Las Hojas de Valira. Capítulo 30

Acampamos junto a un río, donde la emperatriz fue tratada por uno de sus soldados y una dama de vestidos blancos y cubierta por la cabeza ocultando su rostro, y como si sus heridas, mortales para cualquiera, fueran sólo meros rasguños. Yo fui tratada por mi padre y Varea sin magia, cada herida y quemadura con sus respectivos tratamientos, cataplasmas y ungüentos que olían raro.

—Ten en cuenta lo que has logrado. —Susurró Varea con una sonrisa de felicidad que apenas podía esconder. —Aunque haya sido en buena parte gracias al archimago y a mí.

—Mi hija ha sufrido a manos de esa bestia.

—Esa bestia es una de las claves para salvar a los eloars, papá. —Exclamé. —Y si la llevamos hasta el aquelarre, quizás se acabe esta guerra y se largue.

—Vuestra hija tiene razón.

Escuchamos la voz de Mei, y la vimos junto a Izral y Serra. Su túnica tenía algunos cortes y estaba sucia, pero ella se veía intacta, como si perderse en aquel plano mágico fuese una minucia.

—Su majestad desea hablar con ustedes. —Hizo una reverencia Mei y Serra dio un paso adelante. —Sobre… la tregua.

—Cualquier diálogo será conmigo. —Exclamó mi padre.

—Su majestad ha sido informada tarde de que usted dejó de ser archimago no hace mucho. —Mei y mi padre se encararon. —Pero… su posición paterna le permite hablar en nombre de la señorita D’Ur.

Varea tocó mi hombro y nos miramos, como si no debiera hablar ¿Quizás así era la diplomacia lorasiana?

—Su majestad quiere las cabezas de todo el aquelarre, y aceptará la ayuda de la Orden de Los Diablos Negros en su tarea, incluida la del mago. —Mei se llevó la izquierda al pecho. —Y acepta el fin de las hostilidades con una tregua de diez años, siempre que firme el príncipe Edel personalmente.

Eso no era sólo el fin de la guerra, era darle una victoria a Edel, darle fuerza para ser el próximo heredero. Pero no podía saber si era un regalo envenenado para estimular las hostilidades internas, o si realmente lo estaba apoyando.

—Y como gesto de buena voluntad, se ha enviado una partida de búsqueda para los príncipes Dante y Aslan, y el mago Killian. —Mei hizo una reverencia. —También su majestad hace entrega del príncipe Izral como caballero al servicio de la futura duquesa. Tiene total libertad de uso sobre el… príncipe.

Vi resignación en el rostro de Izral, justo cuando nuestras miradas se cruzaron y la desviase. 

—Veo lo que estás haciendo. —Me levanté enfadada y encaré a la emperatriz. —Estás humillando públicamente a vuestro hermano y usándolo para echar más leña a la guerra civil que se acerca. Quieres hacerme ver como una heroína y al mismo tiempo provocar la paranoia del bando del príncipe Casio, forzando que antes o después estalle la guerra, impidiendo que las fuerzas leales de Edel nos recuperemos.

—Desde luego eres muy inteligente. —Exclamó satisfecha la emperatriz. —Ves lo que estoy haciendo entonces.

—Nos debilitas porque esta invasión te ha salido más cara de lo que pensabas, el coste de fuerzas ha sido excesivo.

—No, el coste ha sido correcto, pierda los asedios o no. —Se vio más relajada. —Ahora sé como funcionáis siendo fuertes. Y puedo debilitaros cuando me retire, porque estas condiciones no las puedes rechazar.

—Tiene razón. —Varea habló molesta. —Edel no tiene tanta legitimidad, pero si aceptamos, eso no importará, porque la aristocracia buscará un líder fuerte en tiempos de necesidad, uno que de resultados, que haya logrado firmar la paz a su favor. Y si ese líder tiene al ducado que lo apoya con una heredera heroína de guerra, un rehén extranjero y dos príncipes aliados, la cosa juega más a su favor. Así elimina cualquier intento de paz entre los dos príncipes, con uno como victorioso, y el otro creyendo que está arrinconado.

