Las Hojas de Valira. Capítulo 27

Recorrimos a caballo un pequeño trecho de bosque bajo la luz del sol, no sin sentirnos observados. Estábamos alerta, pero si hubieran sido lorasianas, ya nos habrían atacado ¿Entonces? Pues tampoco eran caballeros, no usamos lobos para cazar, y los que nos acechaban tenían oportunidades de sobra para atacarnos.

Además, en la distancia vimos a un eloar, inmóvil, de cabellos rojos, piel y ojos verdes, con un semblante sereno, portando un bastón de madera y llevando un enorme manto de pelaje negro. Todos pararon pero yo no, me acerqué a él sin miedo hasta que acarició el morro de mi caballo, mientras yo lo miraba con desconfianza.

—Buena montura, los humanos sabéis entrenarlos bien sin necesidad de magia. —Exclamó. —Eres un caballero de los Diablos Negros.

—Así es.

—La única en estos senderos, acompañada de extranjeros. —Me rodeó y acarició el lomo. —En tiempos de guerra, supongo.

—No vengo a pedirles luchar. —Respondí súbitamente. —Sólo soy un caballero.

—No, está claro que no vienes a eso.

—Mi compañera ha sido tomada por eloars. —Asintió. —Y una maga también con ella.

—Están en nuestra aldea.

—No conozco los motivos exactamente, pero no me voy a ir sin ellas. —Hablé con tono amenazante. —Así que me gustaría que me llevaran ante ambas o las traigan.

—¿Cree que estamos tratando mal a su compañera?

—Sabe lo que es. —Asintió con duda. —No está en un lugar seguro.

—Sabe pues nuestras costumbres sobre los mestizos. —Desvió la mirada. —Es cierto, nuestras leyes nos obligan a asesinarla o echarla de la aldea a morir, pero si hiciéramos eso a una caballero, su orden…

—Entonces no tardemos, me estoy impacientando.

—Tendrá que venir sólo usted. —Empuñé con fuerza la lanza.

Asentí resignada y decidí seguirle, llevándome por el bosque sin sentirme amenazada ni observada. Pude ver los grandes carromatos de los eloars, asentados junto al río helado, decorados con tótems y máscaras de madera, con las criaturas que las llevaban a rastras, grandes ciervos de pelaje con colores azulados y verdes con motas blancas, y astas casi de vidrio, con cadenas de plata enredadas en ellas.

—¿Es su primera vez viendo a una tribu como la nuestra? —Asentí al oírle. —Es una vida sencilla, no más difícil que la de un hemnas débil, pero sin obedecer a otros iguales.

—No estoy de viaje cultural. —Sonrió un poco. —Eyra, quiero saber donde está la caballero que secuestrasteis.

Señaló una tienda de campaña con pieles de lobo y fui allí al galope, dejando caer mi lanza y escudo, desmontando de forma abrumada y cayendo al suelo. Al entrar, vi a Eyra sin su armadura, vistiendo camisa de algodón y calzas de cuero, con sus tatuajes de plantas rodeados por vetas negras extrañas, sufriendo ella entre sudores fríos y retorciéndose de dolor.

—¡Eyra! —Corrí a ella y sostuve su cuerpo completamente asustada. —¿Q-qué te han hecho?

—Nosotros nada, me temo. —Me mostró sus tatuajes aquel eloar, también con vetas negras. —Esto va más allá de los meros habitantes de esta tierra vieja.

—Es cierto. —Mei entró también y me miró con desprecio. —La única que puede arreglarlo es…

—¡No estoy hablando contigo, maga! —Mi tono fue agresivo. —¿Qué demonios os ocurre a los eloars?

—Si os lo explicara, no lo entenderían. —Caminó hacia mí con dificultad y se sentó junto a Eyra. —Toda bendición viene de los dioses, lo divino de Breideriel o Breia como lo prefieras, los elnars de la Dama Nocturna, la nuestra de la Dama del Bosque, la de los eliars de la Forjadora, la de los hemnas de Einara, la de…

—Vale, lo entiendo.

—Esas bendiciones hacen que la magia cambie, no hay un tipo de magia, hay varias, con sus reglas, sus límites, y cuya fuente de poder es el alma, cuanto más abuses, más te agotas. —Señaló los tatuajes elnars. —Pero las bendiciones son una marca en el alma, una forma de acceder a sus magias, una pequeña muestra de poder de los dioses y una conexión, dichas bendiciones vienen de una fuente a su vez, y los descendientes de los bendecidos heredan dicha bendición. Los que llamáis santos y paladines, nosotros, los elnars, se ven afectados si la fuente de su bendición se daña, altera o…

—Se corrompe.

