballero. —No era yo capaz de sonreír. —Ojalá otros fueran igual, mi señora.

—Para eso sólo hace falta entender mejor el valor de cada vida.

Asintió y vi como se marchaba para montar de nuevo. Le di la espalda y me uní a Eyra y compañía, arrojando la carta al fuego.

Observé en la distancia la cantidad de cuerpos que habían, los caballeros que remataban a los malheridos, los milicianos que saqueaban joyas y armas, e incluso cogían carne de las monturas, mientras el olor a sangre y el graznido de cuervos volando en círculos sólo lo hacía peor. Luchaba por no temblar, esa sensación que helaba mi sangre, ese horror ante mis ojos, en mis manos las vidas de otros que quisieron matarme.

—Escenas así las verás más a menudo, y también las vivirás. —Escuché a Edel detrás de mí. —Pero piensa en las vidas que has salvado también.

—Es el único consuelo que tengo.

—Voy a ordenar a Eyra que lleve a la niña con los suyos. —Edel tocó mi hombro. —¿Confías en Aslan y Dante?

—Claro, somos amigos, y no creo que les interese ayudar a las lorasianas. —Levanté una ceja. —¿Por qué?

—Nada, me resulta extraño, no ha habido tantas tensiones entre nuestros imperios y de repente…

—Céntrate en el asedio. —Respondí seria. —No busques enemigos donde no los hay.

—¿Y por qué un capitán de las Águilas Azules ha venido únicamente a entregarte una carta?

—Una hermana tuya quiere ayudarte a ser emperador. —Le sorprendió tanto que sólo empezó a reír. —Todo por sobrevivir ¿Cierto?

—Eso parece. —Me encogí de hombros. —¿Qué debería hacer, sabionda?

—Centrarnos en esta guerra.

Asentí y se alejó marchando a la iglesia mientras yo sólo pude dirigirme a una de las casas. Durante el resto del día, mientras un caballero voluntario se dedicaba a cuidar de las monturas, yo estuve limpiando mi armadura y preparando mis armas junto a la hoguera y bajo techo.

Yo ya me había asignado mi lugar y mi habitación, lo malo fue… que en cada casa se apilaban una buena parte de los caballeros, y en mi caso, tuve que convivir con otros cuatro caballeros, con Aslan y con Dante. Podría parece bueno, y lo era, pero Aslan parecía centrado en sus asuntos, y Dante evitaba tener contacto conmigo.

En ese momento no me importaba, estaba centrada en intentar no pensar en mi madre, encerrada en esa fortaleza rodeada de enemigos, no podía dejar de preocuparme. Salí al exterior con la armadura aún puesta y sin dejar a un lado mi espada, intentando calmar mis miedos bajo el frío y en la oscuridad.

—Hoy estuviste increíble. —Exclamó orgulloso detrás de mí Dante. —Una inspiración para todos.

—No podía haberlo hecho sin mis amigos. —Me di la vuelta y sonreí. —¿Qué tal?

—Bien, mejor desde que ya no estoy en Ishala.

—¿No te tratan bien o qué? —Se rascó la nuca. —Eres príncipe, extranjero sí, pero…

—Me tratan muy bien, es el imbécil de Casio el problema. —Suspiró molesto y dejó de sonreír. —¿Exigir tu mano? ¿En serio?

—Ya, es basura, entiendo que sea un problema para ti.

—¡Claro que es un problema! Es todo lo que yo no deseo ser, pero que no puedo evitar. —Evitó mirarme. —Ya sé como me veis todos, y lo despreciable que puedo ser. Dante el creído, el atrevido, el engreído, y si hay más idos…

—Tú no eres como Casio.

—¿Y por qué he tenido que compartir el mismo espacio con esa basura y no estando ahí a tu lado como ahora? No haciendo esa mierda de misión diplomática. —Parecía estar a punto de llorar. —¿Por qué cuando… pienso en ti, sólo veo que puedo ser más un problema a tus ojos? ¿Ser todo lo que odias?

—Lo que fuiste en el pasado no define lo que eres ahora, un buen hombre.

—¿Me verías como algo más que un buen hombre? —Me arropó con una capa de piel de lobo negro, teniendo su rostro muy cerca del mío. —¿Sería imposible que sintieras algo por mí?

—La verdad…

Dudé por un momento y pensé en cómo era, diferente a la primera vez, un buen hombre sí, con sus peleas con Eyra, pero que en el fondo le importábamos todos, Aslan y Eyra incluidos. Era genuino, era capaz de recorrer largas distancias y desviarse simplemente para ayudar a gente en un conflicto que no era suyo, y gastar una fortuna por ayudar a sus amigas a recuperarse, a dar la cara en cada combate, pero mis sentimientos eran aún demasiado confusos.

—No puedo darte una respuesta. —Apoyé mi cabeza en su pecho. —No tengo miedo de herirte, simplemente… no lo sé. Pero sí sé que odio esa comparativa que haces con Casio ¡Jamás lo hagas!

—¿Soy un buen hombre para ti, Alexa?

—¡Que no lo sé! —Le di un puñetazo en el pecho. —Aún no lo sé, y estoy con Eyra, ella es…

—Sí, lo sé, me lo dijo hoy. —Se cruzó de brazos sonrojado. —De hecho, le pregunté… algo, y…

—¿Qué le preguntaste?

—Da igual, no estoy haciendo esto a sus espaldas, así que no pienses mal de mí. —Caminó hacia atrás. —No me interpongo entre vosotras ni…

—¡Ya, es obvio que no pero…!

—Habla con Eyra, y si te parece bien, yo… seré más formal en mi… cortejo contigo. —Hizo una torpe reverencia. —Buenas noches, Alexa.

—¡Pero de qué…! —Se marchó corriendo a la aldea, dejándome más sorprendida. —Es increíble. 

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