Las Hojas de Valira. Capítulo 31
Al amanecer, ya habíamos partido hacia el norte, como un pequeño ejército moviéndose por antiguos senderos ya olvidados. Al principio vimos raíces cortadas y podridas que surgieron hace mucho del suelo, como si la magia eloar hubiese estado presente.
También vimos a unas especies de arañas y humanoides consumidos por el liquen y las setas, atrapados por raíces que consumían su carne desde el interior. Algunas figuras humanoides parecían también hechas de madera, quienes tenían también armaduras oxidadas de un diseño que no se parecía a nada del continente o el mundo.
—Que no compartamos su destino, ya dice que estamos en el sitio correcto. —Exclamó Varea. —En otro tiempo nos habríamos tenido que enfrentar a sus más fieles y a su magia.
—Tenemos que escribir eso en nuestros diarios. —Killian le habló a mi padre pero le ignoró. —¿Mi buen amigo?
—La investigación es importante, pero mi hija lo es más.
—No manejáis bien vuestros miedo, mago. —Exclamó Serra. —Sois como… ¿Kaveshel? Sí, una jirafa.
Todos se quedaron callados al oír a aquella imponente figura comparar a mi peligroso padre con dicho animal.
—Parece adorable hasta que si lo pones nervioso, te intentará matar.
Mientras mi padre y la emperatriz Serra se encaraban, lo vi.
A lo lejos, elevándose sobre el bosque, un roble negro y sin hojas recortaba su silueta contra el cielo iluminado.
Esa sensación en mi interior… nada familiar, la Forjadora lo recordaba, algo ajeno al que yo no podía acceder.
Me fijé entonces en algunas flores en unos arbustos, rosas rojas y blancas, recordando así el día que conocí a Eyra cuando éramos unas crías, su rostro dulce y sucio por la tierra, sus manos con una corona de flores, su miedo que se disipó al mostrarle amabilidad y curiosidad… como quise realmente ser su amiga. Sentí manos en las mías, tomándolas con fuerza, Aslan a mi izquierda y Dante a mi derecha, mirándome con una sonrisa de calma y afecto.
—Debemos purificar la fuente. —Ordené. —Pase lo que pase.
—Por Eyra. —Susurraron los dos.
Asentí y apreté con fuerza sus manos, besando la mejilla de Aslan y luego a la de Dante. Les solté y continué andando sola, con más fuerzas y ánimos que antes.
Durante el camino, vimos más y más figuras aprisionadas, cuerpos tomados por la naturaleza, pero también ceniza en el ambiente, con un olor a hierba mojada reciente y carne podrida que se pegaba en nuestro paladar. Las palabras de Varea las recordé demasiado bien, éramos sólo la hierba en un campo de batalla de los dioses, y esas meras sensaciones a nuestros sentidos eran la prueba de ello.
Llegamos ante unos escalones naturales de piedra, que subían por la ladera de una pequeña colina donde se asentaba el árbol. Antes de que pudiese dar el primer paso, de entre los árboles una mezcla extraña entre humanoide y araña se abalanzó sobre uno de las soldados lorasianas, asesinado rápidamente por Izral con una alabarda de cristal.
Un instante fue suficiente para ver con detalle al monstruo, encorvado, azul pálido, con cuatro pares de brazos, dos piernas, un rostro lleno de ojos y una boca de araña con dos colmillos supurando veneno.
Antes de que pudiera decir una palabra, más de esas surgieron, pero Killian y mi padre levantaron muros de fuego que hicieron arder el bosque, quemando también a las criaturas.
—¡Ofensiva directa! —Ordenó Serra. —¡Todos juntos agrupados con lanzas!
Subimos los escalones juntos, liderados por los soldados como un muro de lanzas. La primera horda de monstruos fue fácil de eliminar, un rastro de cadáveres lanceados y dejados atrás, mientras se prendía más fuego a los árboles de los alrededores.
La segunda nos ralentizó, el fuego ya no les asustaba y atacaban por los flancos, pero la luz de las llamas delataban sus sombras antes del primer movimiento y se podían eliminar a distancia. La tercera oleada ya nos frenó, muchísimos más numerosos, los pies de los soldados estaban atrapados en una red de seda de araña y surgían hechizos de fuego y electricidad de entre los árboles.
Pero Killian y mi padre despejaron el bosque, empezando con grandes glifos de fuego y aire, y al momento… Beliara y Celiara con la voz del hombre que desde pequeña me había guiado, sin furia pero tampoco sin calma. La ira serena no se veía en él sino en su tornado de fuego, no sólo más grande que el de su colega, también más destructivo y ardiente, incinerando los árboles más cercanos y prendiendo los lejanos en cuestión de segundos.
Mei en cambio combinó tres encantamientos, treara, xelara y gelara mientras tocaba el cristal de su bastón, mostrando un pequeño quejido de cansancio. Invocando numerosos tigres de metal que atacaban de frente, una marea de bestias mágicas que dieron un respiro a los soldados.
