Las Hojas de Valira. Capítulo 33
No supe el tiempo que pasó, sólo lo que soñé antes de despertar, una figura ante mí, en un espejo, grande, de armadura pesada de placas de acero blanco, un guantelete con un sol en miniatura en el dorso, con un yelmo de lobo y portando una guja, bañada en abundante sangre tan roja como la capa que llevaba. Podía oír gritos de terror, podía sentir la furia en mi cabeza, más y más furia cada vez que intentaba mirar bajo el yelmo, y ahí estaban, un par de ojos de iris rojos que brillaban, con pupilas alargadas y llorando sangre.
—Mata, mata...
Recuerdo despertar de forma abrupta, tonos duros y autoritarios no muy lejos y de voces familiares, viendo que estaba en una tienda con los estandartes de la Orden de los Diablos Negros, yaciendo sobre un petate y observando una mesa con un mapa y documentos en forma de pergaminos. Estaban además mi madre, Edel, Varea y la capitana Rhea Láskaris, a quien reconocía de sus visitas a la fortaleza, su cabello rosa palo por los hombros, sus ojos castaños, su piel blanca y su altura algo pequeña pero de cuerpo atlético y bastante delgado, con una cicatriz en su ojo derecho difícil de ignorar, vistiendo además una armadura negra de escamas y hombreras curvadas, con una larga capa roja con una águila dorada bicéfala que empuñaba una espada en cada garra, y en el cinto de la capitana una espada larga de plata con gemas.
—Ets una cavaller? Aleshores actua com una o treu-te el tabard. —Siempre me intimidaba aquella capitana sólo con su voz, sin gritos ni enfado, sólo autoridad. —I si torneu a permetre-la entrar, hi haurá conseqüències
La capitana cerró la tienda y dirigió su mirada a mi madre.
—Me molesta que esa recluta que has traído no sea la juzgada ante el tribunal. —Exclamó molesta y miró a Edel. —¿Y sí a la hija única y de vuestra mentora? ¿La novata que viajó a otro plano y se enfrentó a la gran Serra y a brujas? ¿Que salvó a una raza de elfos y te trajo paz y prestigio?
—¿No eras la que hablaba de respetar la autoridad de los oficiales?
—Si es la vuestra la que sufre falta, entonces es vuestra la culpa. —Tomó la botella de vino sobre la mesa y se sirvió una copa mientras hablaba. —Esa relación que teníais ya no se puede mantener, ahora sólo son reclutas bajo el vuestro mando, y debéis responder como capitán y príncipe.
—¿Estás diciéndome que debería ser yo juzgado? —Edel la encaró intentando intimidarla, pero la capitana simplemente dio un sorbo a su copa de plata y le miró a los ojos, serena e impasible. —El único motivo por el que estás aquí es por ser la líder de la Casa Basilea, no tienes méritos militares para tu rango.
—Restaurar el orden en las fronteras del Desierto Rojo sí son méritos militares, alteza. —Exclamé viendo en ella una sonrisa. —Pero también tiene razón, no respeté su autoridad y actué por emoción propia, abandonando a mis compañeros de armas por una sola. Mis actos trajeron logros para la causa y podrían ser dignos de un caballero noble, pero también de una desertora.
—Tiene las pelotas que yo perdí. —La capitana Rhea intentó no reír con su propia broma. —Estoy ansiosa por escuchar vuestras palabras, recluta.
—Ya que nuestra famosa recluta está despierta y no teníamos asuntos pendientes, podemos empezar este juicio. —Varea suspiró molesta. —Alexa, acércate.
Dudé unos momentos, pero me levanté y me acerqué, viendo que estaba vestida con una camisa algo sudada y unas calzas, además de unas botas viejas de cuero.
—Ante este tribunal debes ser sincera y contar tu verdad. —Exclamó mi madre. —Vuestro capitán os acusa de deserción tras una emboscada.
—Temo que la verdad es más compleja pero… —Asentí firme. —Mi señora, prometí volver en dos días con la recluta Eyra Sylvana, afectada por actos oscuros de un aquelarre.
—Y al encontrarla, decidiste emprender un viaje sola con extranjeros en plena guerra, y entre ellos el príncipe del imperio enemigo que nos agredía, que mantenía bajo asedio la fortaleza donde la comandante se encontraba. —Edel habló de forma acusatoria. —Una versión ya confirmada por diversos testigos.
