Las Hojas de Valira. Capítulo 32
Recuerdo perder el aire de mis pulmones y sentir que algo diferente los llenaba, incapaz de respirar y sólo perder la consciencia. Pero cuando abrí los ojos, me vi en aquella cama de hospital, la sensación de debilidad y un olor que ya había olvidado, tubitos clavados en mi piel, en mis brazos ya muy delgados, y ante mí, una mujer con un vestido verde repleto de flores, de cabellos castaños, piel clara y ojos verdes.
—Es un contratiempo, sin duda. —Exclamé con una voz familiar, débil y ronca. —Pero nada que no se pueda arreglar.
—¿Te estás oyendo? —Exclamó la mujer, también con una voz familiar. —¡He perdido el refugio de animales y tú lo llamas contratiempo!
—Así es.
—Desde que tienes cáncer has estado perdiendo más la cabeza. —Negó molesta con la cabeza. —He intentado hacer lo que pedías porque pensé que te aliviaría, y sólo…
—Todo está saliendo bien.
—¡Claro! —Gritó enfadada. —Te vas a morir, claro que sale bien, y al resto nos jodes la vida con tus fantasías.
—¿Segura? Mira los últimos resultados. —Le ofrecí una carpeta con varios documentos. —La fruta ha sido un éxito.
—¿Qué…? Es… —Leyó detenidamente los papeles. —No hay… índice tumoral en tu sangre.
—Puedo manipular mi propio cuerpo, las modificaciones que aporta han alterado mi cerebro. —La mujer quedó anonadada. —Gracias a eso, no necesitamos nada de este mundo, podemos modificar todo a nuestro antojo.
—Ya pero… es la única fruta que había. —Respondió. —Hice lo que dijiste en tus informes pero destruí el resto creyendo que era una locura, pero si lo que dices es… verdad ¿Has creado la capacidad de crear psionicos simplemente con…?
—Entonces no quedan pruebas de mi logro. —Respondí decepcionada. —Bueno, no es malo ser la única de algo, habrá más líneas a investigar ante este nuevo hallazgo, Saira.
Sentí de repente raíces envolviendo mi cuerpo, no como si me atrapara sino como si formara parte de un árbol. Y ahí lo vi, era yo, desnuda con mi cuerpo repleto de tatuajes de raíces, pero vivas y en movimiento, sintiendo una extraña agonía, algo revolviendo mis entrañas y emponzoñando mi mente.
—Concéntrate, Alexa. —Escuché la voz de la Forjadora.
Estaba en un mar de oscuridad, pero ese mar no era hostil, muchas manos hechas de brea me sostenían ante un sendero de tierra cubierto de telarañas negras, que daba ante una figura luminosa, la cual cambiaba de forma entre una mujer, y diversos animales, atrapada en las mismas redes. Y tras ella, un ser de muchas patas que la enredaba, y bocas que supuraban veneno de sus colmillos, con incontables ojos rojos que la observaban.
—Estúpida. —Habló la sacerdotisa. —¿Sientes como la diosa te devora también?
—Es la bendición de Saira en tu alma, pero no te preocupes, la magia oscura y la influencia de Naj consumiendo la fuente no tendrán efectos en ti. —Exclamó la Forjadora una vez más, con esas manos en mis hombros. —Tú sólo concéntrate y mata a la elfa.
Poco a poco, las manos de brea que me sostenían tomaban mi cuerpo, envolviéndome y perdiendo su forma, tornándose sobre mí en una segunda piel, tan negra y aún así la poca luz de aquel lugar se reflejaba en ella. Podía estirarla, sentirla al tacto tan ajustada, incapaz mi piel de respirar con ella, un calor húmedo que me hacía sudar, pero mi movilidad seguía siendo la misma.
Empecé a recorrer el extraño sendero, al principio con miedo, y después con cierta valía. A escasa distancia de mí un relámpago pasó desde atrás, dándome la vuelta al instante y respondiendo con selium, invocando un glifo celeste y de él una flecha bañada en plata.
La extraña eliar lo esquivó sin problemas, pero vi su aspecto, su cuerpo repleto de tatuajes y sus ojos rojos cubiertos de esa brea negra como su cuerpo.
—¿Por qué insistes en luchar, hemnas? —Preguntó con una sincera curiosidad. —¿Por qué deseas alargar el sufrimiento innecesario de los eloars? ¿No deseas vivir en paz?
—¡Deseo que te calles! —Grité enfurecida. —¡Yeliara!