—Así que la leña está ya ardiendo, sólo podemos aprovecharlo a nuestro favor. —Suspiré resignada. —Es una victoria a medias para nosotros, pero una victoria completa para ti.

—También puedes intentar matarme, así no habrá una segunda invasión.

—Nos beneficia más si sigues viva. —Sonrió más, disfrutando de mis palabras. —Puedo aceptar la posición en la que estaré si eso significa que Eyra estará viva. Consecuencias y responsabilidades ¿No?

Varea se mostró disgustada, cruzándose de brazos y mirando después a Serra.

—No espere un banquete de celebración cuando destruyamos al aquelarre, Amurase.

Varea se marchó y después Serra, seguida por Mei, pero Izral y mi padre se quedaron.

—No tenías que protegerme. —Exclamó Izral. —No obedecí y hablé en exceso, debía pagar el castigo.

—Eso no era castigo por no matarme. —Exclamé y desvió la mirada. —Era odio y culpa hacia ti.

—Es justo.

—Entonces yo debería odiar a mi general y culparla. —Me miró sorprendido. —No salvó a mi tía Beatrice, así que debería hacer igual que tu hermana.

No respondió, dudó y cerró los ojos con fuerza.

—Deja de culparte, sólo te estás destruyendo. —Toqué su hombro. —Tu vida y tu dignidad también tienen valor. 

—Ven, toma conmigo una taza de té. —Habló serio mi padre. —Será bueno para ti.

Pude ver por un momento la mirada de orgullo de mi padre en mí mientras me alejaba, sonriendo yo un poco. Me acerqué al río, observando el atardecer reflejado en el agua, el sol rojo y tres lunas blancas con un mar de estrellas multicolor que poco a poco brillaban más.

—Empiezo a ver porque se ha ganado a la emperatriz. —Exclamó Mei en mi cabeza. —Cualquiera diría que no quería una batalla campal contra su padre o que es muy fuerte, pero en realidad ve en usted una figura en ciernes.

—La verdad, me importa nada lo que piense o vea esa mujer.

—Bueno, a mí me importa. —Se colocó a mi lado y clavó su bastón en la hierba. —Por eso estoy aquí.

—¿Y qué interés tiene una maga que juega a ser espía y asesina?

—Mi interés no es diferente al suyo.

Ambas nos miramos de reojo y llevé mis manos a mi espalda.

—Aunque no creo que importe, la emperatriz me ha echado de su corte justo ahora. 

—No es muy tolerante con el fracaso. —Ambas reímos un poco. —Podría haberme matado esa noche si se hubiese esforzado un poco más, o a Eyra.

—Cuando vi las vetas negras en la mes… elfa. —Notó cierta amenaza en mí. —Vi que ya no tenía sentido seguir, que usted trataría de buscarla, así que me dejé envenenar.

—Tienes interés también en acabar con el aquelarre.

—Hay fuerzas oscuras en esta tierra. —Me ofreció su mano. —Podríamos seguir siendo aliadas más tiempo.

—¿Es una orden de tu señor de Shinxai?

—Es un interés personal. —Miré al frente al oírla. —¿Conoce la magia eliar, excelencia?

—Señorita D’Ur. —Respondí molesta. —Y sí, más o menos.

—¿Ha notado algo extraño? —Llamó mi atención y vi como usaba un glifo arcano. —Selara, por ejemplo.

Creó la ilusión de un largo puente de madera que cruzaba un extremo al otro del río.

—Nuestra magia es limitada a glifos y cantos. —Deshizo la ilusión y apretó el puño. —El mago no usó nada de eso, un juego de runas talladas y poco más, y es extraño, la magia humana requiere décadas de disciplina y estudio, mientras que la magia eliar es puro talento e instinto.

Llamó mucho más mi atención y me di la vuelta, viendo a Killian llegar al campamento.

—¿Están seguros de que es un mago? —Preguntó con una sonrisa. —Aproveche y descanse.

Vi a Mei marcharse y crucé miradas con Killian, saludándome con mucha alegría. Realmente era un hombre extraño, estando en los momentos más inesperados.

—¡Alexa!

Escuché la voz de Dante quien me abrazó con fuerza por detrás y, después de darme la vuelta, puso sus manos en mis hombros.

