Las Hojas de Valira. Capítulo 36



[Este capítulo contiene contenido sexual] 


Estábamos en mi habitación, los tres, con unas pocas velas encendidas, con mis manos en sus pechos y observando esas miradas de deseo que parecían tener.

—¿Está bien que quieras hacer esto? —Pregunté preocupada mirando a Aslan. —Sé que tu fe es muy importante.

—El alcohol y la carne tienen un sentido, pero no hay pecado en hacer sentir bien a la mujer que deseo. —Susurró con pasión y besó con dulzura mis labios. —Te prometo que seré gentil.

—Yo no puedo prometerlo. —Dante tomó mi barbilla y besó mis labios también. —Mi bella caballero.

Subí mi mano por sus hombros, besé sus labios de forma suave una y otra vez mientras más subía mi mano hasta su rostro. Ese aliento dulzón, el vino y licor mezclados, esos ojos cargados de deseo, y al mismo tiempo las manos de Aslan tomando la mía sólo para sentir sus labios tocar el dorso de mis dedos ¿Cómo no podía estar nerviosa? Eran más grandes y altos que yo, en un duelo era fácil de manejar pero en un momento íntimo no.

Dante tomó mi mano, besó mi muñeca y Aslan tomó mi barbilla para besarme de forma dulce y amable. Cuando quise darme cuenta, ambos ya estaban abriendo mi camisón y cayendo por mis hombros, sólo para después besar mi cuello a la vez y sentir sus lenguas sobre mi piel.

—Dan… Dante… —Jadeé estremeciéndome mientras mi camisón caía al suelo, agarrando sus cabellos con mis manos. —Gentil…

Sentí una mano en mis nalgas, agarrando mientras otra arañaba mi espalda, otra más en mi cintura, y una cuarta en mi nuca. Nunca había sentido algo así, me daba miedo pero también lo disfrutaba hasta cierto punto en el que tantos estímulos me sobrecargaban.

—Es demasiado… —Supliqué avergonzada. —Dadme un momento.

—Puedes decirnos que paremos. —Susurró Aslan. —No haremos nada que tú no quieras.

—Sí, no somos esa clase de hombres. —Dante sonrió con dulzura. —Reconozco que… me enseñaron bastante mal y no tengo experiencia pero… no quiero hacer nada que te cause dolor.

—¿Te ayudaría si fuéramos con más calma? —Preguntó Aslan con preocupación.

—Sólo necesito acostumbrarme. —Respondí más calmada. —Yo…

Aslan me interrumpió y me besó, su lengua rozando la mía, jugando, sólo para ser besada por Dante después. No era capaz de respirar, no tenían cuartel, cuando uno dejaba de besarme, el otro seguía.

—Basta…

Estuve al fin recuperando el aliento cuando Aslan se arrodilló y Dante volvió a besarme antes de bajar, con sus manos en mis senos. Sentía la nariz de uno rozando el vello de mi pubis, y la lengua de otro con sus dedos jugando con mis pezones en círculos, con sólo las yemas tocando.

Y entonces la lengua de Aslan, jugando con mis labios, no podía resistir a agarrar su cabello y a arañar el pecho de Dante. Mi cuerpo se estaba estremeciendo más, con tanta estimulación no podía centrarme en nada, sólo mi mente nublándose y mis piernas temblorosas.

—Dante… Aslan… —Gemí sus nombres suplicando. —Lento… id lento…

Un gemido más fuerte escapó de mis labios, al rozar Aslan con su lengua mi clítoris.

—¿Qué se siente tener a dos príncipes sólo para tu placer? —Susurró Dante con una sonrisa burlona.

—¡N-no… puedo…! —Intentaba apartar sus manos pero no tenía fuerzas.

—Sí puedes, Alexa. —Movía más rápido sus dedos. —Si lo estás disfrutando mucho.

Desvié la mirada muy avergonzada, evitando mirar a alguno de los dos, ese placer, la sensación de que podía venirme en cualquier momento, y mi cuerpo totalmente a su merced. Lo peor eran mis gemidos, oyéndose por el palacio y resonando como un eco, simplemente por aquellos dos hombres que me mostraban su deseo a través de la carne, un deseo insaciable.

No importa las veces que me viniera, siempre sentía sus dedos y sus lenguas jugando con mi boca, mi ano y mi vulva, ignorando mis suplicas y cualquier intento de apartarles por tanto estímulo que me daban. Cuando mi cuerpo no pudo soportarlo más, caí dormida al quinto orgasmo, incapaz de manejar esa fatiga.

Cuando desperté, la luz del sol inundaba la habitación. Los tres seguíamos desnudos, cubiertos apenas de cintura para abajo. Yo estaba boca abajo entre ellos, mientras una mano de cada uno descansaba sobre mi espalda.

No pude resistirme a acariciar sus rostros. Primero el de Aslan, tan sereno que parecía ajeno a las batallas y al dolor. Mis dedos recorrieron su barba negra, áspera y agradable al tacto. Después descendieron por su pecho ancho, marcado por viejas heridas: cortes, perforaciones y una gran quemadura en el hombro izquierdo. Me pregunté cuántas de ellas provenían de los campos de batalla y cuántas de aquella vida en Otona de la que tan poco me contaba en sus cartas.