Un glifo bajo sus pies que dio paso a una explosión helada, sólo para ver un enjambre de pequeñas arañas negras y rojas. Usando belium y celium, lancé una llamarada que purgó a todas, pero la presencia ausente de mi enemiga me alertó tarde, atravesando mi pecho con un cuchillo negro.
Sentí el filo de su arma por unos largos momentos, el dolor en mis entrañas, un sabor putrido en mi paladar pero... No sangraba. Y vi muy de cerca sus ojos, lejos de su locura, lo que vi era dolor y cansancio, y quizás... La eternidad que pocos elfos vivieron sólo podía causar ese destrozo, quizás el mismo cansancio que solía expresar Varea cuando hablaba de su pasado.
Recordé como fue mi vida, la desesperación de mis padres cuando estaba en cama, la mera idea de que estuviera muerta pero, que al despertar estuvieran esperanzados.
Como Eyra estaba asustada del mundo hasta que nos conocimos y fui la primera mano que pudo sostener.
Como Dante, siendo sólo una extensión de su sociedad, acabó encontrando redención.
Como Aslan, a pesar de lo hostil de la vida, es capaz de ver belleza.
—La vida... La vida es sufrimiento, sí. —Tomé su mano con las mías y la miré desafiante. —Pero sin momentos de sufrimiento, tampoco habría momentos de alegría, no habría esperanza, aprendizaje o... simplemente vida.
—Tú no sabes nada de la vida, hemnas. —Intentó apartarse y sacar el cuchillo. —Sólo eres una niña jugando a ser una heroína.
—Lo que soy es una caballero que está dispuesta a todo por salvar a su dama. —Puse mi otra mano en su rostro con un glifo dorado invocado. —¡Breius!
Un brillo cegador en sus ojos que hizo quemar su piel y sus ojos, y deshizo el cuchillo.
Entonces usé selum, desapareciendo mi cuerpo justo ante un ataque traicionero, una araña grande y rojiza me había intentado clavar sus colmillos pero lo había esquivado sin problema. Con un glifo eléctrico usé Xelium, justo cuando toqué sus ojos y mi cuerpo se había hecho visible, una descarga eléctrica sobre aquellas cuencas arácnidas que la hicieron tiritar y sufrir espasmos en sus extremidades, y entonces la vi perder tamaño y tomar la forma de la sacerdotisa.
—Incluso… si me vences, el daño ya está hecho. —Exclamó riendo de forma maníaca y quejándose del dolor. —Ya habrán muerto muchos.
Volví a usar xelium sobre ella, haciendo que gritase de dolor, pero algo en mí se quebró, la imagen de Eyra muriendo y las de mis compañeros inconscientes ¿Era mi imaginación o la que la Forjadora usaba? No paré entonces, seguí repitiendo xelium aunque me hiciera también daño, más descargas aunque también las sintiera, más gritos de ambas en aquel místico lugar, más dolor hasta que sólo quise verla morir de forma agónica.
Entonces mi voz cesó, mis manos se apartaron de ella, observando entonces el dorso de ellas y tersando mis dedos.
—Con eso será suficiente. —Exclamé sin poder controlar mi propia voz.
—Eres… lo peor… hemnas…
—Que una de mis creaciones se haya desviado es una vergüenza. —Respondí. —Olvidas que existes para servirme, tú y cada eliar de este mundo es mío y me debe su patética existencia ¿Y te atreves a inclinar la cabeza ante esa rata traidora? ¿Ante otra deidad ni más ni menos?
—¿Qué…? —Preguntó en shock. —¿Diosa Eidalaila…?
Las extrañas vestimentas que yo vestía se tornaron en manos de nuevo, agarrando no sólo a la eliar sino también al mismo espacio, y como si absorbiera la oscuridad misma, ésta daba paso cada vez más a una luz cálida hasta que la lucha entre deidades cesó, quedando sólo yo, sin ningún tipo de dolor o aflicción, sólo cansancio.
—Ahora he cumplido mi parte. —Exclamé. —La tuya no ha hecho más que comenzar.
—¿Mi parte? —Observé mis manos asustada, desapareciendo la extraña oscuridad viviente. —¿Qué es… l-lo que planeas?
—Cuando tu querido hermano se convierta en emperador, será la primera parte de mi plan.
Empecé a reír, al principio con calma y poco a poco más estridente, perdiendo lentamente la conciencia.
—Ya estoy ansiosa por caminar de nuevo sobre mi precioso mundo.
