Las Hojas de Valira. Capítulo 29

Nos refugiamos en un claro, donde montamos una hoguera y comimos un poco junto al fuego. Ahí le conté todo lo ocurrido a la general, excepto mis conversaciones con La Forjadora.

—Me sorprende lo mucho que han tardado. —Suspiró molesta. —Esto no será fácil de escuchar pero…

—Vas a hablarme de dioses, así que es una suposición a la que ya había llegado. —Respondí interrumpiendo. —El reino de una diosa, la fuente de la bendición que regaló a la raza que creó. Dijiste hace un tiempo que existen, ya tuvimos contacto con un clérigo de uno de ellos.

—Chica lista. —Sonrió orgullosa. —Somos briznas de hierba en medio de un campo de batalla, así es como nos ven los viejos dioses.

—¿Y qué dios es el responsable de estar matando a Eyra y los eloars? ¿Ralia?

—Naj, la Dama de Seda y ladrona de los destinos, señora de las arañas. —Sacó una pipa y preparó tabaco.

Reconocí ese nombre, era el que dijo la Forjadora.

—Ha sido la responsable de eliminar a Elzars, Elvars y otras razas, y casi acabar con Ilios. La única que pudo evitar el exterminio de los ilianos fue una de ellos, pero el resto no tuvo la misma suerte. Los Eliars al menos tenemos suerte de que nunca encontrarán la fuente de nuestra magia.

—¡Entonces se puede detener!

Encendió su pipa y cerró los ojos.

—Existe la posibilidad remota, pero Naj es una diosa, una que vive para exterminar la vida. —Dio una calada y me miró con seriedad. —Tú sólo eres una recluta con los conocimientos mágicos de un mago novato de una torre, no podrías arrancarle las garras de la fuente.

—Pero mi padre podría.

—Genial, pero tienes tres problemas. El primer problema, seguramente la fuente esté custodiada por su aquelarre y seguidores, tendrán bendiciones elnars, eloars y eliars robadas de sus víctimas, por no hablar de las que no conoces. —Miró directamente la hoguera. —El segundo es que hay que buscar a tu padre, y no será fácil.

—¿Y el tercero?

Se abrió la chaqueta mostrando un corte en el lado derecho de su cintura, cristalizada como si fuera la magia de Izral.

—La emperatriz, Natsume Serra Amurase. —Me miró después a los ojos. —Tuvimos un pequeño encuentro mientras cruzaba.

—Seguramente cree que están aquí los magos oscuros y…

—Sí, y no suele ser de los “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. —Dio una calada más profunda. —No será tan simpática como ese Izral del que hablaste.

—Es curioso que decida ayudarnos sólo porque mi tía le salvó.

—Beatrice sabía conquistar corazones. —Sonrió un poco. —Y acabar en tribunales de la orden, en eso os parecéis mucho.

—Ya suponía lo que me pasaría cuando dejé atrás a Edel.

—Romper la cadena de mando por salvar a una dama, enfrentar a la oscuridad y proteger al imperio, es algo que haría un caballero. —Empezó a reír y me miró con orgullo. —Me voy a odiar por esto pero… echo de menos a tu chica.

—No se lo diré a Eyra. —Sonreí de forma burlona.

—¡Y ahora levanta el culo, recluta! —Ordenó y se levantó. —No voy a dejar que una araña de mierda se lleve a parte de mis caballeros.

Apagó con magia la pipa y el fuego mientras me levantaba, y con un gesto de su mano, una flecha plateada. Pude ver entonces por un momento que usaba Selus, reconocía el hechizo, sin siquiera usar glifos ni cánticos.

Empezó a andar y yo la seguí, con fuerzas renovadas y esperanzas de lograr salvar a Eyra. Por una vez sentí alivio y un respiro, en aquel lugar extraño y diferente a mi mundo.

Caminamos bastante tiempo hasta que Varea me hizo un gesto con su izquierda. Vimos a Izral en un encuentro, solo frente a soldados lorasianas con armaduras de placas como la suya, estandartes con una espada y dos alas en el arriace, armados con espadas que tenían una extraña aura.

Y el suelo entonces tembló, una mujer más alta que todos, corpulenta y esbelta a la vez, similar a Izral en aspecto, con cabellos tan largos que alcanzaban la cintura, de un aspecto juvenil pero con el rostro repleto de cicatrices.