—Correcto, corrupción de magia oscura, pero sólo existen dos fuentes de magia oscura. —El eloar cerró los ojos. —Una no existe desde hace mucho o desapareció quizás, la otra aún perdura, Ralia, la Sombra de Valira. Es posible que Ralia haya encontrado la fuente de la Dama del Bosque, Saira y quizás esa guerra que los dioses mantuvieron… nunca se terminó.

—Me importa un bledo sus guerras. —Me levanté enfadada. —¡Sólo quiero salvar a Eyra! Así que dime donde está esa fuente.

—No lo sé, los mitos que envuelven nuestra fe sólo revelan que la Dama del Bosque habita en su reino bajo nuestras tierras, un extenso bosque subterráneo, donde los insensatos que se aventuran se pierden. —Me miró sereno, como si el dolor que parecía sentir fuese nimio. —No puedes salvarnos a ninguno, no es tu lucha y no es una guerra a tu altura, acéptalo, estamos condenados a morir, niños, adultos y ancianos por igual, incluida la mestiza, sólo puedes aceptar la agonía que nos espera.

—Si piensa así, es porque algo así ha debido ocurrir en el pasado con otros. —La voz de Mei la sentí con cierta indignación en mi cabeza. —Nunca pudo pararse ¿Cierto?

—¡Alexa! —Escuché la voz de mi padre. —¡¿Dónde está mi hija?!

—Quizás no hubo hemnas cabezotas en esos tiempos. —Respondí. —Y un archimago.

Salí de aquella cabaña y vi a mi padre y su amigo Kilian montando a caballo, acompañados de caballeros con el tabardo del olivo dorado, liderados por un hombre, quizás unos cuarenta, cabello castaño con algunas canas, barba recortada, ojos verdes, cicatrices en su rostro que contaban batallas, un cuerpo atlético, y de una altura mayor que la de mi padre. Con ellos estaban también Izral, Dante y Aslan, aunque el lorasiano se veía amenazado por sus viejos enemigos.

—¡Mi pequeña!

Mi padre bajó rápido del caballo y me abrazó con fuerza, pero yo no tenía las fuerzas para devolvérselo, el tiempo y el momento me arrebataban los ánimos. El caballero y Kilian se acercaron, siendo aquel militar quien hizo una reverencia.

—Es un honor conocerla como caballero, Alexa D’Ur. —Exclamó. —Soy el comandante de los caballeros del ducado de D’Ur, Alfredo Melgar et Estuarda…

—Es un honor pero necesito vuestra ayuda. —Le interrumpí súbitamente. —El jefe de la tribu os explicará mejor la situación.

—Señorita D’Ur, con todo respeto…

—No os lo estoy pidiendo, comandante. —Hablé interrumpiéndole una vez más. —Es una situación complicada y necesito que le escuche.

Alfredo asintió y entramos, viendo primero a Eyra sufriendo y mostrando el jefe la influencia de la magia oscura. También observaron a Mei quien simplemente mantuvo un semblante intranquilo, más cuando escucharon atentamente las palabras del jefe, causando muecas de malestar y apretando los puños, excepto Kilian, quien simplemente estaba atento.

—No es fácil presenciar la muerte de toda una raza. —Habló Alfredo. —Y la muerte de una joven caballero…

—Si es sólo arreglar la fuente, eso no será difícil. —Mi padre habló con determinación. —Es todo pura teoría mágica, y estoy seguro de que mi bella hija quiere eso ¿No?

—Y encontrarla tampoco será complicado, mi buen camarada. —Kilian le golpeó en el brazo. —Tengo varios estudios sobre el Vemalta, el Jardín de los Eloars, una colección de historias que…

—¿Es el reino de Saira? —Asintió al oírme. —¿Podremos acceder?

—Si mi teoría es correcta, sí. —Se acarició la barbilla. —En las fronteras montañosas del Oeste, unas viejas ruinas eliars de la época tardía imperial eliar.

—Izral, Mei, no voy a preguntaros. —Exclamé. —Pero sois libres de uniros.

Ambos se miraron y Mei suspiró molesta.

—El emperador de mi hogar quiere pruebas de magos oscuros y esta es la mejor pista. —Se encogió de hombros. —No tiene sentido ya mi disfraz así que…

—Si traemos sus cabezas a mi tía, es muy seguro que la guerra se acabe. —Me ofreció Izral su mano y la apreté con fuerza. —Será un honor luchar juntos.