A pesar del caos, lo vi como una oportunidad, tomando la lanza de una de las soldados y tomando el flanco derecho. El fuego era intenso y se podía sentir en el metal de mi armadura, pero también asustaba a los monstruos arácnidos.
Me abrí paso en la confusión, matando con esa lanza a cualquier criatura que encontraba, lanzándola después al último de ellos y empalándolo contra un árbol en llamas. Un relámpago iba a alcanzarme pero sabía que Izral estaba cerca de mí, cubriéndome de aquel hechizo con un muro de cristales que surgió en mis narices.
—Veo que confía bastante en mí. —Exclamó Izral hacha de cristal en mano. —No tuvo que dar la cara pero…
—Después nos tomamos una cerveza, alteza. —Respondí seria.
Seguimos adelante, distanciados del combate principal, y logrando alcanzar la cima sin apenas oposición, con nuestros filos teñidos de sangre verdosa. Allí vimos un yermo muerto a los pies del gran árbol, y un lago formado por sus raíces, de aguas doradas y negras, rodeada por telarañas, custodiada por las extrañas figuras de torso andrógino y cuerpo de araña, preparando trigramas oscuros a sus pies, algunos con tatuajes elnars o eloars, o eliars, o juntos.
—¡Cuidado!
Escuché el grito de Aslan, y nos agachamos, cayendo junto a nosotros una de esas drañas, empuñando una guja pesada, con tatuajes tribales en su abdomen arácnido y sus brazos, dejando un agujero en el suelo donde impactó su hoja. Justo cuando iba a incorporarse, fue atravesada en el corazón por una lanza de hielo, empuñada por Dante quien le disparó además en la cabeza con una de sus pistolas.
—Hay que seguir adelante. —Aslan me ayudó a levantarme. —Creo que puedo purificar la fuente.
—¿Cómo? —Pregunté, antes de ver su izquierda brillar. —¿Estás seguro?
—No, pero si no hay más opciones…
—¿Qué tal si primero llegamos a la fuente y luego pensamos cómo? —Dante se bajó de la draña. —Luchad sólo si es necesario.
Vimos llegar a los tigres y a los soldados mientras una lluvia de hechizos caía sobre ellos. Raíces surgían de la tierra intentando atraparlos, y las drañas, convertidas en bestias salvajes, los enfrentaban con ferocidad. Pero en la retaguardia también estallaban bolas de fuego y relámpagos: una lucha sangrienta, una batalla en toda regla que decidiría el destino de los eloars.
Y nosotros nos adentramos evitando la lucha todo lo posible, abriéndonos paso a puro filo y hechicería cuando era necesario. No importaba cuánta sangre derramara ni cuántos cayeran bajo Vestigio; cuántos suplicaran en su extraña lengua o lucharan hasta el final. Silencié mi conciencia y solo pensé en salvar a Eyra, ignorando los rostros de aquellos monstruos, los gritos y el hedor a sangre.
Poco a poco nos separamos, primero Izral, quien poseído por la furia, empezó a decapitar a cada draña o engendro que encontraba. Después Dante, cuyo sable no hallaba descanso en cada tajo que infligía.
Finalmente Aslan y yo llegamos a la fuente, prendiendo fuego a la seda de araña que nos impedía el paso, y rodeados por el fuego, la batalla ya nos alcanzó, decenas de drañas y monstruos desde nuestras espaldas, sólo para caer sobre ellas Serra, quien hizo pedazos a una de ellas sólo con su caída.
—¡No pienses que toda la gloria será tuya, pequeña duquesa! —Gritó furiosa. —¡¿Me has oído?!
Aslan y yo nos dirigimos a la fuente, viendo en las aguas no una draña sino una mujer anciana, elfa, de piel pálida y cabellos negros y largos, tatuajes de soles, estrellas y plantas en su piel, las bendiciones de los elfos en su carne, vistiendo una toga negra que ocultaba el torso, y una máscara roja de una araña. Vimos hilos negros surgiendo bajo su sombra, como raíces que se enredaban en las profundidades.
Me acerqué a las aguas, invoqué un glifo eléctrico y la mujer empezó a susurrar extraños cánticos.
—Su voz… puedo oírla junto a la tuya. —Exclamó en un excelente ishiano. —La jaula de una diosa rota.
—¿Y qué idioma habla? Porque yo el de la violencia. —Respondí molesta.
Se levantó y se dio la vuelta, gritándole yo Xelius. Dos relámpagos, uno invocado cada una, chocando y estallando.
—Es una lengua que no debería hablarse más en este lugar. —Respondió tranquila y extendió sus manos. —Esta tierra necesita paz, Valira ha sufrido demasiado.
—¿Haciendo desaparecer a todos? Eso no es paz, es muerte.