Me incliné para besar sus labios y volví la mirada hacia Dante. Aparté un mechón rubio de su frente y él, todavía medio dormido, atrapó mi muñeca con suavidad. Aquel gesto me arrancó una sonrisa. De adolescentes apenas podíamos pasar ni una carta sin discutir. Dante encontraba la forma de irritarme incluso cuando intentaba ser amable entre líneas, y yo jamás dejaba una provocación sin respuesta. Resultaba extraño verlo así, tranquilo y cercano, cuando durante años había sido el muchacho al que más ganas tuve de golpear.

Su cuerpo era más ágil que el de Aslan, aunque no menos marcado por los años. También conservaba cicatrices antiguas, cada una con una historia que probablemente ya me había contado en alguna de sus interminables cartas sobre viajes, duelos y aventuras.

Por primera vez en un buen tiempo, contemplándolos allí, sentí que la guerra quedaba lejos. No había cabalgadas, ni entrenamientos o combates o comida seca, ni siquiera el peso de la armadura, hacía tiempo que no estaba desnuda con alguien.

—La divina sabe recompensar mi vista con sus mayores creaciones. —Susurró Aslan en mi oído. —Y mi paladar.

—Eso podría decir yo. —Giré para tumbarme de lado y le miré a los ojos, con sus labios cerca de los míos. —Es extraño ¿No?

—¿El qué? —Preguntó con curiosidad.

—Como ha cambiado todo en tan poco tiempo. —Susurré. —Antes de esta guerra estaba con Eyra siendo amantes y ahora…

—Estás aquí con heridas en tu mente pero con dos hombres a tu lado que te desean. —Cerré los ojos y asentí. —Y Eyra sigue ahí y no se va a ir por una discusión tan dura.

—Lo que necesitas es tiempo. —Dante me abrazó por la espalda. —Y no pensar en esa imbécil. Si quiere tu perdón, que se lo gane.

—Si Dante pudo cambiar, entonces puede aparecer la divina incluso. —Aslan habló de forma burlona y sonreí.

—No me provoques, Alexa está en medio.

—Dante, Aslan. —Susurré consumida por el afecto que sentía por ellos y el calor que le daban a mi cuerpo. —¿Podemos estar aquí toda la mañana?

Hubo un pequeño silencio y poco a poco sus cuerpos se unieron más al mío, piel con piel con su respiración al unísono, sus alientos en mi pecho y espalda, y sus brazos rodeándome.

—El tiempo que desees. —Susurraron a la vez.

Durante la mañana, pude descansar más de lo que había deseado, hacía demasiado que no dormía en mi cama y ya me estaba acostumbrando a mi habitación en la fortaleza. Mi descanso se vio interrumpido cuando las sirvientas llamaron a la puerta para después ver aquella escena que les sorprendió demasiado.

Aún así, con suma calma, les pedí que me trajeran agua caliente para limpiar mi rostro y me vistieran.

—Señorita D’Ur. —Exclamó una de las sirvientas. —Esta mañana llegó… una carta pero la extranjera muda se la quedó.

—¿La extranjera muda? —Pregunté sorprendida. —Ah, Zhang Mei.

—La carta tenía el sello de la señora de la casa. —Tomó una camisa blanca y la detuve. —¿Señorita?

—Un vestido.

—Ah… no es que haya muchos. —Respondió nerviosa. —Pero veré que puedo hacer.

—¿Cuánto tiempo se quedará, señorita Alexa? —Preguntó otra de las sirvientas.

—De forma indefinida. —Todas me miraron sorprendidas. —Este siempre ha sido mi hogar.

—¿Eso significa que…? —Se miraron entre ellas. —¿Ha dejado la orden?

—He decidido tomar mi rol como heredera. —Exclamé con un tono disciplinado. —Espero poder contar con vosotras para poder lograr un futuro más brillante para nuestro hogar.

Las sirvientas me miraron con orgullo y se inclinaron con un gesto de respeto.

—Si hay algún problema, sed francas conmigo y lo resolveré.

—Entonces… —Una de las sirvientas tragó saliva y sus manos temblaron. —¿Estaría bien si ponemos una cerradura a la cocina? Ya sabe que la señorita Eyra tiene un gusto peculiar por… colarse ahí.

Recordé en ese instante la pelea que tuvimos Eyra y yo, y evité mostrar mi dolor y rabia que contenían mi corazón.

—Lo tendré en cuenta. —Respondí con autoridad. —Preparad té verde con jengibre y llevadlo al despacho de mi madre. Cuando esté lista, avisad a nuestra invitada de que la espero allí.

—Sí, señorita Alexa.

Había visto como mi madre trataba al servicio, respeto como personas cercanas que nos cuidaban, pero con la autoridad que nos diferenciaba en posición. Tratarlas con intimidad no tenía sentido, sabíamos lo suficiente de cada miembro para no ser invasivos, les ayudábamos cuando había problemas pues eran súbditos, pero al final de día, teníamos cada uno una posición, por desagradable e injusto que fuese… es la sociedad de Isha.

