Las Hojas de Valira. Capítulo 28

Juntos aparecimos en la ladera de una de las montañas que formaban la cordillera que separaba la península de Isha del interior de Valira, imponente y difícil de ignorar por su altura. Y con ello admiramos por unos momentos la inmensidad blanca de los campos, decorados con las pequeñas casas con sus tejados camuflados con el paisaje.

—Estamos al lado, vamos. —Kilian se veía muy animado. —Aceptaré dudas de la arquitectura eliar, no tanto la eloar por la falta de material pero las teorías son bienvenidas.

Recorrimos ladera abajo un sendero empedrado y poco usado, un buen trecho acompañado de la charla infinita y aburrida de Kilian y mi padre sobre los eloars. Fue hasta llegar a un roble con extrañas marcas grabadas en su tronco, brillando hasta que Kilian las tocó.

—Es ingenioso ese uso de Selara. —Exclamó Mei. —¿Qué es lo que intentas esconder?

—Pues el yacimiento eliar.

Kilian señaló a otro árbol, que se deshizo en una nube rosada y cuyos alrededores también, dando paso a una excavación en el suelo, restos de edificios tallados en mármol negro con marcas de garras, edificios cuadrados con columnas lisas y capiteles de flores. Lo que era más difícil de ignorar era el extraño agujero en el centro, ante la estatua de mármol blanco de una mujer desnuda, una elfa con astas. 

Además del mural, uno tallado en piedra, una ciudad en llamas rodeada de monstruos en forma de insectos, una figura con armadura y yelmo de lobo, y un árbol del que emanaban elfos con símbolos solares, estrellas y flores en sus cuerpos. 

—Creo que entiendo porque decías que era una pista. —Exclamé. —Pero ¿Ahora qué?

—A bajar a la excavación. —Kilian señaló el agujero. —Estas estructuras del medio imperio eliar están bien, protomonasterios de…

Suspiré y me adelanté primero, bajando del caballo al llegar y observando el extraño agujero. Me sentí extraña al mirar al abismo, como si me robase el aliento y… mi magia, viendo por un instante a la otra Alexa, frente a mí, poseída por la brea negra, devolviéndome la mirada con aquellos ojos llenos de oscuridad.

—Vaya, esto es nuevo.

Miré a Kilian sorprendida, pensando que también la podía ver.

—Escaleras, un mecanismo que responde a… ¿Una presencia en concreto?

Me di cuenta que esa Alexa no estaba, y que de las paredes del agujero habían surgido escalones, formando una escalera de caracol. Bajé las escaleras sin previo aviso y sin miedo, pero Aslan me tomó del brazo, deteniéndome.

—No te adelantes, Alexa, no sabemos lo que hay abajo.

—Una gran puerta de piedra. —Kilian habló con una sonrisa. —Es un lugar seguro, alteza.

Aslan suspiró y me soltó, pero tomé su mano y le miré a los ojos. Él apretó la mía con fuerza, y sin pronunciar palabra, cerró sus ojos.

—Confía en mí, Aslan. —Respondí. —No seré impulsiva.

Ambos nos separamos y seguí caminando, bajando escalones sin parar hasta adentrarme en la oscuridad. No escuchaba mis pasos, ya no oía las voces de los demás, no había siquiera olores o sabores en mi paladar, sólo la sensación de mis pies pisando escalones de piedra y estar bajo la mirada de alguien.

—Eidalaila… —Una voz susurró lentamente, una mujer mayor. —¿De verdad eres tú?

Una sensación de pesar me invadía mientras bajaba.

—Es como si te faltase algo pero en parte puedo reconocerte.

Poco a poco empecé a ver luz, no de antorchas o de magia, luz del mismo sol, mezclado con múltiples tonalidades, azul, celeste, rosa, verde, amarillo, etc. Y la tierra excavada y la piedra dieron paso a la madera, madera cubierta de liquen y flores, y el olor… eran una mezcla, el bosque en verano y montaña en invierno, el frío glaciar y el calor agotador, incluso la magia fluyendo a través de mi armadura como un encantamiento ¿Qué demonios era ese lugar? Una gran puerta de piedra mis ovarios.

Cuando bajé el último escalón, salía del interior de un trono, no bajando, sino subiendo de él, y ante mí lo más extraño, un cielo de múltiples colores, bajo él un valle boscoso repleto de pinos y robles, con varias secuoyas milenarias de tonalidades azules y rosas, flores de pétalos deformes que jamás había visto, con hierba que alcanzaba mis tobillos y se sentía cual seda, y lagos y ríos cuyas aguas se veían embravecidas y serenas por sus colores dorados, todas yendo en una dirección, el norte.

—¡Señor Kilian, temo que esto no es la puerta de la que hablaba! —Grité asombrada. —¿Dónde demonios estamos?

—El Vemalta, Feywild, llámalo como quieras. —Escuché mi propia voz. —¿Por qué te sorprendes? Estar aquí es donde querías.

—Sí pero…

—La puerta está abierta. —Vi a mi lado esa versión retorcida de mí. —Saira no deja que nadie entre, ni siquiera a los suyos, pero aquí estamos, como si quisiera que estuviera yo. Pero está bien ¿No? Vas a salvarla, salvar el Vemalta, a los eloars, a tu novia, eres una heroína ¿Ahora qué? Purificar la fuente, por supuesto ¿Sabes cómo?

—No pero…

—Ah, sólo es meterse en la boca del lobo y ver que pasa, improvisar sobre la marcha. —Hablaba con sarcasmo y con una sonrisa que apenas duró. —No puedes meterte en la lucha entre dos dioses sin un plan.