—La muerte es lo único que ha caminado en Valira. —Habló molesta. —La vida tuvo su oportunidad pero renacer sólo dio paso a más guerras, más muerte, más conflicto. Incluso aquí, sus fuegos arden.
—¿Por eso engañaste a esos chicos? —Preguntó Aslan. —¿Les ofreciste regalos para que masacraran a una aldea?
—Para demostrar al sacerdote que tengo razón. —Respondió. —Sus diosas intentan creen poder limpiar esta tierra como antes, pero pase lo que pase, la vida siempre se abre paso mientras pueda haber una semilla, y mientras la vida exista, también la envidia, la ambición, el miedo, todos se matarán unos a otros y todos sufrirán.
Recordé a Eyra, su sonrisa y su sufrimiento, su tristeza y su furia. Pero yo también sufrí, morí, viví, y disfruté, si alguien sabía de verdad lo que era mejor, era yo.
—No vas a convencerme con eso. —Hablé invocando un glifo de tierra. —No tienes derecho a arrebatarle la vida a gente inocente, a elegir por ellos, a elegir si el completo caos que vivimos es mejor que la absoluta nada.
—¿Crees poder deshacer lo que ya está en marcha, hemnas?
—Pregúntate mejor si crees poder detenerme.
Raíces surgieron del suelo, pero Aslan las cortó con un tajo de su cimitarra en llamas. Dante apareció lanzándole su lanza, pero la mujer le lanzó una bola de fuego que lo derritió al instante.
—¡Gelius!
Le invoqué una roca grande que partió con un muro de hielo, sólo para aparecer detrás de ella un Izral enfurecido. Cada tajo de su hacha iba a matar, pero la sacerdotisa esquivaba sin esfuerzo.
Los tres juntos atacaban, lanzaban cortes que a veces chocaban entre sí, mientras ella simplemente los evitaba. Con xelum, fui lo suficientemente rápida para caminar sobre el agua, tomando bastante velocidad mientras estaba distraída la sacerdotisa.
La sacerdotisa les contratacaba, a Izral le atrapó las piernas con raíces, a Aslan lo alejó con una ráfaga de viento, y Dante logró cortarla desde el hombro derecho, sólo para quedarse su hoja atascada.
—¡Su voluntad es imparable!
Gritó y lanzó una descarga eléctrica al agua.
El impacto recorrió el lago entero.
Los gritos de Aslan, Dante e Izral me atravesaron, pero ya era tarde para detenerme. Soportando el dolor de aquellas descargas, hundí la ropera en el vientre de la sacerdotisa a gran velocidad y, por la fuerza del choque, ambas rodamos entre las aguas.
Cuando logré salir a flote, jadeando, busqué a tientas a Vestigio.
Entonces lo vi.
El agua se ennegrecía cada vez más, extendiéndose como tinta viva, mientras el oro de los canales mutaba en un verde enfermizo. Pero la sacerdotisa había desaparecido. No quedaba ni su cuerpo.
—Adelante. Intenta detener el ritual y salvar a tus elfos, desafía la voluntad de Naj'Zarel. —Su voz resonó en todas partes, cargada de burla. —Cada muerte aquí no ha servido para nada, cada amigo tuyo sufriendo no ha cambiado el sendero ya iniciado. La desesperanza será la llave para que veas la verdad.
Ignoré sus palabras y saqué del agua los cuerpos de Izral, Aslan y Dante, uno por uno. Sus pieles estaban marcadas por quemaduras eléctricas y ninguno reaccionaba.
El agotamiento comenzó a aplastarme después de usar tanta magia curativa en ellos, y el miedo al no verles despertar. Me quedé inmóvil, de rodillas, frente a las aguas negras mientras, a lo lejos, los gritos de la batalla seguían resonando.
Entonces recordé las palabras de la Forjadora, su oferta, imaginando cual debía ser el verdadero precio a pagar.
¿De verdad tenía tiempo
para esperar?
¿O debía aceptar su trato antes de que todos murieran?
Me tomé un momento, suspiré y cerré los ojos. Aslan estaba inconsciente y no podía despertarlo, no sabía el estado de Varea, Killian y mi padre.
Decidí levantarme, dejé caer Vestigio, me quité mi armadura y me adentré en el agua. Usé breium con un pequeño destello, después breius con uno más intenso, y cuando fui a usar breiara, ni siquiera surgió el glifo dorado, tan sólo sangre de mi boca.
—¿Vas... a ayudarme? —Pregunté en voz alta y entre tos. —¿O... vas a seguir disfrutando de esto?
No hubo respuesta, tan sólo el conflicto en mis oídos y mi sangre en el agua, flotando.
—¡Ayúdame, joder! —Ordené desesperada. —Te daré lo que quieras, por favor.
—Sólo toma aire.
Del agua surgieron telarañas negras que me atraparon de las extremidades, hundiéndome más allá del suelo del lago, como si me adentrara más allá de la extraña brea que pisaba.
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