Salí de mi habitación dejando a los príncipes durmiendo en mi cama tal como llegaron al mundo, recogiendo las sirvientas sus ropas y preparando nuevas mudas. Yo mientras vestí un vestido de mangas y falda largas, sin escote, verde con bordados de plata, tacones blancos con esmeraldas y un collar de perlas negras, llevando conmigo además mi ropera.

Allí en el despacho veía los estandartes de la flor de lis de oro con fondo azul, el de los Diablos Negros y el de la Casa D’Ur, detrás de aquel gran escritorio de madera. Me senté en la silla de cuero apoyando los brazos en el reposabrazos y cruzando las piernas.

—Señorita Alexa. —Entró una sirvienta y dejó una tetera y dos tazas sobre el escritorio. —¿Permito entrar a la señorita Zham… Zhang?

—Sí, adelante.

La sirvienta hizo una reverencia y se marchó, entrando Mei y sentándose sobre la mesa, dejando caer una carta de su mano, tal como describieron las sirvientas.

—No he leído nada. —Exclamó en mi cabeza. —Si eso te preguntas.

—No lo pensaba.

—Tampoco he entrado aquí a escondidas. —Exclamó mientras me miraba a los ojos sin mover la boca. —Ni hurgado en la habitación de vuestro padre.

—Lo imagino, estoy confiando en ti.

—No hace mucho intenté mataros. —Sonreí relajada. —Si es por haber luchado juntas…

—Estoy diciendo que estoy confiando en ti, no que ya lo haga. —Tomé la carta. —La confianza se gana poco a poco.

—Podría haberte llevado directamente hacia la emperatriz ¿Sabes? Conocía sus movimientos, que quería, que sabía, su posición incluso.

—Estabas cambiando de bando y no sabías con quien estar. —Me encogí de hombros. —Pero dijiste cosas llamativas que me hacían cuestionar a mis aliados, y cuando pasó todo, cuando estaba peor, no dudaste en guiarme. Lo que necesito es una visión como la tuya ahora.

—¿Quieres que sea tu consejera?

—Sí, más o menos. —Asentí varias veces. —Sé que eres leal a Shinxai, y que hay algo que quieres de este continente, porque ambos tenéis intereses en magos oscuros y brujas.

—También compartes mi interés. —Se rascó la barbilla. —Pero hay un buen motivo para decidir ser duquesa.

—Simplemente no quiero formar parte de la guerra civil, o ayudar al príncipe, no directamente al menos.

—Sabes que no se puede detener. —Tragué saliva y asentí. —¿Lo haces para fastidiar al príncipe Edel y a vuestra madre?

—Puede ser. —Suspiré molesta. —Sé que es infantil.

—Sí, pero… hay gente que no le gusta estar al servicio del príncipe. —Levanté una ceja al tener tanta curiosidad. —Los caballeros del ducado, el servicio, las gentes de vuestras tierras. No puedes oírlo tú porque no se atreverán, pero yo sí sé escuchar, es mi deber, y lo que escucho es quejas y rencor, porque sirven al príncipe y no al ducado.

Cada palabra que dijo me indignaba más de lo que aparentaba ¿Realmente conocía tan bien a mi madre? O quizás… no veía que su venganza valía más que el ducado.

—Entonces hay que cambiar las cosas. —Respondí molesta. —No dejaré que el ducado sufra más así. No somos la herramienta de Edel, así que velaré por el interés de nuestra gente.

Rompí el sello de lacre rojo con el olivo en oro usando un cuchillo de hielo. La letra era de mi madre, podía reconocerlo incluso en la tinta ocre que tanto le gustaba usar.

>Si eres Belisario, pongo a tu disposición los caballeros del ducado para encontrar a Alexa si no está contigo, y si está, te asigno el deber de ayudarla a adaptarse a sus deberes.

En cambio, si eres Alexa, entonces te pido que leas atentamente:

Mis actos no tienen justificación alguna, hija mía. Pues mis miedos hablaron por mí y no vi que necesitabas a tu familia para aliviar tu dolor y desgaste. Sólo puedo pedirte perdón, y sé que no me perdonarás pero te pido al menos que hagas algo por mí, antes de cederte poco a poco mi posición.

Ve a ver a la familia de Eyra, que te ayuden a entender la magia eloar para así que no sea un lastre para ti, una decisión que ha sido tanto de nosotros tus padres como de los oficiales de la orden antes de que despertaras. Quería pedírselo directamente a Eyra dada vuestra relación, pero no soy la única que te ha fallado.

Aún así, mientras estás fuera, un hombre de confianza tomará la administración del ducado y te ayudará cuando vuelvas.

Como acto de disculpa, he pedido a la general un nuevo juicio, con todos los oficiales presentes y donde hablaré a tu favor. Aunque es una tontería pues la general ya había tomado una decisión, una expulsión temporal con actividades administrativas, una excusa para que puedas descansar durante los meses de invierno y primavera.

Lamento mucho el dolor que te…

—Belum. —Quemé la carta y cerré los ojos rompiendo a llorar.

No, no había disculpa que aliviara mi dolor.

—Te dejaré a solas, Alexa.

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