—Eyra y yo no somos los mejores amigos, pero no estoy dispuesto a permitir que la maten y eliminen a todos los eloars. —Dante habló con determinación. —¿Te unes, Aslan?

—Estoy a tu lado siempre, Alexa. —Aslan tomó el dorso de mi mano y besó mis dedos.

—Comandante, quédese con los eloars y cuide de Eyra. —Ordenó mi padre. —Debe mantenerlos a salvo hasta que volvamos Alexa y yo.

—Así será, excelencia.

—Y tú, eres Mei ¿No? —Mi padre preguntó y ella asintió. —No me importa como haces eso de… hablar mentalmente, sólo me importa que sepas esto. No te atrevas a tocar a mi hija o Shinxai será responsable de tus actos.

Aquel tono de voz nunca lo escuché de él, amenazante pero tranquilo, seguro de sus actos, intimidando a todos los presentes.

—Mi hija cree que puedes ayudarnos, eres una maga, espero que sea verdad. —Mei asintió con duda. —Kilian, prepara el círculo de teletransporte, el resto necesito que nos deje a solas a Alexa y a mí.

Todos se marcharon uno a uno, en un incómodo silencio donde sólo se oía el sufrimiento de Eyra. Cuando estuvimos solos, me acerqué a ella y me senté de rodillas a su lado.

—No tienes que seguirme, papá. —Susurré triste. —Ni siquiera creo que pueda salvarla, y mamá…

—Estará bien, ya tiene a otros para ayudarla. —Acarició mi cabeza. —Yo tampoco creo que se pueda hacer algo.

—¿Entonces por qué seguirme y ayudarme? Cuando puedo estar equivocada…

—No hay seguros en esta situación, como mago, soy consciente de la realidad, de que sólo hay una suposición como esperanza. —Su tono fue sereno y su mirada de calma, puestos en mí. —Pero como padre creo en ti, sin importar cuál sea el resultado, si te equivocas sólo podré consolarte, y si aciertas, simplemente estaré orgulloso como siempre. Lo que intento decir es… creo en ti y estaré contigo dándote mi apoyo y mi saber, ayudándote desde atrás a salvar a la mujer que amas, porque ese es mi deber como padre.

—Ni siquiera creo en mí. —Rompí a llorar. —Todos me apoyáis pero yo no… creo que…

—Tú sólo sigue adelante, ser valiente, ser lista, ser fuerte, no necesitas creer en ti, yo haré eso por ti. —Besó mi frente. —He estado en tu piel, y a pesar de las cosas increíbles que he hecho, yo no tuve una familia que creyera en mí, menos un padre. Si supieras como todos se burlaron de mí por intentar luchar contra un guiverno con sólo quince años y un libro básico de magia, salvando una aldea a la que nadie le importaba, sin aprendizaje de un maestro, sin saber pelear, sólo yo. Era un inútil con la espada, pero estuve desde los cinco aprendiendo magia como si estuviera en la misma torre y era un auténtico desastre. 

Mi padre empezó a reír y a llorar, no de tristeza, sino de felicidad y orgullo.

—¿Le venciste? —Pregunté intentando secarme las lágrimas. —¿Los salvaste?

—Lo hice, aunque me quemé el pelo con un hechizo de Xeliara. —Se sentó de rodillas a mi lado riendo. —Sólo pude creer en mí cuando nadie más lo hizo. Pero me prometí que mis hijos no vivirían lo mismo que yo.

—Pero esto no es… matar a un guiverno, son cosas que me superan.

—Yo pensé igual, pero al final sólo es un guiverno, y no estás sola, tienes a tu padre y a tus amigos, y a tres extraños. —Ambos sonreímos. —Pero sobretodo no estás sola, y las personas que te quieren, creen también en ti.

—¿Y si te decepciono? A todos. —Apreté fuerte los puños. —¿Y si…?

—Nunca jamás pienses así, Alexa. —Me miró con orgullo y acarició mi rostro. —Nunca podrás decepcionarme.

—Gracias... por... por ser mi padre. 

No pude evitarlo, lo abracé con todas mis fuerzas y rompí más a llorar, mi cuerpo dejando atrás el dolor, el miedo, la ansiedad, se aliviaba el peso en mi alma, un consuelo del hombre más importante de mi vida y a quien más quería. Esos momentos y esas palabras las atesoraría siempre, no sin antes de despedirme de Eyra, con un beso en sus labios y la promesa de volver juntas. 

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