—Así es, capitán.
—¿Tienes algo que expresar en tu defensa, recluta? —Varea llenó su copa de vino. —Porque vuestra situación es peliaguda, deserción y traición.
—Tengo una historia, general. —Exclamé mirándola a los ojos fijamente. —Quizás algo larga.
—General, si me permite, no tenemos tiempo y el acuerdo con… —Edel hablaba pero Varea simplemente se sentó en la mesa. —Es obvio cual debe ser el castigo.
—La expulsamos ¿No? General Edel. —Habló enfadada intimidando a todos. —No, es verdad, no eres general, no lideras esta orden militar, sólo eres un príncipe y un capitán.
Edel tragó saliva y se cruzó de brazos.
—Quiero oír su historia, a ti ya te he oído toda la semana. —Hizo un gesto con su izquierda, invitándome a acercarme. —Entretén a este tribunal, Alexa D’Ur.
—Gracias, general.
Al principio me sentí nerviosa, escondía mis manos temblorosas tras la espalda, pero luego pensé ¿Tengo algo de lo que avergonzarme? Mi honor y mi deber estaban intactos, había luchado, sangrado y ganado.
Conté mi historia con buen detalle e ignorando los tratos con La Forjadora. Incluso el combate contra la líder lo cambié un poco.
Mi madre, Rhea y Varea estaban atentas a mis palabras, pero no Edel, quien mostró una mueca de desagrado.
—He sido en parte testigo de tus actos, Alexa. —Exclamó Varea. —No hay traición en ninguno de ellos. Pero la deserción ya es otro asunto.
—Sigue siendo necesario un castigo ejemplar. —Edel habló serio. —General, mantengo mi posición de que sea expulsada y pierda su título. Su lugar es en el ducado D’Ur, no aquí.
—Yo también lo pienso, general. —Mi madre habló con cierto dolor y evitando mirarme. —Debe estar realizando sus funciones para ser la futura duquesa D’Ur.
Me sentí traicionada, no lo voy a negar, pero simplemente ahogué esas emociones que estaban aflorando en mi corazón.
—¿Y tú que opinas, recluta? —Preguntó la capitana.
Asentí sin dudar y antes de abrir mi boca, Varea posó sus ojos rojos en mí con cierto desafío.
—Aquí no hay democracia así que me importa nada vuestras palabras. —Exclamó molesta. —Lo bueno de ser jueza es que puedo retrasar mi decisión hasta nuevo aviso. Necesito a una heroína de guerra que lleve nuestro estandarte hasta que esta tierra esté en paz, no a la hija desobediente de una duquesa.
—¡General! —Gritaron Edel y mi madre.
—¡Ah, vaya, están gritando mis subordinados así que cambiaré mi decisión! —Varea empezó a reír mientras apretaba la copa con fuerza. —El príncipe bastardo que uso y la duquesa que dejó a las damas blancas de la capital tienen una opinión que no me importa en absoluto. Si tuviera que elegir quien se queda, sería a la recluta con huevos y a la capitana sin ellos, literalmente.
El silencio fue solemne pero Victrix sonreía relajada.
—Ve a tu tienda, Alexa. —Ordenó la general. —Eres parte de la orden hasta nuevo aviso.
Hice una reverencia y me marché de la tienda, viendo a Eyra ahí esperando en la entrada, vistiendo su armadura y portando sus armas. Sus ojos no dejaron de mirarme, se acercaba a mí y sólo pude tocar su rostro con mis manos, rompiendo a llorar por poder verla de nuevo.
—He oído que… me salvaste. —Susurró Eyra. —Tenía miedo de no verte de nuevo.
Besé sus labios, sus manos tocaban mis hombros pero me apartó.
—No… no quiero, estoy enfadada. —Susurró. —Prometiste que nada de locuras.
—¿Eyra?
Me tomó del brazo y me llevó con ella, atravesando calles formadas por tiendas y saliendo del campamento, llegando a un granero en ruinas. Me arrinconó contra la pared y puso su mano en mi pecho.
—¡Me prometiste que nada de locuras! —Gritó enfadada. —¡¿Por qué tenías que arriesgarte?!
—Eyra, te estabas muriendo. —Respondí también enfadada. —¡Te estabas muriendo y alguien tenía que hacer algo!
—¡Pues haber dejado que fuera tu padre y su amigo y quien quisiera joder! —Tragó saliva y cerró los ojos. —No tú.
