Las Hojas de Valira. Capítulo 26
Nos resguardamos en una cueva profunda que contaba con un río subterráneo y era fácilmente defendible. Mientras Izral y Dante preparaban la hoguera, yo sólo pude darme un baño y dejar que el frío me consumiera, que devorase todas mis emociones.
Pero no podía sino ser devorada por esos sentimientos, por la constante memoria de la lucha a caballo, mis guantes y rostro lleno de sangre portando mi lanza y las riendas, por Dante abandonando sus obligaciones por nosotras, por Aslan dispuesto a todo por salvarnos, por Eyra arriesgando su vida para evitar que algo me pasara, por mi padre Noah desesperado por salvar a mi madre Camille, atrapada en el castillo y rodeada por una nación enemiga. Sin contar que parecían mis días en la Orden de los Diablos Negros los últimos, y debía llorar, gritar e inundar la cueva con mi desesperación, impotente ante los eventos que destrozaban mi vida… pero sólo pude aceptar esas emociones, y observando mi espada apoyada junto a mi armadura, mantuve la fe en todo aquello que creía, era una caballero, debía seguir adelante, y lo haría, incluso si mi mundo se desmoronaba, incluso si sólo era una caballero.
—No te gusta verme. —Exclamó Izral. —Lo entiendo.
—Eres un príncipe del imperio que invade el hogar de la mujer que me gusta.
—Es un motivo que respeto, créeme. —Su voz no se quebró. —Yo tampoco deseo lo que estamos haciendo, pero es por un motivo noble.
—Eso no te lo crees ni ebrio.
—Nuestro hogar se enfrentó a brujos y magos oscuros que no tuvieron piedad en destruir vidas con tal de provocar una guerra civil, vidas entre las que se incluye mi sobrina. —Izral alzó más la voz. —Brujos y magos oscuros que venían de esta tierra, brujos de una diosa élfica cruel y magos oscuros que sirven a ser hambriento de vidas, y ambos están más que arraigados en las raíces de vuestro patético imperio que tanto defendéis. Mi señora ya debe estar en sus guaridas, con sus soldados y sus sabios.
—Si es cierto, estáis atacando a vuestros aliados, necios.
—No hay aliados en esta guerra. —Respondió molesto. —Sólo una tregua entre nosotros para encontrar a dos personas.
Me sequé y levanté, vistiéndome de nuevo con calzas y camisa de algodón y tomando mis cosas para dirigirme a ellos. Noté que su voz se pesaba cuando hablaba de encontrarlas, no pude sino sentir curiosidad.
Les vi sentados frente a una hoguera y sin sus armaduras, vistiendo calzas y camisas de algodón.
—¿Qué es Mei para ti? —Pregunté llamando su atención. —Parece importante si dejas a un lado la guerra.
—Simplemente debo protegerla. —Exclamó serio. —Órdenes de su majestad, no hay más.
—Tiene mucho valor.
—Es sólo una maga al servicio de la emperatriz. —Carraspeó. —Con… buenos conocimientos sobre Historia, Mitología Élfica, y amplios campos de la guerra y la magia.
—Si tuviera ese valor, no estaría sola con un príncipe. —Respondí observando su mirada. —Que Aslan y Dante no tengan escoltas puedo imaginar por qué, pero tú…
—¿Y por qué has abandonado a tus compañeros por esa…? —Acaricié el mango de mi espada envainada con la izquierda. —Mujer de sangres élficas.
—Es mi amante.
—No sois muy inteligentes las dos. —Sonrió de forma burlona. —Sobretodo tú, Alexa D’Ur.
—Podrías entregar mi cabeza a tu madre.
—No es mi madre, es mi hermana. —Levanté una ceja sorprendida. —Y no es la orden que recibí yo.
—¿Y por qué eres príncipe si eres su hermano? —Preguntó sorprendido Dante. —Es que… me resulta extraño.
—Porque todos los que llevan la sangre de la primera emperatriz, y por ende de la diosa Dailina, son herederos al trono. —Respondí. —Todos son parte de la Casa Amurase, y su líder es quien porta la corona. Todos pueden sentarse en el trono pero deben demostrar la fuerza para ello.