—Gloria a la hija de la diosa, señora del nuestro imperio, del linaje de la primera de nosotras. —Exclamó Izral inclinando su cuerpo por unos instantes.

—Te ordené que mantuvieras cerca a la maga y ayudaras a eliminar a la muchacha. —Exclamó la mujer, serena, pero todos estaban tensos. —Pero estás aquí, en este lugar, solo.

—Así es, majestad. —Izral agachó la cabeza. —He encontrado a los responsables de la muerte de Nela, al menos… es lo que creo.

—¿Te ordené que los encontrarás? —Negó con la cabeza. —¿Debo suponer que fallaste de nuevo en proteger?

—No, majestad, la maga sigue viva.

—Entonces búscala e id a por la chica. —Izral no se movió ante aquella orden. —Sé que eres un inútil, pero no estás sordo.

Alzó Izral la cabeza, mirándola a los ojos pero no con desafío.

—¿Crees tener derecho a hablar? —La emperatriz esbozó una sonrisa. —Ni siquiera tienes derecho a respirar, tu vida sólo existe porque lo permito, porque tiene un uso.

—Quiero vengar también la muerte de Nela, majestad.

—¿Quieres? —Soltó una carcajada. —¿O quieres detenerme?

Izral desvió la mirada con nerviosismo.

—Ambas, majestad. —Exclamó con duda. —Entiendo la sed de sangre, pero no tiene sentido atacar al pueblo de Isha, esta tierra y su gente no nos han hecho nada, nuestros soldados luchan y mueren contra el contrincante equivocado, en vez de brujas y magos oscuros, luchan contra soldados y caballeros que intentan proteger su hogar.

—Su hogar alberga impunemente a herejes y cultistas, responsables de la muerte de Nela. —La emperatriz dio un paso hacia delante. —Así que ellos son también culpables.

—Ellos también los combaten, hombres y mujeres honorables que…

Se escuchó el temblor de una de las soldados y la emperatriz encaró a Izral.

—Me cansa oírte, hermano.

La emperatriz lo tomó del cuello y lo estampó contra el suelo con tanta fuerza, que la tierra alrededor se desquebrajó.

—Y por tanto, mi tolerancia también.

Izral tosía mientras la emperatriz lo mantenía agarrado, pero no se resistía, simplemente la miraba como si aceptara su destino. Salí de mi escondite con mi espada desenvainada, ante la sorpresa de los soldados, incapaz de tolerar lo que estaba ocurriendo.

—¡Déjale en paz! —Grité. —¡Si quiere un enemigo, aquí estoy!

La emperatriz posó en mí aquellos ojos felinos, sintiendo de ella un instinto asesino.

—O escuche al menos lo que tengo que decir, majestad. —Exclamé. —Pues ambas tenemos un mismo destino en esta tierra.

—Alexa D’Ur, hija de la duquesa Camille D’Ur y del archimago Noah Urda. —Miró a Izral por un momento. —Dispuesta a proteger a su cazador. Si tan sólo hubieras aprendido algo de ella antes, no tendríamos que estar aquí.

—Izral no tiene la culpa. —Hablé molesta y desafiante. —El aquelarre de la diosa Naj.

—Ahorra saliva, hemnas, no tengo interés de escuchar a un cadáver, menos de cosas que ya sé.

—¿Y sabes que están a punto de exterminar a todos los eloars? —Pregunté llamando su atención. —Intento salvarlos, intento… salvarla.

Apretó con más fuerza el cuello de Izral por unos momentos, pero luego le liberó y se levantó, mientras él tosía y recuperaba el aire.

—Al menos alguien aquí tiene valor. —Exclamó con desprecio mirándole. —¿Por eso la proteges, hermano? ¿Intentas aprender de ella y dejar de ser un fracaso?

Dirigió su mirada hacia mí y creó en sus manos cristales, tomando la forma de dos hojas cortas de doble filo, unidas por una cadena de grandes eslabones. Mientras la creaba, los soldados se apartaron y estuve sintiendo la presión en mis hombros con sólo mirarla a los ojos.

—Te dije que no atendería a lógicas tan simples. —Varea surgió enfadada del escondite y creó en su derecha una espada de sangre. —Te lo dije, decisiones, consecuencias.

—¿Segundo asalto, elfa? —Preguntó la emperatriz. —Sangraste bien la última vez.