—¿Y tú qué? —La aparté de mí. —Te fuiste a perseguir a Izral y a Mei.
—¿Los vas a llamar por su nombre? —Dio un puñetazo a la pared. —¿Ahora sois amigos?
—¿Qué demonios te pasa? —Jadeé ansiosa. —Tú no… eres así.
Ambas nos miramos a los ojos y sólo pude suspirar molesta, algo en mi interior se rompió. No podía dejar de recordar todas esas personas que murieron, caballeros, lorasianas, incluso monstruos, y entonces a Eyra, en aquella tienda, sufriendo en soledad.
—Estaba asustada cuando te vi, agonizando como si te fueras a… morir en cualquier momento. —Agaché la cabeza y mordí fuerte mi labio inferior hasta sangrar. —¿Que hice una locura? ¿Que si llamo a viejos enemigos por sus nombres? Bueno, estábamos cazando a las brujas que te estaban matando ¿Qué debería haber hecho entonces, Eyra?
—¿Podrías haber…?
—¡No podía! ¡¿Lo entiendes?! ¡Nadie hubiera podido salvarte ese día si no estoy ahí! —Intentaba controlar mi furia contra ella pero… no podía. —No te atrevas a pedirme que me quedara contigo en tu estado, no tienes ni la más remota idea de lo que era ver a la mujer que amo sufrir, de ver a gente que sufría, de lo que sufría yo simplemente por verte ¡Y tengo que sufrir las consecuencias por luchar por ti! Y no sé ya si compensa la sangre en mis manos y el miedo que sentía por perderte.
Le di un puñetazo en el pecho, después otro y cuando quise gritar, simplemente apreté los puños.
—¡Te necesitaba, Eyra, tus besos y tus manos, no una estúpida rabieta!
Me aparté de ella y me alejé sin mirar atrás. Entonces sentí su mano tomar mi muñeca con fuerza, intentando detenerme.
—¡No he terminado de hablar, Alexa!
Cuando la miré a los ojos, vi el puño de Izral yendo a su rostro, apartándola de mí. No dudó en interponerse y protegerme, mirándome de reojo por encima del hombro, mientras yo veía como cargaba mi espada.
—¿Está bien, señorita D’Ur? —Asentí. —Con su permiso…
Raíces surgieron del suelo y atraparon a Izral de brazos y piernas.
—Esto no es asunto tuyo. —Eyra habló molesta.
—Suéltalo. —Tomé a Vestigio y desenvainé. —No quiero repetirme.
—¿Vas a luchar por este capullo contra mí? —Preguntó sorprendida. —¿Contra tu novia?
—Estás cruzando líneas que no voy a tolerar más. —Hablé con autoridad. —Te estoy ordenando que lo liberes y ya te he expresado lo que quiero. Atente a las consecuencias.
—Oblígame, pelirroja.
Desenvainó sus espadas y le ataqué por sorpresa, esquivando ella varias de mis estocadas y evitando que sus hojas tocaran la mía. No podía creer la mierda de día que estaba teniendo y ni siquiera entender esa actitud de Eyra, pero quería desahogarme, quería reventar y explotar.
Intentó contraatacar, e ignorando yo mi defensa, su hoja verde hizo un corte profundo en mi brazo izquierdo, mientras que mi estoque logró atravesar su oreja izquierda. Ambas nos apartamos estando heridas, sabiendo que me había envenenado y que yo le había dado en su orgullo, y por instinto o que sé yo, raíces surgieron del suelo y la atraparon de brazos, piernas y el cuello, y la derribaron de espaldas, cayendo bocarriba sorprendida.
—¡Alexa, espera! —Gritó asustada. —¡El veneno!
Varios caballeros se acercaron, no sólo de la orden sino de otros señores y del ducado D’Ur.
—¡Estoy harta! —Clavé a Vestigio cerca de su cuello. —¡Suelta a Izral de una puta vez!
Sentí como las raíces de Izral desaparecían y vi a Dante y a Aslan correr hacia nosotras.
—¡Alexa necesita un galeno! —Gritó Eyra. —Ella…
—No quiero tu estúpida preocupación. —Envainé mi espada. —Llevadme con mi padre, él sabrá eliminar el veneno de Eyra.
—¿No vas a soltarme?
—No quiero salvarte más. —Susurré con un enfado que jamás podría haber pensado que sentiría. —Ni a ti ni a nadie.
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