—Un sistema salvaje… —Susurró Dante con desagrado.
—Resulta poco diferente del vuestro. —Izral sonrió molesto. —¿No creéis?
—Ahí tiene un punto. —Saqué cecina y pan, y le di un poco a Izral. —¿Te encuentras mejor?
—Aún… es pronto para decirlo.
—Espera ¿Por qué le ayudas? —Preguntó sorprendido Dante. —No puedes confiar en él.
—No lo hago. —Respondí acariciando el cabello de Dante. —Sólo lo tolero.
—Me recuerdas a… alguien que conocí cuando era un niño. —Sonrió relajado. —No era diferente de aspecto de ti, su cabello rojo y su sonrisa, sus pecas, su mirada risueña…
—¿Recuerdas cómo se llamaba? —Pregunté con curiosidad. —¿Es posible que Beatrice?
—¡Sí, es…! Posible…
—Parece que mi tía estuvo de viaje por ahí hace mucho tiempo. —Se sorprendió al oírme. —¿De qué la conoces?
—Ella… me salvó de una pareja de guivernos. —Cerró los ojos y los puños con fuerza. —Mis guardias murieron a manos de ellos, pero ella apareció de la nada y los mató en una pelea muy intensa. No podré olvidar el olor y la sangre en su rostro mientras me tomaba en sus brazos.
—Mi tía era toda una caballero.
—Debía llevar al extremo esos valores de honor y sacrificio. —Izral se relajó. —Me gustaría poder verla de nuevo.
—Ella… falleció hace ya mucho. —Suspiré y le vi entristecido. —Al menos tuviste la oportunidad de conocerla.
—No sois muy diferentes.
—No me voy a acostumbrar a esa frase nunca ¿Eh? —Solté una carcajada. —Supongo que… he salido a ella.
—Sabiendo quien eres, no tengo mínima intención de actuar en contra vuestra.
—Yo tampoco la tenía desde el primer momento. —Ambos asentimos y nos dimos la mano. —Deberíamos descansar.
Cerré los ojos por un momento, un mero pestañeo, y ya me vi rodeada de una marea negra, en un lugar inmenso e infinito, sin sol, bajo una oscuridad tenue. Y ahí estaba, esa Alexa de cabellos y ojos tan negros como la brea que la cubría de pies hasta la cintura, en forma de un traje completo a modo de segunda piel.
Pero no me asusté, bueno, un poquito sí, pero me atreví a acercarme a ella.
—¿Qué se siente? —Preguntó con gran curiosidad. —Arrebatar vidas en nombre de un bien mayor, perdonar otras más valiosas por simplemente egoísmo.
—¿Y tú qué sentiste cuando usaste a otros?
—Oh, Oriel te ha hablado de mí. —Sonrió un poco. —¿Crees que soy ese monstruo que imaginas?
—No lo sé. —Negué con la cabeza. —Pero puedo imaginar la desesperación por proteger lo que amas hasta convertirte en algo que odias.
—¿Crees que un duelo con Oriel es suficiente para entenderlo? —Empezó a reír. —Ni siquiera con tu hogar ardiendo y tu amada en peligro estarías dispuesta.
—Ayúdame a entenderlo entonces.
—Cuando escuches sus gritos de agonía y tengas que elegir entre ella y otros. —Reía aún más y desvió la mirada. —¿Por qué pienso que sólo esa chiquilla ganará?
Dormimos junto al fuego y resguardados del frío, al menos hasta que desperté e hice guardia simplemente por mis miedos y aquellas oscuras palabras de la extraña. Intentaba mantener mi mente despejada pero era una senda imposible, y entonces observé a Dante, en el más absoluto silencio, acariciando su cabello con mis manos desnudas, haciendo cuenta de todos sus actos, y es que ya no era el príncipe engreído que conocí hace años, sino el noble caballero que estaba a mi lado ¿Cuándo empecé a sentir algo por él? ¿Era cuando se preocupaba por mí tras el combate con Varea? O… cuando le vi luchar por mí en un duelo que no era el suyo arriesgando su vida.