—¡¿Es verdad que luchaste en un duelo contra esa criatura?! —Gritó asustado.

—Bueno, gané más o menos.

Sonreí relajada al ver a aquel tonto de cabellos rubios. Sentí el tacto de alguien, viendo de reojo a Aslan, quien sonreía aliviado de verme.

—Lo que quiere decir es si estás bien. —Preguntó con una voz tierna y cálida. —Si necesitas ayuda.

—Ya tengo toda la ayuda que necesito.

Les abracé a los dos con fuerza, sonando el metal de sus armaduras chocando, relajada con el calor que me daban con sus rostros en contacto con el mío. Su olor a sudor, la forma en la que me abrazaban con sus manos en mi cintura, me daban calma al principio hasta que mi imaginación me hizo jugar una mala pasada, la simulación de sus cuerpos con el mío.

—¡C-creo que necesitamos un baño! —Me aparté sonrojada y vi que ellos también estaban avergonzados. —¡A-agua, sí!

Me alejé de ellos y me distancié del campamento, tomando un respiro mientras lavaba mi rostro. Mi corazón latía fuerte por ellos, igual que con Eyra, pero mis deseos puros e impuros eran una ilusión, Eyra era libre, Dante y Aslan no, eran príncipes y estaban atados a sus hogares.

Y no sólo eso, Eyra estaba sufriendo ¿Cómo podía simplemente pensar en otras personas? No importa si Eyra lo permitiera, ella era mi prioridad en esos momentos.

Tras remojar un poco mi cuerpo a solas, vi una gran hoguera en el centro del campamento iluminando con fuerza, y muchas tiendas de campaña. Las soldados lorasianas parecían rezar antes de cenar mientras la emperatriz ya tomaba su comida, arroz seco acompañado de una sopa oscura de algas, y una infusión con un fuerte olor a hierba recién cortada.

Mientras nuestro grupo comía carne asada de los conejos de estas extrañas tierras, mi padre y Aslan se animaron a comer la misma comida que nuestros enemigos. De hecho, cuando me acerqué, Mei me ofreció la misma comida, en un cuenco y vaso de madera.

—Será más nutritivo que vuestra comida. —Exclamó con preocupación. —Los exploradores han encontrado la fuente, por cierto.

—No parecen buenas noticias.

—No lo son, extraños híbridos entre mujeres y arañas, monstruos sacados de pesadilla, rodeados de una niebla purpura. —Su tono temblaba a pesar de no mover la boca. —Necesitaremos toda la artillería mágica posible, cincuenta soldados pesados del imperio lorasiano son de sobra insuficientes.

—No será necesario un asalto tan directo. —Varea habló mirando a la emperatriz. —Noah, Killian, Mei y yo podemos servir de artillería mágica mientras sus soldados nos protegen. El caos será perfecto para un pequeño escuadrón que se infiltre y acabe con su líder, la recluta Alexa y sus altezas Aslan, Dante e Izral.

—Puedo invocar caballeros de acero para apoyar. —Mei habló mirando a Serra. —Su majestad tendrá una batalla gloriosa.

—Será gloriosa cuando mis enemigos caigan a mis pies. —Respondió Serra con terquedad. —¿Estarás a la altura, pequeña duquesa?

—Debería preguntar lo mismo por usted. —Respondí molesta y sonrió con burla. —Voy a comer a solas si no les importa.

Me alejé de nuevo y me senté bajo un árbol no muy lejos, observando el océano de estrellas multicolor reflejado en el río con sus lunas, con grandes y pequeñas sombras bajo el agua, peces de muchos tamaños, los grandes devorando a los pequeños, y los más pequeños atrapando insectos que se acercaban, sobretodo luciérnagas que revoloteaban, de tonos amarillos, rojos, verdes, azules, mientras un ciervo de pelajes de colores morados y blancos, con sus cuernos de plata tocando el agua de la orilla. Y ante aquella escena idílica y salvaje, una hoja cayó sobre mi hombro, una hoja de pino que se deshacía en ceniza, arrastrado el polvo hacia la oscuridad por los vientos del sur. 

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