Varea no respondió con palabras, sólo con un gesto de su izquierda, un relámpago que surgió de ella, con la forma de una sierpe que clavó sus colmillos en su hombro. Aprovechamos el momento en que la emperatriz se vio paralizada por la electricidad, atacando con nuestras hojas sólo para esquivar un muro de cristales que surgió.

Escuché un ligero y débil chillido y nos agachamos, pasando sobre nuestras cabezas las hojas de Serra.

—¡Gelum!

Las runas de mi armadura reaccionaron por sorpresa para mí, en mi izquierda se generó una rodela de piedra. Vi a Varea invocar muros de lanzas de sangre contra Serra, quien esquivaba y las rompía con sus hojas.

—¡Xelum!

A mi grito, más runas de la armadura se activaron, sentí más velocidad y al mismo tiempo mejores reflejos. Fui a por Serra esquivando sus hojas una y otra vez, y cuando parecía que podía dar una estocada para desarmarla, me propinó una patada que no pude evitar, sólo protegerme con el escudo, siendo lanzada a bastante distancia y rompiéndose en pedazos mi rodela.

Rodaba sin parar, aún sintiendo la presión en mi brazo y mi pecho como si casi hubiese roto mis huesos. No me había protegido suficiente, habiendo visto su fuerza antes noté que se contenía, como si me pusiera a prueba.

La prueba estaba ante mis ojos, la velocidad y fuerza era completa con Varea, ambas luchaban a matar en un juego de esquive, desvío y golpes apuntando a zonas vitales. La coraza de Serra estaba repleta de abolladuras, agujeros y cortes, mientras que Varea simplemente se curaba a gran velocidad, pero notaba algo en la emperatriz, su magia no la agotaba, la consumía físicamente, pequeños filamentos y esquirlas de cristal blanco en su rostro.

—Conozco el coste de tu magia, elfa. —La emperatriz sonrió. —Y las atrocidades que debes hacer para volver a estar en plena forma.

—¿Sabe tu linaje que lo vuestro no es bendición sino una maldición?

Ante esas palabras, Serra partió por la mitad con sus hojas a Varea, y en ese momento disparé con una de mis ballestas, impactando debajo de una placa de metal y dando en la rodilla izquierda. Aún con Xelum, corrí a gran velocidad, desviando todos los tajos y estocadas que esa tirana me lanzaba a distancia, y la fuerza del impacto, junto a la zona, un agujero de la coraza, fue suficiente para perforar con mi ropera, estando clavada en su pecho pero también habiendo sido atrapada yo.

Había agarrado mi cabeza con su mano izquierda, sentía como intentaba aplastar mi cráneo, gritaba yo de forma agónica hasta que solté mi ropera y agarré su mano con las mías, un glifo eléctrico surgiendo y… Xeliara. La explosión eléctrica nos destrozó a ambas, cayendo al suelo de lado y con mis músculos agarrotados y paralizados.

Veía a Varea recomponiéndose pero de forma más lenta, su carne siseando y órganos volviendo a unirse, y a la emperatriz volviendo a recuperar sus fuerzas, malherida, sacando mi ropera de su cuerpo y tirándola lejos.

—Estoy… impresionada, hemnas. —Sonrió Serra mientras se ponía de pie. —Levántate, muéstrame más.

Pero cuando tomó sus hojas, vi bajo nosotras un glifo de fuego y levantarse un muro de fuego a nuestro alrededor. De entre las llamas surgía mi padre con un semblante que heló mi sangre, el hombre cariñoso no estaba, era un mago que no ocultaba su mirada asesina, al contrario, la mostraba hacia la emperatriz, empuñando con fuerza su bastón.

—Has herido a mi hija. —Exclamó con calma y un glifo de hielo en su otra mano. —Voy a replicar las heridas que has causado en ella sobre tus soldados.

—Basta… —Intenté levantarme y miré a la emperatriz a los ojos. —¿He… demostrado que merezco… ser escuchada?

La emperatriz se quedó en silencio y apretó los dedos de su izquierda. Deshizo su arma y me ofreció su mano, sólo para interponerse mi padre.

—Su hija no necesita protección, archimago. —Habló relajada. —Necesita un sanador.

—¿Tenemos una tregua? —Pregunté y asintió. —Gracias… majestad. 

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