—Y que pienses que no eres un buen hombre… —Susurré un poco enrojecida. —Un tonto supongo pero un buen hombre.
—Prefiero ser un tonto a un tirano. —Dante abrió los ojos y me miró con una sonrisa. —Incluso si no tienes sentimientos por mí, estoy dispuesto a estar a tu lado a ayudarte.
—Desde que empezó este periplo de ser caballero, has estado a mi lado sin pedir nada ni ser codicioso.
—En el fondo sí lo he sido pero nunca me atreví porque ya tenías a alguien a tu lado. —Se sentó y tomó mi mano. —Pensé… en Erona la aristocracia siempre tiene a más de un caballero a su lado, entonces con eso estoy bien. Pero ese consuelo apenas me dura, porque yo no podría pedir un beso, yo no he estado ahí siempre a tu lado, ese lugar es de Eyra. Además, soy un príncipe extranjero y…
—Eres un idiota. —Suspiré molesta y le di un beso en los labios, ligero, un simple roce. —Nunca me importó el linaje, el género o… lo que sea de la persona que me gusta, sino lo que le define, sus actos.
—Entonces te gusto… —Sonrió feliz y sonrojado. —Es… raro porque, bueno, siempre he oído eso de otras personas pero…
—Querías oírlo de mí.
—Sí, y además, que pueda ser también tu pareja es una idea que me resulta complicada y al mismo tiempo… —Negó con la cabeza. —Creo que me estoy adelantando.
—Bastante. —Acaricié su rostro. —Sólo he dejado claro que me gustas, cuando esté preparada y la situación esté más tranquila…
—Estoy bien con eso. —Se levantó de repente. —Necesito aire, mucho aire.
Sonreí un poco al ver a Dante salir de la cueva y cerré los ojos, sintiendo los latidos de mi corazón acelerarse. Pero tenía mis prioridades y dos mujeres a las que salvar, no podía fallarlas.
Al día siguiente, antes de los primeros rayos del sol, nos despertamos al oír los cascos de un caballo sobre la nieve, la luz de una antorcha, y ahí en la entrada, cuando nos preparábamos para luchar, ahí estaba Aslan parcialmente descansado pero con algunas ojeras.
—No os vais a librar de mí tan fácilmente. —Exclamó con una sonrisa. —Ya me ha contado Edel lo ocurrido mientras estaba inconsciente.
—Ya, pues no te lo vas a creer. —Dante señaló a Izral con el pulgar. —Este hombre es un príncipe lorasiano.
—Podrías llamarme por mi nombre.
—Dado que nos habéis atacado, el único nombre que debería ponerte es el de cadáver. —Aslan le miró desafiante. —Pero Alexa debe tener motivos para ignorar lo ocurrido.
—Es una relación necesaria. —Respondí mientras me ponía la armadura. —Mira, nosotros encontramos a Eyra y él encuentra a su novia.
—¡Zhang Mei no es mi novia, D’Ur! —Gritó indignado. —Es mi deber protegerla.
—Ya… no va muy bien, eh. —Dante sonrió de forma burlona. —Hay que prepararse, no charlar.
—Espera, necesito saberlo. —Caminé hacia Aslan mientras desmontaba. —¿Qué te pasó allí en la aldea?
—Creo que… usé magia. —Se rascó la nuca. —Magia divina pero magia al fin y al cabo.
—Eso explica que perdieras el conocimiento. —Dante se cruzó de brazos. —La próxima vez podrías no abusar de tu magia.
—Me ayudarían mucho tus consejos si supiera usar magia. —Aslan habló con sarcasmo. —Por desgracia no sabemos por qué funciona de forma tan aleatoria.
—Ya, te falta práctica. —Sonrió Dante con malicia. —Es broma.
—Ya lo averiguaremos más tarde. —Acaricié el caballo de Aslan. —Gracias por venir.
—Somos amigos, no lo dudes.
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