—¿Vas a criticarme o ayudarme? —No respondió y escupí al suelo. —Genial, la Forjadora que forja mundos y crea razas no es más que una voz en mi cabeza que me critica.

—No te critico, antepongo mi bienestar.

De repente empezó a caer sobre mí una fuerte lluvia que me calaba, resonando el choque de las gotas contra el metal, haciendo que mi cabello quedase completamente empapado. Cerré los ojos intentando no dejar escapar mi ansiedad y mi rabia.

—Pero debo decir que estoy impresionada, abandonar a tu madre por tu novia en una misión sin…

—¡¿Quieres callarte?! —Grité con todas mis fuerzas. —¡Empiezo a entender por qué Varea te odia tanto, de hecho, no me extraña que estés muerta! ¡¿Quién no te iba a traicionar si como persona das asco?! ¡Y ya no me sorprende que te importe un bledo que toda una raza vaya a morir porque…!

Me di la vuelta y me senté en el borde, intentando recuperar el aliento y calmarme. Mis manos temblaban, respiraba profundamente, y cuando pude calmarme, dejé de ver a Alexa, sino a una mujer alta, corpulenta y musculosa, de cabellos negros, rizados y largos, ojos oscuros y piel de ébano repleta de tatuajes solares dorados, vistiendo sólo unos pantalones hechos de esa brea negra extraña.

—Sólo una persona me traicionó, el resto de ellos me mataron intentando proteger a sus esclavos. —Se cruzó de brazos. —La puerta se ha cerrado, por cierto.

Me di la vuelta y vi que ya no había árbol ni tronco.

—No estarán lejos. —Bostezó un poco como si se aburriera. —Pero no importa, total, no hay nadie que pueda purificar la fuente ¿El archimago y su amigo? Por favor.

—¿Por qué no desapareces tú también y me dejas en paz?

—Podría hacerlo, pero estoy en el mejor momento ahora mismo. —Evité mirarla. —Tu desesperación por tu amante.

Me levanté y emprendí mi camino, buscando a los demás, recorriendo un sendero que iba cuesta abajo. La mujer me seguía, sentía que estaba observándome en todo momento, podía notar su cruel sonrisa.

A pesar de la extraña naturaleza, mis pasos cesaron cuando mi atención se vio atraída a un árbol en concreto, un pino con vetas y hojas negras, con su corteza seca y pudriéndose.

—Esto debe ser como se siente esa chica. —Era mi voz. —Su alma devorada desde dentro por…

—Cesa de una vez, no voy a ser tu peón en esta… —Levanté las manos con los puños cerrados y mordí mi lengua. —Estúpida guerra de dioses.

—Ya eres un peón, en una guerra entre príncipes. —Negué con la cabeza varias veces. —Y eso no parece molestarte.

—Prometí que le ayudaría, es mi hermano.

—Esa historia de hermanos se acabó cuando te uniste a la orden y lo sabes. —Jadeé furiosa. —No tiene que acabarse la historia que tienes con esa amante, no si me escuchas.

—Mis amigos, mi familia, mis aliados. —La miré enfurecida, ese eco oscuro de mí. —Podemos lograrlo, juntos. No te necesito, no tienes nada que ofrecerme porque lograremos purificar la fuente… de algún modo podremos.

Intentaba creer mis propias palabras.

—Ya, no eres la primera que lo pensó, pero aquí estamos en Valira eones después, y sólo quedan eliars, elnars, eloars, y alguna raza que decidiera esconderse de esta guerra ¿Los demás? —Sonrió con malicia. —No veo a Elzars, ni…

—Ya, sé que no es la primera vez.

—Te lo preguntaré de esta forma ¿Qué estás dispuesta a dar por salvar a Eyra? —Agaché la cabeza. —La victoria cuesta.

—¿También vas a utilizarme como a los demás?

No se inmutó ni un poco, ni siquiera sentí nada que viniera de ella.

—Que la Forjadora, la mujer que tú viste, le encanta crear planes y chivos expiatorios para que todo salga según su interés. —Exclamé con una sonrisa. —No te miente pero no sabes como va a ser su plan ¿Te dice guerra? Y crees saber cuál será cada bando ¿Salvación? Pero no lo que habrá por el camino ¿Volver a la vida? Pero no cuales vidas se perderán.

Entonces su sonrisa desapareció.

—Es lo que dijo Varea, palabra por palabra. —La miré a los ojos. —Si tengo que luchar contra dioses por proteger a la mujer que amo y caer en el intento, así será, pero no jugaré a tus juegos.

—Vale, mantén la cabeza en alto pues. —Exclamó. —Pero Naj y sus seguidoras no van a ser un simple guiverno.

Decidí seguir adelante, al norte, esperando así quizás encontrar a alguien de la compañía. Pero no podía dejar atrás esa sensación de impotencia ¿Qué quiere realmente La Forjadora? ¿Cuál sería el precio a pagar si no lo lograba?

Esas preguntas tuve que dejarlas a un lado, una especie de pantera con tentáculos en su lomo yacía en el camino, decapitada, sin rastro de magia oscura. Me di rápido la vuelta desenvainando mi espada, desviando otra con el choque de tercios, una espada de sangre portada por Varea, quien vestía su uniforme de general y me observaba con sorpresa.

—¿Qué haces tú aquí? —Preguntó.

—No ¡¿Qué haces tú aquí?! —Pregunté más sorprendida que ella. —¡Deberías estar en el castillo de los Urda!

—Es lo que todo el imperio cree. —Deshizo la espada y me observó detenidamente. —Tú deberías estar con el príncipe.

—Es lo que el enemigo seguramente cree.

—Vaya, entonces no estamos en el lugar correcto. —Sonrió un poco. —Vas a tener que informarme. 

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