Había desatado un mal en este mundo, así me sentía, ese era el precio por salvar a los eloars, a Eyra, e intento a veces creer que valía la pena… pero no lo fue. En ese momento al menos sí que creía que era un pacto justo, más aún cuando desperté surgiendo del agua de nuevo.
Ya no había batalla, en su lugar, todos esperaban en la orilla, Dante, Aslan, Izral incluidos, asombrados de como aquellas aguas volvían a ser doradas lentamente.
Pero a mi padre, cubierto de sangre y ceniza le daba igual la fuente, no dudó en correr hacia mí salpicando agua sagrada a todos lados, empapando su hábito hasta las rodillas, a punto de tropezar varias veces, y sólo para acabar abrazándome.
—L-lo… lo hicimos. —Sentí bastante frío por el agua, y su calor hacía bastante contraste. —N-no me… duele ya.
—Lo hiciste, Alexa. —Notaba su tono de alivio. —No sé como, pero lo hiciste, y estoy orgulloso de ti.
—Quiero… ver a mamá y… a Eyra. —Susurré con todas mis fuerzas.
—Lo que necesitas es un baño caliente. —Ambos reímos. —Los dos al menos.
—Y mucha comida. —Sonreí apoyando mi cabeza en su hombro. —Pero que no la robe Eyra.
—Vamos a salir de aquí y a secarte antes de que te resfríes.
Cuando se apartó de mí, vi a Serra obligar a la sacerdotisa eliar a arrodillarse dentro del agua.
—Vuestra hija jamás...
El hacha de cristal descendió de un solo golpe.
La sangre empezó a extenderse lentamente sobre el dorado de la fuente.
Estoy segura de que nosotros la habríamos hecho prisionera. O la habríamos quemado en una pira.
Así que, si me preguntan sobre brutalidad, no estoy segura de quién sería peor: la gente de Isha o la de Lorasia.
—Ahora que he obtenido mi venganza, puedo irme de este agujero infernal.
Serra tomó consigo la cabeza y la ató con los cabellos al cinto. Mientras salíamos del agua, vi en Aslan una mirada de alivio pero también sus puños cerrarse, justo cuando Dante e Izral se ofrecieron a tomarme en brazos.
—Señor Urda. —Exclamó Dante. —Si me permite, yo la llevaré.
—Como caballero de la señorita D’Ur, es mi deber cuidarla. —Izral miró desafiante al príncipe.
—Como su señora, yo la cuidaré. —Varea me tomó en brazos por sorpresa. —Vosotros os medís los genitales por ahí ¿De acuerdo? Y después recogéis su armadura.
Mientras nos alejábamos del lago, vi las llamas en la distancia y los cuerpos alrededor tanto de drañas y monstruos como de soldados, los cuales estaban estos últimos siendo apilados para ser quemados junto a sus armas y armaduras, siendo imposible de ignorar el olor a madera quemada y carne cocida dentro de esos metales.
También vi a Killian, lejos, con su bastón y los ojos cerrados, como si rezara. Cuando nos acercamos, abrió los ojos, nos miró y sonrió.
—Señorita D’Ur, parece que ha hecho un excelente trabajo. —Exclamó alegre. —Nosotros también por lo que puede ver.
—¿Has encontrado una salida o sólo vienes a cantar obviedades? —Varea suspiró molesta. —Deduciré que lo segundo.
—De hecho, por lo que he encontrado, hay una salida. —Exclamó él. —Por aquí cerca.
Mientras les seguíamos, me resistía a cerrar los ojos, pero estaba tan cansada… y la sensación de tanta muerte sólo me hacía no querer pensar más.
Me sentía en calma y en paz, mi cuerpo se recuperaba, tenía la esperanza de que Eyra estaría bien.
Abrí los ojos, viendo que estaba desnuda en mi habitación, tumbada de lado en mi cama. Estaba viendo a Eyra también desnuda, sentada en la barandilla del balcón, comiendo una naranja con los jardines del palacio de fondo, sin nieve y repleto de flores, con el calor del exterior entrando en mi dormitorio.
Veía los cabellos de mi mujer mecidos por el viento, las gotas de sudor cayendo por su cuello y senos, con esos ojos de diferentes colores llenos de amor y posados en mí, escondiendo su miembro entre sus muslos. Estaba tan lejos y sólo quería tocar su rostro, besar sus labios y sentir su cuerpo con el mío, que sus manos letales que portaban arcos y espadas tomaran mi ser y no me soltaran ¿Por qué mi amor es tan intenso por esa caballero? ¿Por qué duele tanto cuando está tan lejos?
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